domingo, 11 de septiembre de 2011

Actor o espectador


But if you really want to live
Why not try and make yourself

--Make yourself, de Incubus


Hace un par de días acepté al fin que tengo un problema; luego de casi un mes mirándolo de reojo, simulando que no estaba ahí y hasta dándome excusas de por qué todo andaba como de costumbre, entendí que no se iría si yo mismo no me proponía confirmar su presencia y buscar la manera de solucionarlo. Siento que estoy cayendo en una etapa depresiva de mi vida.

Creo que puedo dar muchas razones o encontrarle muchos puntos de origen a mi problema, lo cual no parece ayudar mucho si lo que busco es sentirme mejor, pero ese suele ser el primer paso, identificar las causas y después pasar a resolver las cosas. ¿Pero qué sucede cuando no se tiene control directo sobre lo que origina un problema? En estos días recuerdo haber escuchado la frase "¿qué parte de nuestras vidas está realmente bajo nuestro control?" y haber experimentado cierta desesperanza, más que nada por el hecho de sentir que estoy perdiendo una lucha que creía haber ganado antes. Esto, por supuesto, es el lado negativo de las cosas.

Por momentos le doy vueltas a esta idea de querer romper con esquemas que he armado de mí mismo, más que nada comportamientos defectuosos que ocasionalmente termino por obligarme a aceptar como parte de lo que soy; me digo que cambiaré, que seré mejor, que haré tal o cual cosa de otra manera, que haré más de esto o menos de aquéllo. Pero es solo una idea, y no dura mucho. Esto me lleva a recordar una clase durante mi segundo ciclo en la universidad, en la cual la profesora nos preguntaba cómo podíamos hacer que las personas cambiasen su forma de pensar por un tiempo prolongado. Nos puso un ejemplo con el que me sentí identificado, cómo las personas solemos sentirnos motivados a cambiar o a hacer algo tras leer un libro, ver una película o escuchar una charla y que ponemos en marcha dicho propósito, pero que a los pocos días (e incluso horas) perdemos interés. ¿Cómo cambiar eso? ¿Cómo potenciar o mantener la energía y la motivación de cambio? Si bien tengo algunas respuestas, en especial gracias a unas muy fructíferas clases de psicología, no hace falta decir lo difícil que es ponerlas en práctica. Este también es el lado negativo del asunto.

Pero, como me gusta decir, "siempre hay algo positivo en toda situación". Definitivamente el negar las cosas sólo dará como resultado una manifestación más fuerte a largo plazo, y eso es lo que creo que ha sucedido. Simular que no había problema lo ha hecho ahora más difícil de encarar, pero si bien hay algunas cosas que no tienen solución, tengo por seguro que ésta no es una de ellas. En primer lugar, creo que toda persona tiene control sobre su vida, algunos en mayor o menor medida, pero lo tienen. Y esto es de por sí suficiente para ver que tal vez no podamos cambiar una situación en nuestra condición actual, pero sí podemos cambiar nosotros y conseguir el estado que se necesite para lograr aquéllo. Y en segundo lugar, pienso que depende de cada uno cuánto realmente quiere ese cambio. Pero, principalmente, se debe saber qué se quiere, cuál es la meta.

A mí todavía me falta definir la meta en lo que respecta a este problema; sé lo que tengo que hacer y de a pocos estoy incorporándolo en el día a día, pero aún hay preguntas por responder y decisiones que tomar, lo que básicamente evita que pueda determinar hacia adónde ir. Es complicado de explicar con los pocos detalles que he dado, pero sería como decir que sé cómo llegar y que estoy dando los pasos necesarios para alcanzarla, pero no tengo una idea definitiva de la meta. Casi suena como si no supiese lo que estoy haciendo, y por ratos realmente siento eso, siento que he tomado malas decisiones y que ahora estoy pagando las consecuencias. Pero en el fondo sé que podría estar muchísimo peor y que está en mi la única decisión que vale, la decisión de hacer algo, cambiar las cosas. Y ya la he tomado.

viernes, 12 de agosto de 2011

Fuera de la zona de comodidad


So I think I got it all in place now
No distractions, under control

--Higher place, de Journey


Estos últimos dos días he tenido experiencias muy diferentes a las que usualmente tengo, un poco porque se dio la oportunidad y otro poco porque me atreví a tenerlas. Hace dos meses me inscribí a un congreso sobre terapias a través del arte, el cual está teniendo lugar de jueves a sábado, sólo que en lugar de estar conformado por conferencias y exposiciones, la mayoría de actividades son talleres, por lo que los asistentes tenemos la posibilidad de pasar por la terapia nosotros mismos. Semanas atrás elegí aquellos que parecían ser interesantes y uno en particular con el que buscaba ponerme a prueba, pues consistía en ejercicios que por lo general evito hacer. De eso quería hablar en este post, sobre esa experiencia tan diferente.

Mi primera impresión vino acompañada por una sorpresa, pues salí de casa sin el folleto donde aparecía la información sobre el taller al que estaba asistiendo en ese momento; sabía dónde era, pero no tenía idea de lo que me esperaba. Cuando entré al aula, lo primero que vi fue varios cojines dispuestos en un círculo alrededor de incienso, florecillas y pequeñas piedras, por lo que inmediatamente pensé "definitivamente me he equivocado de lugar", pero una vez que vi el letrero con el número del salón, entré con postura derrotada y tomé asiento en en uno de los cojines. Mientras la gente iba llegando, noté dos cosas. La primera, que las dos mujeres que presidirían la sesión hablaban en voz baja y constantemente me miraban, lo cual me llevó a notar la segunda cosa: no había ni un solo hombre además de mí. En cualquier otra circunstancia, podría haber tomado esto con cierta satisfacción, pero en ese momento comenzaba a pensar lo avergonzado que me sentiría si resultaba que el taller estaba dirigido únicamente para mujeres. Felizmente entró otro hombre, un señor mayor, y pude sentirme más tranquilo, aunque todavía sin tener una pista de lo que vendría luego.

La sesión se inicio como las demás, cada uno iba presentándose diciendo su nombre, su país de procedencia, su trabajo, gustos y demás. Luego hubo una pequeña introducción sobre el Budismo y cómo se pensaban utilizar algunas de las enseñanzas en la terapia de ese día. Esta parte me gustó muchísimo, pues me sentía identificado con ciertas ideas que, casi con seguridad, escribiré aquí en otro momento. Pero luego vino lo que ya me venía esperando y para lo que me había estado preparando mentalmente desde el inicio, la meditación. En mi familia se practica mucho el yoga, creo haberlo mencionado en otro post, pero yo nunca me vi atraído por aquella disciplina, especialmente por la parte meditativa, así que siempre me negué rotundamente a formar parte de esa actividad. Sin embargo, durante el taller, tuve que tragar mi juvenil rebeldía y probar un poco de lo desconocido, experimentar algo distinto. Y no fue tan malo como esperaba. Es más, quién sabe, tal vez lo vuelva a hacer en el futuro.

Pero el tragarme mis viejas palabras no fue lo más difícil, sino lo que llegó a continuación. Se nos indicó, de la forma más suave, lenta y tranquila que alguna vez haya escuchado, que nos pusiésemos de pie, que sintiésemos el suelo, y que comenzásemos a caminar y movernos como nuestro cuerpo lo pidiese. Fue una experiencia un poco frustrante (asombrosamente, bastante menos complicada que algunas de las cosas que me ha costado hacer sobre una bicicleta), debía soltarme, mover los brazos, estirarme y hacer movimientos que por lo general no hago frente a otras personas; o, mejor dicho, que nunca hago. De cierta manera fue liberador rodar por el suelo, aletear, saltar, girar, contorsionarme, pero me costó mucho hacerlo en un principio. Pero la experiencia también fue muy curiosa, pues disfruté viendo a las mujeres pasando por una situación de duda inicial como la mía y luego pasar a hacer cosas muy graciosas y hasta reprochables ante ojos más conservadores.

Luego hubo que hacer un dibujo sobre nuestras sensaciones, lo cual me entretuvo, pero después realizamos un ejercicio más profundo aún. Cada uno de nosotros tuvo que juntarse con otra persona, en mi caso la chica que se sentaba a mi lado, coger su mano derecha y posar la propia mano izquierda sobre su hombro izquierdo, de tal manera que solo existiesen unos meros veinte a treinta centímetros entre los rostros de cada uno, y tan solo mirarnos por un par de minutos, los más largos de mi vida. Ver de tan cerca a una desconocida, cruzar miradas, repasar sus rasgos y compartir una intimidad muda fue lo más extraño que hice ese día, pero no lo más difícil y no algo que hubiese querido perderme. Complicado, eso sí. Sólo mirar, pero ¿mirar qué? Mis ojos saltaba de los suyos al espacio entre sus cejas, bajaban por la nariz hasta los labios, se movían por una mejilla, pasaban por la sien y finalizaban su recorrido en la frente, punto en el que se reiniciaba la travesía. La experiencia me deja con demasiadas ideas que tendré que mencionar en otro post, pero debo decir que fue genial, y que también será otra de esas cosas que planeo repetir en el futuro.

Para finalizar la sesión hubo segunda meditación, esta vez más extensa y que me permitió centrarme de manera más óptima en el momento y poner orden a mis pensamientos. Hicimos un dibujo sobre nuestras sensaciones, escribimos sobre ellos y se dio por finalizado el taller. Salí del lugar de muy buen humor, bastante animado y, al contrario de como ingresé, me sentía victorioso. Sobreviví a tres horas cubiertas de situaciones a las que nunca pensé que alguna vez me enfrentaría, y pude vencer algunos de mis miedos, especialmente el miedo a hacer el ridículo. Puse ambos pies fuera de mi zona de comodidad, y aunque lo cómodo estuvo ausente, aprendí que para vivir en el momento, como se nos dijo en el taller, primero se ha de disfrutar la incomodidad.

miércoles, 10 de agosto de 2011

El valor de un significado implícito


Fire burns inside
A light that's caught between
Night and day

--Passing by, de Angra


Hace unos días fui con mi hermana y mi papá a una tienda cerca del Mercado Central, donde vendían cientos de miles de materiales para hacer collares caseros; desde pequeños pedazos de plástico moldeados, cortados y pintados de diversas formas y colores; combinaciones de piezas metálicas de varios tamaños y bolitas con diferentes diseños; hasta objetos más elaborados con forma de corazones, flores y muchas más de ese estilo. Mientras mi hermana elegía lo que llevaría consigo para iniciar lo que será su primer negocio de venta de collares, yo anduve pegado a las vitrinas pensando en algo que se me acababa de ocurrir.

Viendo esa increíble cantidad de minúsculas piezas intenté imaginar el esfuerzo que supuso crearlas, el tiempo utilizado para hacerlas lo más parecido posibles, para pulirlas y pintarlas, pero no tenía (y sigo sin tener) idea alguna de cómo se fabrican. De una u otra forma, tomé por hecho que quienquiera que las hubiese hecho no les dio un valor mayor al dinero que recibió a cambio de ellas; es decir, que el significado que les otorgó pudo haber sido únicamente monetario. Sin embargo, pienso en todas esas personas que las reciben como obsequios, especialmente objetos con una forma en particular, como una mariposa o una letra, y que les dan un valor mucho más significativo. Un simple pedazo de metal o plástico creado con una intención concreta, convertido en un símbolo de algo mucho más grande; en él ya no residiría el sudor de su creador, sino una idea adjudicada por el poseedor.

Esto me hizo recordar todas esas cosas que ante los ojos de otros pueden ser meras baratijas, pero que para uno mismo llevan consigo su propia historia, son el recuerdo de momentos en la propia vida y representan más de lo que su pequeña o gran forma demuestran. Creo que estos objetos sirven para aferrarnos a otras personas, a situaciones y emociones, por eso los conservamos y les damos significado, incluso uno que el mismo elemento no denota por su forma o función, o que guarda poca relación objetiva con aquello con que se le asocia. Personalmente, poseo muchos objetos simbólicos, no porque le dé importancia de sobremanera a las cosas, sino porque tengo un especial gusto por mantener recuerdos lo más vivos posible.

miércoles, 13 de julio de 2011

Buenas noches, Argentina (última parte)


Bring me closer to heart attack
Say goodbye and just fly away

--Sweetest goodbye, de Maroon 5


Ayer fue mi último día en Argentina, aunque dados los acontecimientos ocurridos en el aeropuerto, el viaje podría haberse alargado.

Comencé el día de madrugada, pues tuve que arreglar mis cosas, guardarlas en mis maletas, cerciorarme de que no olvidaba nada y hacer el check-out del hotel, todo antes de las nueve de la mañana, hora a la que se presentó la guía que me llevaría en un tour por la ciudad. Mientras miraba por la ventana de la camioneta en la que era transportado, pensaba que hubiese sido mejor idea tomar aquel tour el primer día de mi visita, así habría sabido orientarme mejor o, quizás aún más importante, habría sabido de lugares que no estaban dentro de mi itinerario y que podría haberme dado el tiempo de visitar. Nada emocionante pasó en las tres horas que duró el tour, aunque sí pude conocer un poco de la historia de Buenos Aires y también del idioma portugués, pues era el único de los visitantes que hablaba español; el resto era de Brasil. Fue más una vivencia graciosa que un problema.

Alrededor del mediodía, ya por mi cuenta, di un paseo por Puerto Madero y decidí almorzar en el restaurante "Siga la Vaca", donde había buffet de carnes y ensaladas. Allí me sentí un poco fuera de lugar, pues a pesar de conocer cómo funciona un buffet, muchos de los nombres de las carnes me eran confusos y no soy amante de la ensalada. Terminé dejando varios platos sin comer y preferí terminar el almuerzo con un postre para no seguir pasando vergüenza. Luego caminé hasta el café Tortoni, gran recomendación de parte de muchas de las personas a las que les comenté que visitaría Argentina, y disfruté mucho de la atmósfera del lugar y del delicioso café que pedí. Me quedé un rato dibujando y después salí rumbo a mi hotel, y, minutos más tarde, rumbo al aeropuerto.

Aquí fue donde se dio el verdadero problema. No solo tuve que hacer una cola inmensa debido a que, al parecer, varios colegios habían decidido hacer viajar a sus alumnos a quién sabe dónde, sino que tuve que ir hasta un extremo del aeropuerto para pagar el exceso de equipaje (que ya sabía que pagaría) y esperé media hora para ser atendido a pesar de ser el primero en la fila. El mismo hombre que me atendió fue quien me dijo que debía apresurarme a la sala de embarque, pues, como me señaló, faltaban cinco minutos para mi vuelo. ¡Cinco minutos! ¿Qué había pasado con el tiempo? Y ¿por qué mi plan de vuelo (al contrario que mi boarding pass) decía que todavía me quedaba una hora? No me quedé a averiguarlo y corrí escaleras arriba.

Mientras avanzaba por entre las personas se me ocurrió que tal vez podrían dejarme pasar, así que fui pidiendo permiso a varias personas mientras les mostraba mi ticket y lo poco que me quedaba para subir a mi avión. Creí estar a tiempo pasado ese primer cuarto, pero luego vino la fila para pasar por migraciones, una interminable hilera con docenas de personas, muchas de las cuales eran varios colegiales. Traté de hacer la  misma jugada, ir pidiendo permiso para ir primero, hasta que me topé con un grupo de personas que decía ir en el mismo vuelo y que no debía preocuparme, pues todavía quedaba poco menos de una hora para que el avión partiese.

Más tranquilo, decidí regresar al final de la fila. Esto resultó ser un error, a pesar de haber querido ser lo más justo posible con todas las personas que me dejaron adelantarme, pues los minutos pasaban y la hilera avanzaba muy lentamente. Cuando al fin pasé migraciones, literalmente corrí hasta la puerta de embarque con la mochila al hombro, con el boarding pass en una mano y la otra sujetando los pantalones que se me caían. Ese día había salido del cuarto de hotel pensando "seguro en el aeropuerto me pedirán que me quite todo lo que sea de metal, así que hoy no usaré correa y me ahorraré el problema"; no fue mi día de suerte en lo absoluto, pues nunca se dio el momento en que tuviese que quitarme nada, solo me revisaron con las manos. 

Llegué al avión sudando por todas partes y oliendo a desesperación, tomé asiento, di un gran respiro y me fui tranquilizando dos, tres, cinco, diez, veinte minutos. Pasó todo ese tiempo, y el avión seguía en el suelo; había corrido como nunca y aún así el vuelo no salió a tiempo. En ese momento ya no pude hacer más que sonreír por mi suerte, que a veces puede ser buenísima y en otros casos, como en este, se revierte por completo. Aunque nunca hasta el punto de ser un desastre, ya que, a fin de cuentas, pude llegar a Perú sano y salvo, luego de una aventura increíble. Y así me despedí, con el corazón en la boca y con un "buenas noches, Argentina, nos volveremos a ver".

lunes, 11 de julio de 2011

Buenas noches, Argentina (cuarta parte)


Decide my day today
Now my body says it's over

--Second song, de TV on the Radio


Quizás ha sido el día más lento, pero no el menos productivo.

Desperté un poco tarde por el cansancio acumulado y de inmediato salí rumbo a la avenida Corrientes, donde me entretuve entrando a tiendas y visitando librerías. Ya me habían comentado lo barato que están los libros aquí en Argentina, así que le di un espacio especial en mis planes del día para ver y comprar libros. Ya antes había mencionado mi amor por la lectura y la compulsión que tengo por salir de una librería con al menos una novela en mano, así que no es de sorprender que haya comprado ocho libros y gastado más de lo que mi presupuesto dedicado a este placer me lo permitía.

Luego di una vuelta por el Museo de Arte Moderno. No había tantas obras como me hubiera gustado, y no todas las que había me parecieron muy buenas, pero la mayoría eran estupendas. En algunas me quedé un buen rato admirándolas, especialmente en las que presentaban patrones coloridos y formas geométricas, y un trabajo en particular con luces me gustó muchísimo. Las pocas fotografías que vi no me llamaron la atención, e incluso iría más lejos y afirmaría que varias de mis propias fotos superarían a las de algunos de los artistas. Y, como siempre, estaba el tipo de arte que le hace a uno pensar que hasta un niño podría pintar algo similar. Es cuestión de perspectivas, claro, y sé que no conozco suficiente de las técnicas empleadas en su creación, así que siempre queda un amplio espacio para la equivocación.

Regresé al hotel a tomar lo que tendría que haber sido una pequeña siesta, pero dormí de más y ya preferí cambiar mis últimos planes para mañana, mi último día en este país. No creo haber dejado mucho para el final, pero siento que tengo mucho por hacer antes de irme, y me queda la sensación y la seguridad de que no he visto ni una milésima parte de todo lo que me gustaría conocer de Argentina. Espero sentirme un poco más satisfecho mañana.

No quería terminar este post sin antes agradecer a una asidua lectora del blog, Erica de Buenos Aires, quien me recomendó probar el alfajor Cachafaz. Luego de haber disfrutado uno de chocolate blanco y haberlo comparado con el alfajor Havanna, debo decir que tenías razón, Erica, me quedo con el primero. Y tengo decidido no irme sin conseguir uno de mousse de chocolate.

domingo, 10 de julio de 2011

Buenas noches, Argentina (tercera parte)


I'll always remember
Those were the best of times

--The best of times, de Dream Theater


Hoy, sin duda, ha sido el mejor de los días que he tenido aquí en Buenos Aires.

En teoría despertaría temprano para dar una vuelta en bicicleta, ya que según mi itinerario los lugares a los que iría no incluirían el uso de aquélla; pero me quedé dormido. O, en todo caso, preferí recuperar las horas de sueño que perdí dos días atrás. Luego me fui a la famosa feria de San Telmo, donde me entretuve viendo antigüedades y una diversidad enorme de objetos. Si bien pasé un buen rato, admito que esperaba más. Fui principalmente por cumplir con las personas que me lo recomendaron y porque realmente quería conocer el lugar, pero no me quedé mucho tiempo al comprobar que este tipo de actividades no suele ser lo mío. Luego pasé por el Museo de Arte Moderno, pero descubrí que no estaba abierto por ser día elecciones, así que aproveché el imprevisto y cambié mis siguientes planes.

Días antes del viaje estuve viendo en mapas de Buenos Aires que había una zona de parques a la que tal vez podía ir en bicicleta, así que regresé al hotel por ésta y tomé un taxi hasta dicho sitio. Lo que encontré allí fue más que sólo parques. Por ser domingo todo el lugar estaba dedicado a actividades de recreación como ciclismo, patinaje, skate, hockey sobre ruedas, paseo en pedalones y a caballo, entre muchas otras más. Había un sendero exclusivo para aquéllo, que bordeaba un enorme parque con un lago hermoso lleno de gansos. Me hizo recordar un poco la laguna en Perú a la que suelo ir, pero no hay punto de comparación. Puedo decir, sin una pizca de duda, que es mi nuevo lugar favorito, y me apena que en unos días vaya a estar a miles de kilómetros de distancia. Sin embargo, me alegra haberlo descubierto, no sólo porque la haya pasado genial tomando fotos, pedaleando junto a cientos de personas y echado en los extensos jardines, sino porque ha sido la mejor parte del viaje.

Regresé al hotel en bicicleta, otra experiencia estupenda, con autos y buses zumbando a mi lado tal y como en Lima. Llegué con muchos ánimos pero totalmente falto de energía, así que decidí tomarme un café y dar el día por completado. Así, lo que tuvo que ser un día de caminata resultó ser uno de puro bicicleteo; es lo que me encanta de los imprevistos, me permite ser un poco más laxo con mi itinerario, detenerme y oler las flores, como dice el refrán. Y mañana... La verdad, aún no puedo decir qué sucederá mañana.

sábado, 9 de julio de 2011

Buenas noches, Argentina (segunda parte)


Take whatever you see
Whatever you like and what you need

--Day and a lifetime, de Mob Rules


Llevo poco más de un día en Buenos Aires, y aunque mis primeras experiencias me dejaron con una sensación de desagrado, lo he pasado muy bien el resto del tiempo.

El que mi vuelo se hubiese atrasado no fue lo peor del día de ayer, sino el subir a un taxi cuyo conductor estaba más que dispuesto a cobrarme tres veces la tarifa estándar por llevarme del aeropuerto al hotel donde me hospedo. Fue mi error no embarcarme en un carro con el medidor que todo taxi urbano tiene, pero tampoco iba a dejar que me robaran por ello. Llegando al hotel le pedí al hombre que me mostrara la cartilla que utilizaba para asignar precios, y mientras la observaba, aquél, con voz nerviosa, dijo que se había equivocado y me cobró lo que ya mi papá me había comentado que podrían cobrarme hasta el lugar al que iba. Hasta ese punto podía ser plausible que realmente hubiera confundido el costo, incluso si era tres veces más de lo estipulado, pero en el momento en que le entregué el efectivo hizo una jugada con las manos (que no tengo idea de cómo noté) y me dijo que le había dado menos. Me hice el loco y le dije que contara de nuevo, incluidos los billetes que se guardó. No me hizo más problema y se fue.

Hoy las cosas comenzaron mejor. Pude probar mi bicla nueva por las calles argentinas, me fui a tomar cientos de fotos al jardín zoológico de la ciudad, comí una carne buenaza, bicicleteé hasta la Plaza de Mayo para presenciar la bajada de la bandera y estuve pedaleando un poco más antes de regresar al hotel. Vale decir que lo mejor fue pasear en bicicleta, pero no le quito valor al resto de cosas que hice hoy, aunque no tengo una anécdota particular que me ayude a ejemplificar lo bien que lo he pasado.

Lo que no podría dejar de mencionar es el reto que supone adecuarme a esta cultura que, aunque similar a la peruana, mantiene diferencias sutiles pero significativas. Hay muchas, pero entre las que me vienen a la mente en este momento están algunas de las palabras que emplean, los medios de transporte como los buses o el subterráneo y, la más importante de todas, las normas sociales de conducta. Trato de ser lo más educado posible, saludo a todo el mundo, sonrío cuanto puedo, etc.; conductas que en Perú no llevo a cabo tan a menudo. Sin embargo, hay momentos en los que siento que he hecho algo malo y no sé qué, creo leer incomodidad o molestia en algunas personas y lo atribuyo inmediatamente a algo que hice. Sé que no siempre soy yo, pero en los momentos en que sí, como digo, no sé por qué. Me quedan unos días más aquí para seguir aprendiendo.

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