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jueves, 11 de agosto de 2016

Comiendo sobre dos ruedas

Fuente: archivo personal

I'll eat my candy with the pork and beans
Excuse my manners if I make a scene

--Pork and beans, de Weezer


Sin querer queriendo (o ignorando cuánto lo quería) he dado dos nuevos saltos. Cada uno de ellos merece su propio post, así que comenzaré hablando del primero.

Unos pocos meses atrás, conversando en la oficina con algunos amigos, surgió la idea de hacer videos en YouTube con la finalidad de recibir productos gratuitos. La idea, básicamente, era comentar productos tecnológicos, ganar audiencia y recibir nueva mercadería para comentar. De la tecnología pasé a los dulces, pero el formato permaneció siendo el mismo. Como cientos de miles de personas ya hacían esto, opté por darle un acercamiento más original, y así fue como nació "Diroleando".

Diroleando es un canal de YouTube en el que cada dos semanas viajo en bicicleta a un restaurante o cafetería, compro uno de sus productos y hablo sobre él mientras lo como sobre la bicicleta; así de simple. No obstante, toda la producción y post-producción son bastante complicadas, más allá de que cuento con la ayuda de Charlie, un gran amigo. Y comer sobre la bicicleta no es nada sencillo, tampoco, pero ahí justamente radica lo entretenido de los videos.

Nadie más en el mundo está haciendo lo que hago (al menos nadie está grabándolo y publicándolo), lo cual me da una ventaja enorme en lo que concierne a originalidad y popularidad. Pero si bien todo comenzó con la intención de recibir cosas gratis y ganar algo de dinero, hoy puedo asegurar que Diroleando es mucho más que eso. Por un lado, grabar los videos con Charlie ha fortalecido nuestra amistad, y en cada oportunidad puedo ver que se divierte tanto como yo. Y por otro, mis niveles de bienestar y satisfacción se han ido elevando con cada salida en bicicleta, pues la experiencia completa es demasiado divertida, por decir lo menos.

Ya van cinco episodios publicados y no sé cuántos más vayan a salir en el futuro, pero no me veo dejando de hacerlos, al menos no por ahora. La pasión por el ciclismo, sumada al enorme gusto por comer, ha dado como resultado un proyecto del cual me siento muy orgulloso y que, de continuarlo, puede rendir excelentes frutos. Los invito a darse una vuelta por el canal y ser parte de la experiencia: https://www.youtube.com/channel/UCaS1TpsEDHnYY26a7JUc3qw

sábado, 2 de abril de 2016

Diario bicicleteo

Fuente: http://img04.deviantart.net/c94c/i/2007/278/e/d/cycling_on_the_morning_heath_by_jchanders.jpg

Well maybe we'll find the answers
Or maybe we'll just keed drivin'
With a full tank how can we go wrong?

--As long as we ride, de Spock's Beard


A inicios de año me planteé la meta de ir al trabajo en bicicleta todos los días; hasta el momento ha sido una placentera experiencia, pero con momentos de incomodidad.

Vencer al tráfico es lo que más satisfacción me genera. Compañeros de oficina demoran entre cuarenta minutos a una hora y media para ir o venir de sus hogares; a mí me toma veinte minutos. El ahorrar tiempo es algo que valoro mucho, pero no se compara con la capacidad de ser independiente en su manejo. Es decir, lo único que define cuánto tardaré en llegar al trabajo (además de los semáforos) es la velocidad a la que yo decida pedalear.

Y, por supuesto, otras cosas que me generan satisfacción son el resto de beneficios por hacer algo que me encanta: relajarme, mejorar mi humor, ejercitarme, mantenerme saludable y ahorrarme tres soles en pasajes. Todo esto, en definitiva, me hace sentir que tomé una excelente decisión a inicios de año.

Sin embargo, bicicletear a diario también trae una dosis regular de sinsabores. Conductores, peatones y, curiosamente, otros ciclistas pueden causar incomodidades en mi trayecto al trabajo. Los primeros en tanto manejar una bicicleta en Lima es casi como practicar un deporte de riesgo. Los conductores en general (no solo taxistas y choferes de combi) tienden a cerrar el paso o interponerse en el camino, sea por apuro, descuido o sencillamente por mala intención. Dado que las ciclovías son escasas en esta ciudad, ir por la pista suele ser la mejor (si es que no la única) opción, generando desagradables encuentros con estas personas.

Con los peatones es otra historia y suele estar ligada a otros ciclistas con los que también me cruzo. El camino a mi trabajo tiene varias ciclovías, lo cual debería ser una buena noticia, pero suele traer más problemas que beneficios, con lo cual mi día se ve afectado de forma negativa. Si no hay autos estacionados en ellas, son peatones que las transitan como si fuesen veredas, corredores que no mantienen su derecha y ciclistas que no conocen las normas de tránsito. Creo que todo esto puede reducirse a la falta de respeto, egoísmo e ignorancia de las personas. Tengo mucho más que decir al respecto, pero me saldría del tema.

Felizmente, estas últimas cosas no suceden tan seguido y, obviamente, existen excepciones. Hay quienes gratamente ceden el paso, ayudan a transitar las calles en paz y dan una mano cuando más se los necesita, lo cual trato de emular a diario. Son estas personas las que me hacen sentir que aún hay esperanza para quienes optamos por un medio de transporte diferente. Gracias a ellos y a todas las satisfacciones que mencioné al principio, es que no me arrepiento de haberme planteado la meta de bicicletear a diario.

domingo, 22 de junio de 2014

Volver a vivir

Fuente: Archivo personal

Are you getting something out of this
All encompassing trip?

--Present tense, de Pearl Jam


Una de las razones iniciales por la que me sentí impulsado a montar bicicleta más seguido, unos nueve años atrás, fue para visitar lugares por los que no había pedaleado desde mi niñez. Surcar esos viejos caminos me resultaba (y me sigue resultando) extremadamente placentero, pues no solo revivía recuerdos de épocas pasadas, también me permitía reflexionar sobre cuánto y cómo había cambiado mi vida desde la última vez que pasé por ahí. Otra importante razón fue la de explorar algunas zonas de la ciudad en busca de nuevas rutas, descubrir caminos diferentes en los que quedarían plasmados, de cierta forma, los recuerdos con los que me toparía en el futuro una vez que volviese a transitarlos. Quizás por esas dos razones es que suelo elegir una ruta y no otra cuando salgo a bicicletear, movido por emociones y recuerdos específicos, como queriendo recoger piezas de mi historia encajadas sobre las pistas y veredas de Lima a través de los años.

viernes, 11 de febrero de 2011

Plan de vida


There's still so much
I long to see
I need to touch
I wish to be

--Magic ride, de Ayreon


Este año, como parte de una resolución de Año Nuevo, me puse la meta de montar bicicleta interdiariamente durante tantos días como fuese capaz. Ideé una serie de condiciones que serían aplicadas en caso esta rutina chocase con otras obligaciones o con cualquier problema, o si por alguna razón me llegaba a sentir especialmente flojo o cansado, situaciones que se han dado más veces de las que me hubiese gustado. Y así calculé que debía alcanzar un mínimo de kilómetros pedaleados al día y a la semana, y, considerando los datos anteriores, al año.

Nunca antes había tenido una planificación tan seria de mis salidas en bicicleta, a lo mucho salía unas cuatro o cinco veces a la semana y luego podía dejar de montar por varios días, para luego retomar el ejercicio por dos o tres más; y así sucesivamente. No había mucha constancia. Pero ahora, luego de un mes y medio con esta rutina, posiblemente la rutina más placentera que alguna vez haya tenido (aunque con sus limitaciones), siento que estoy obteniendo los resultados que buscaba al ponerme esta meta.

Como hace unos años escribí en otro blog, considero al ciclismo como una de mis más grandes pasiones, es un medio excelente para aliviar el estrés, crear emociones intensas (en el tráfico limeño), conocer lugares nuevos, ponerse en forma y, como he ido descubriendo en cada vez más ocasiones, para estimular el pensamiento. Puedo pasarme horas pedaleando sin rumbo, me encanta perderme por lugares que nunca he visitado y encontrar atajos o caminos que susciten diversas emociones o evoquen ciertos recuerdos.

Con el plan que mencionaba al inicio del post he podido amplificar este repertorio de sensaciones, le doy un nuevo significado a mi día a día. Todo esto, por supuesto, con miras a conseguir cumplir uno de mis sueños, como ya he mencionado antes, el poder bicicletear por todo el Perú, luego Sudamérica y, si la vida me alcanza, por el mundo.

jueves, 21 de octubre de 2010

Rodilla con rodilla


Just when you think you lose sight of your heart and your mind
You're in the game again

--The game, de Bigelf


Hace casi exactamente dos años pasé por un momento similar al que he pasado anoche y la mañana de hoy. Después de dos meses sin poner pie en una cancha de fútbol, me animé a jugar de nuevo, aunque tomándomelo con calma para poder dedicar la mayor parte mis energías a las salidas en bicicleta.

Desgraciadamente, ayer, durante el primer partido, me sentía tan bien de regresar a pelotear que no medí mi nivel de esfuerzo y jugué de manera más osada, por lo que terminé golpeándome fuertemente la rodilla izquierda. Desde que salí cojeando de la cancha hasta que llegué adolorido a mi casa no dejé de pensar que tal vez el golpe había tenido un impacto mayor que solo hinchazón, que quizás me había roto un hueso y que no podría volver a montar bicicleta o jugar fútbol, en el mejor de los casos, hasta dentro de unos meses. Al día siguiente fui a la clínica angustiado, creyendo que saldría de allí con un yeso cubriendo mi pierna y muletas bajo los brazos, pero, felizmente, no fue más que con pastillas y un gel anti-inflamatorio.

Lo peor de todo no fue el dolor, eso puedo soportarlo (y debo seguir haciéndolo por unos días más), sino hacer a un lado los pensamientos negativos que invadían mi cabeza y que no me dejaron dormir tranquilo. Es la segunda vez que me daño la rodilla, y la segunda que temo no volver a montar bicicleta o, peor aún, caminar de nuevo. Incluso volví a pensar en una posible amputación. Sólo con imaginar mi vida en una silla de ruedas comencé a deprimirme, tuve una sensación de impotencia tremenda y me molesté conmigo mismo por haber ido a jugar fútbol en lugar de hacer otra cosa. Pensaba en qué cosa podía haber hecho diferente que hubiese cambiado lo sucedido.

Ahora ya estoy más tranquilo sabiendo que no es nada grave, pero estas experiencias vuelven a señalarme la fragilidad de la vida y cómo sucesos fuera de nuestro control pueden presentarse en cualquier momento. Los peores accidentes más comunes jugando fútbol pueden llegar a ser romperse la pierna, pero montar bicicleta en una ciudad como Lima tiene consecuencias mucho más graves, y realmente me asombra cómo sigo en pie a pesar de las mil veces que pueden haberme atropellado por un control ajeno al mío.

Unos días en reposo no es insoportable considerando cuántas otras situaciones podrían haberse dado, pero definitivamente extrañaré mi bicicleta todo ese tiempo, y no tanto los partidos de fútbol. Lo que me hace pensar, ¿regresaría a pedalear inmediatamente después de haberme recuperado de una lesión causada por manejar bicicleta o quedaría desencantado con el ciclismo por un tiempo? Considerando experiencias previas y la pasión que tengo por ese deporte, sé que estaría bicicleteando el mismo día que dejase de sentir dolor.

martes, 27 de julio de 2010

¡Y vamos de nuevo!

Will you ride?
Ride with me the open road

--Legacy, de Shadow Gallery


Algunas semanas atrás, los amigos que inicialmente se apuntaron a participar del paseo en bicicleta a Cieneguilla (y que por variadas razones no pudieron ir) comenzaron a preguntarme si planeaba volver a organizar uno pronto.

En realidad, lo pensado era que ese pequeño viaje sería el primero de una serie de viajes cada vez más largos y difíciles, pues suelo ser de la idea de que cada nuevo reto debe ser mayor que el anterior, pero me dije a mí mismo que puedo hacer una excepción en este caso, dado que no ha habido ni oportunidad ni tiempo de organizar algo más grande. Además, a pesar de haber comenzado a entrenar seriamente hace poco, siento que me falta mucha práctica, así que no vendría mal repetir una ruta que ya conozco. Eso sí, con algunos cambios.

Hasta la semana pasada las cosas todavía no estaban muy seguras, y aunque todavía no hay una fecha definitiva, ahora puedo afirmar que no falta gente ni ánimos para realizar este paseo. Los posibles cambios que Charlie y yo hemos estado viendo que podemos realizar son tanto en la ruta, en el hospedaje y en la distribución de kilómetros pedaleados por día. Con relación a lo primero, planeamos añadirle un desvío, y en lugar de llegar a Surco por la carretera Panamericana, nos desviaríamos por Chorrillos, Barranco y Miraflores, lo cual sumaría unos cuantos kilómetros más a la ruta. El hospedaje todavía está en negociaciones, pero es posible conseguir una casa en Pachacamac y ahorrarnos el pago del hotel en Cieneguilla. La distribución de distancias va de la mano con el segundo punto, ya que, de descansar en Pachacamac, serían cuarenta y cinco kilómetros el primer día y veinticinco el segundo, contrario a lo que hicimos el primer paseo.

Así que por el momento solo faltan tres cosas: seguir entrenando, confirmar a los participantes y asegurar el hospedaje. Y en cerca de tres semanas se repetirá una de las experiencias más apasionantes de mi vida.

martes, 27 de abril de 2010

La caída del año

There are plenty of ways that you can hurt a man
And bring him to the ground
You can beat him, you can cheat him
You can treat him bad and leave him
When he's down

--Another one bites the dust, de Queen


Hoy volví a tener un accidente en bicicleta después de varios meses, probablemente el peor que he tenido en un poco más de un año. Pero no fue la caída en sí, sino lo que (no) sucedió tras ella lo que me sorprendió muchísimo.

No fue uno de esos accidentes en los que el susto o la vergüenza son mayores, sino del  tipo en que la caída es realmente dura. Tomé demasiada velocidad en una curva en la que no suelen pasar muchos carros pero los pocos que lo hacen van bastante deprisa, pasé por encima de un charco de agua y el error llegó cuando intenté subir a la vereda por una de esas subidas inclinadas que tienen los estacionamientos. Lo peor de todo es que mis usuales caídas se deben precisamente a esta mortal combinación, llantas mojadas y la subidita inclinada. Fracciones de segundo antes de caer, cuando ya estaba a centímetros de la vereda, me escuché decir "¡no lo hagas!", pero fue demasiado tarde. La llanta delantera resbaló y me vi deslizándome por la calzada hasta que la bicicleta chocó contra un poste de luz, el timón dio contra mi pierna, mi espalda fue detenida por las rejas de una casa y mi cabeza, felizmente, quedó intacta gracias a mi casco.

La caída fue la primera sorpresa, pero la segunda y mayor fue que nadie se acercó a ayudarme. Es la primera vez que tengo un accidente frente a tantas personas, e imaginaba que al haber más de ellas la probabilidad de que alguna me ayudase a levantarme o siquiera preguntar si estaba bien sería proporcionalmente mayor. Pero me equivoqué. Es cierto que fui demasiado imprudente o que solo estuve en el suelo unos segundos, y que la adrenalina amortiguó gran parte del dolor, pero me sorprende que nadie dijese nada. Las personas tan solo pasaron por mi lado como si nada hubiese ocurrido y algunos otros se quedaron mirándome de lejos con cara más de crítica que de preocupación.

Esto me hizo recordar una serie de ideas que tengo o que había escuchado. Como que se diga que son muy pocas las personas que tienen el impulso de reaccionar atentamente frente a un desconocido. El experimento perfecto para probar esto es dejar caer monedas en la calle mientras se está junto a extraños. En teoría la mayoría de veces no habrá nadie que ayude a recogerlas, pero tendría que probarlo para realmente considerar esto cierto, aunque este episodio con la bicicleta es un buen comienzo para demostrarlo.

Creo que todo depende de la cercanía que se tiene con la persona, no en el tipo de relación sino en la distancia física. Es decir, quien está más cerca cuando el accidente se da suele sentir que es su responsabilidad ayudar. La pregunta con la que me quedo es "¿cómo habría reaccionado si esto o algo similar le hubiese pasado a otra persona y yo estuviera cerca?".

lunes, 29 de marzo de 2010

En la mira







--State of shock, de Nightingale


Dos días atrás me regalaron la videocámara que esperaba obtener desde hace ya buen tiempo, una especialmente diseñada para ser montada en un casco y así grabar mis bicicleteadas. Y ayer hice la primera prueba.

Quise comenzar con una ruta entretenida, así que fui directamente a la avenida Javier Prado, donde imaginaba que habría bastante tráfico, aunque por ser domingo ya temía que no fuese suficiente. Felizmente, hubo la cantidad adecuada de carros y autobuses para capturar algunas buenas y atrevidas escenas. Luego fui hasta el malecón de Miraflores para grabar el acantilado y la siempre hermosa vista al mar, donde el sol y una escasa cantidad de nubes contribuyeron en tomas casi perfectas. Finalmente, ya de regreso, filmé algunos saltos que nunca antes había conseguido hacer. Llegué a mi casa emocionado por ver lo grabado.

Descargué los archivos en la computadora, instalé los programas necesarios para editar videos y me dispuse a ver uno por uno. Fue entonces cuando descubrí que no había grabado nada. El sistema que había estado utilizando para iniciar la grabación no era el correcto, y las instrucciones sobre el uso adecuado de la cámara no ayudaban a entender qué debía hacerse realmente. Es decir, todo lo que había hecho ese día, todas esas circunstancias idóneas que no suelen hallarse muy seguido, se habían perdido, o, en todo caso, nunca fueron aprovechadas.

Entre frustrado, molesto y decepcionado fui probando hasta descubrir exactamente cómo filmar. El manejo era más simple de lo que parecía, pero aún así había que hacer esa experimentación previa para realmente entenderlo. Al parecer con la emoción de salir cuanto antes y grabar de inmediato no me dio tiempo de aprender a usar la cámara, aunque esto ya lo sabía mientras pedaleaba pero me decía a mí mismo que no podía ser muy complicado. 

Con esta experiencia como enseñanza, planeo repetir el pequeño paseo en dos días y ver cómo resultan las cosas entonces. Si todo va bien (ahora sí no encuentro razón para pensar de forma contraria) comenzaré a poner uno que otro video aquí.

sábado, 13 de marzo de 2010

Como mirando


--Sequence II: The lonely view of condors, de Sieges Even

Now... where was I? -- Memento (2000)


Como lo prometí, hace unos días regresé a la urbanización Las Casuarinas para tomar algunas fotos del espectacular paisaje (imagen del post). Tuve que hacer tomas rápidas para no tener problemas con los propietarios o con la guardianía, pero creo que en general salieron bastante bien. A diferencia de la última vez que fui, en esta hubo menos neblina por la zona de la costa, aunque aún así no logré ver el mar, por ello decidí tomar fotos de otras vistas. Quizás tenga más suerte en una siguiente oportunidad.

Con este pequeño paseo acaba de nacer una idea. Recuerdo haber bicicleteado por esa zona antes, hace muchos años, y el pasar por algunas calles familiares me genera una sensación de nostalgia que no podría llamar negativa, sino casi satisfaciente. Luego de esta salida comencé a recordar lugares particulares a los que he ido de chico y que no he vuelto a visitar, no necesariamente en bicicleta sino de manera general. La verdad es que no estoy completamente seguro de que todos existan, pues temo que el olvido, mi imaginación y lo que he soñado a través de los años se hayan mezclado de tal manera que haya creado lugares a los que en realidad nunca he ido.

Mi propósito es volver a estos lugares (a los reales), en la medida de lo posible con mi bicicleta, y tomar fotos de ellos. Será casi como capturar la esencia de mis recuerdos. Siempre y cuando pueda encontrarlos y llegar a ellos.


sábado, 6 de marzo de 2010

Veni, vidi, vici (tercera parte)


Face to face, out in the heat
Hangin' tough, stayin' hungry
They stack the odds
Still we take to the street
For the kill with the skill to survive

--Eye of the tiger, de Survivor



Una vez en la carretera Panamericana el recorrido sería mayormente plano con algunas subidas ligeramente inclinadas, nada demasiado difícil para ciclistas que comienzan su trayecto en ese momento y que no llevan cuarenta kilómetros encima. No solo estábamos cansados y hambrientos, sino que la distancia que nos separaba de nuestra meta era suficientemente grande como para hacernos flaquear.


No nos demoró mucho llegar al restaurante que Charlie tanto ansiaba encontrar, donde comimos un pan con chicharrón que nos devolvió parte de las fuerzas que nos faltaban. Ya en Lima Charlie confesaría que durante ese almuerzo estuvo a punto de darse por vencido y dar como idea tomar un taxi que nos regresase y nos evitase otras dos horas de bicicleteo, pero no lo hizo debido a lo que dije antes de salir ese día, que en lo posible no tomáramos uno a menos que fuese absolutamente necesario, sólo si viésemos que no podíamos con el reto. El delicioso almuerzo se añadió con todo el resto de factores adversos y casi nos hizo rendirnos, pero me alegra no haberlo hecho.

Tal y como lo intuíamos, lo que restó del viaje fue una ardua prueba de resistencia. Con cada pedaleo junto a la carretera nuestra energía iba disminuyendo demasiado rápido, las extensas pendientes y el temperamental calor se añadían como contrincantes contra los que debíamos enfrentarnos kilómetro tras kilómetro, y las recurrentes paradas de descanso o para comprar agua no parecían suficientes para calmar el sentimiento de intranquilidad. Realmente fue un reto enorme, el seguir a pesar de tener tantas razones de detenernos y tomar la vía fácil, subir a un carro y restar importancia al resto del trayecto. Pero conseguimos cumplir con lo propuesto, y llegamos a mi casa con los músculos destrozados pero con ánimos revitalizados. Nada hubiese sido mejor que entrar y tomar una ducha helada, pero al menos algo malo debía suceder después de un viaje prácticamente libre de problemas y dificultades: nunca llevé las llaves de la casa y no había nadie en ella que pudiese abrir la puerta. Así que el paseo terminó una hora y media después de que hubimos llegado y esperado en la calle hasta que llegara mi abuela con su propio juego de llaves.

No era precisamente mi sueño tener esta aventura, pero sí es en definitiva un primer gran paso hacia el cumplimiento de ese gran sueño que tengo. Con esta gigantesca meta cumplida, no solo siento que he conseguido probarme a mí mismo que soy capaz terminar lo que empiezo y probarle a mi familia que el montar bicicleta no es un mero pasatiempo y sí una verdadera pasión, sino también que ahora sé que soy capaz de hacer cualquier cosa que me proponga, grande o pequeña, vana o especial. Es extraño decir algo como esto último, pero a veces puedo dudar mucho de mí mismo y de mis capacidades. Sin embargo, como dije en uno de los primeros posts de este año, nadie más que yo mismo puede decirme lo que soy o no capaz de hacer. Y ahora no tengo más dudas.

Vini. Vidi. Vici!

jueves, 4 de marzo de 2010

Veni, vidi, vici (segunda parte)


I would stand in line for this
There's always room in life for this

--Extreme ways, de Moby


Llegamos al hotel después de dos horas y media de pedaleo, exhaustos y hambrientos. Aproveché en almorzar algo sustancioso dado que había tomado un desayuno ligero aquella mañana, y caí dormido minutos después. El resto de la tarde tratamos de disfrutar del hotel, que no era realmente lo que habíamos esperado. La piscina no era tan grande como la foto que muestran de ella en su página web, el espacio dedicado a áreas verdes es igual de decepcionante y el trato no fue tan amigable como hubiese esperado, pero por lo que pagamos fue suficientemente satisfactorio.

Al igual que la noche anterior, repasamos los planos y los cálculos de distancia y tiempos que tomaría llegar a Lurín, Pachacamac y, finalmente Lima. Nos tomaría cerca de tres horas y media recorrer cuarenta y cinco kilómetros en total, un poco más del doble de lo que habíamos hecho el primer día, si bien de bajada la primera mitad, de subida la segunda. La sensación de satisfacción de haber llegado a Cieneguilla después de un arduo pedaleo era ensombrecida por el nerviosismo de lo que vendría después, la parte más extensa y trabajosa del viaje, una prueba de fuerza de voluntad y resistencia física antes que un recorrido de ocio.

El día siguiente salimos del hotel casi sin querer hacerlo, sabiendo lo que tendríamos que pasar ese día. Pero una vez que llegamos al óvalo, nuestro punto de partida hacia Lurín, decidimos repetir la bajada que nos llevó a Cieneguilla. Por (razonable) flojera metimos las bicicletas en un taxi y nos llevaron hasta la cima en lugar de pedalear los cinco kilómetros cuesta arriba. Para mi gran suerte, al sacarlas del maletero, golpeé un extinguidor de fuego y terminé bañado en polvo químico que, felizmente, no causó mayor problema que ensuciarme y a mi bicicleta. La experiencia de bajar la pendiente fue tan increíble como el día anterior, y para añadirle emoción y preservarla para siempre (o tanto tiempo como sea posible) montamos mi cámara fotográfica en el timón de Charlie, la pusimos en modalidad de videocámara y grabamos toda la bajada.

Como esperábamos, la primera parte del trayecto de ese segundo día fue relativamente fácil y amena. No había un camino asfaltado, sino que era una zona rural con vías de tierra y piedras bordeada por cerros, un río y mucha vegetación. Fue divertido pedalear por un territorio desconocido y a la vez muy tranquilo, un excelente cambio a mis usuales rutas plagadas por el tránsito y el ruido vehicular. Esperaba tener inconvenientes más cercanos al tipo "canino", algo así como ser perseguidos por perros, pero, a pesar de cruzarnos con muchos que nos miraban con cara de pocos amigos (que siempre, misteriosamente, se encontraban en pequeñas subidas donde inevitablemente íbamos más lento y éramos presas más fáciles) y de pasar una parte especialmente peculiar donde fueron apareciendo perros uno tras otro, no sucedió nada malo.

Cuando pasamos Lurín y estuvimos en Pachacamac creímos habernos perdido, pues habíamos seguido una ruta recta por varios kilómetros y no nos ubicábamos en el mapa que teníamos. Felizmente esta sensación duró poco, pues pronto supimos dónde estábamos. Entramos a la antigua Panamericana Sur, cortamos camino por una trocha cubierta por cultivos (donde por fin tuvimos nuestro primer y corto encuentro cercano con un grupo de perros agresivos) y llegamos a la parte que habíamos estado temiendo desde el comienzo, la carretera en sí.

martes, 2 de marzo de 2010

Veni, vidi, vici (primera parte)


To live a better day is our final aim
And we won't stop tryin'

--Start running, de Gamma Ray


Luego de pensarlo muchísimo, creo que no hay una sola palabra que pueda describir en su totalidad la mezcla entre la enorme cantidad de pensamientos que cruzaron mi cabeza y la gigantesca gama de emociones, sentimientos y/o sensaciones que experimenté antes, durante y después de realizar el viaje más importante de mi vida. Si tuviese que arriesgarme a elegir una, diría que "¡INCREIBLE!" (en negrita y con signos de exclamación) se queda corta. Una descripción de lo acontecido sería igualmente imprecisa, pues no podría capturar la magnitud de una experiencia semejante, pero no por ello dejaré de hacerlo.

El viernes por la noche llegó Charlie a mi casa, el segundo y último miembro del grupo con el que haríamos el paseo a Cieneguilla. Después de semanas de convocatorias logramos conseguir otros cinco aventureros dispuestos a acompañarnos, pero con la fecha cada vez más cerca, los voluntarios fueron siendo cada vez menos hasta no haber nadie más que nosotros dos. Hicimos los últimos planes, empacamos las provisiones necesarias y esperamos el día siguiente, y a las nueve de la mañana ya estábamos en camino.

La primera etapa, la subida hasta La Molina, fue relativamente simple y familiar, ya que había recorrido esa ruta varias veces antes a modo de entrenamiento, así que sirvió como calentamiento y para idear maneras de comunicarnos con señales y con los silbatos que ambos llevábamos colgados del cuello. Una vez que pasamos esa zona y La Planicie y estuvimos en El Sol de la Molina, comencé a notar la excesiva presencia del sol. Muchos amigos habían dejado pasar la oportunidad de acompañarnos debido al insoportable calor, que sin duda se agregó como dificultad en el viaje. Todo el resto de la subida tuvimos que hacer constantes paradas debido al cansancio y a la temperatura, pero conseguimos llegar a la cima con los ánimos en alto y las botellas de agua necesarias.

La entrada a Cieneguilla desde El Sol de la Molina es famosa por su pendiente y camino sinuoso bordeado en un inicio por riscos, una bajada de aproximadamente cinco kilómetros que hicimos en ocho minutos a una velocidad promedio de treinta y cinco kilómetros por hora; por lejos la mejor parte del paseo. Todo el sufrimiento que pasamos subiendo desde Surco hasta esta entrada fue recompensado con creces. Puedo decir sin una pizca de inseguridad que es la mejor pendiente que he bajado en mi vida, aunque admito no ser un experto en pendientes. Reparando en los riesgos y tomando todas las medidas de seguridad en cuenta, nos lanzamos cuesta abajo.

Las curvas cerradas añadían emoción a la ya excitante bajada, pues no había forma de saber si un carro venía en dirección contraria hasta llegar a la curva en sí, momento en el que había que reducir la velocidad (solo un poquito) o entrar en el camino de tierra y restar diversión a la aventura. El viento en la cara, las llantas girando una y otra vez sobre el asfalto, los carros zumbando a mi costado y la sensación de chocar en cualquier momento contra lo que sea fueron elementos que, sumados, contribuyeron a hacer de esta experiencia algo único y magnífico. Una vez que estuvimos en la base, en el óvalo de Cieneguilla, no podíamos dejar de comentar lo asombroso que había sido y decidimos sin titubear que volveríamos a bajar aquella pendiente al menos una vez más antes de irnos.


miércoles, 24 de febrero de 2010

La cima no es la meta


Don't let it bring you down, it's just fate

There's always a way around, if you wait

Open up your mind and let light in

--Date with destiny, de Nightmares on Wax


A solo unos días de la muy esperada (y postergada) bicicleteada a Cieneguilla, me he dedicado esta y la anterior semana a "entrenar", básicamente montar bicicleta por mis rutas usuales pero añadiéndole peso a la mochila para simular lo que llevaré en el paseo y prefiriendo pendientes antes que terrenos más planos. Además de eso, hoy sumé una vieja ruta a mi repertorio, la zona de Casuarinas, donde las subidas inclinadas sobran y por lo general suele ser un lugar bastante tranquilo. Si bien sufrí de más en esta salida, encontré el mejor paisaje de Lima que alguna vez haya visto, tal vez un poco cortado por las nubes, pero increíble. Prometo regresar pronto y tomar una foto o cien.

La única pregunta que ronda mi cabeza desde que comencé con esta animada rutina es la siguiente: ¿Por qué después de que el viaje se ha postergado ya cinco veces, casi cada semana desde la fecha inicial, me pongo las pilas ahora y siento con seguridad que esta vez no habrá otro contratiempo y que podré realizar este paseo al fin? Tengo algunas ideas.

Cada cambio de fecha ha sido debido a alguien distinto, un amigo que pedía que fuese otro día o uno que aseguraba que en una semana más tendría más tiempo o yo que esperaba curarme de una leve lesión. Siempre había un inconveniente, pero esta vez no parece haber nada a la vista, somos tan pocas personas anotadas que la probabilidad de que el viaje deba volver a cancelarse es mínima. A más personas más dependencia, pero también es cierto que mientras menos seamos los que vayamos más peligroso será. Debido a la primera idea es que me hubiese gustado ir solo, pero es la segunda la que me hace poner los pies en la tierra y evitar hacer algo estúpido.

Como ya he dicho antes, me guío mucho por diversas señales, por más que parezcan absurdas o que no vengan al caso. Por eso creo que si no realizamos este paseo dentro de unos días, es mejor que no lo hagamos en absoluto, al menos hasta conseguir más aventureros que quieran unirse y cuando el tiempo y las obligaciones sean menores. Es un "ahora o nunca", por eso me siento más motivado que las semanas anteriores, porque realmente quiero que esta aventura se lleve a cabo ahora y no quede como una idea que tuve alguna vez y que por tontos imprevistos nunca pudo darse.

No volveré a escribir sobre este paseo (o sobre la idea de hacerlo) hasta que verdaderamente lo haya realizado. Si todo sale bien, habrá un post acerca de esto la próxima semana. Así de seguro me siento.


domingo, 6 de diciembre de 2009

Sin ti otra vez


Hark me now and let me go
To far away lands and distant shores
An angel at my side

--Magic ride, de Ayreon


Un par de días atrás me despedí de mi bicicleta una vez más, y ya voy sintiendo el peso de querer pedalear por la calles y no poder hacerlo. La última vez que sucedió esto fue hace unos meses, cuando la llanta trasera murió después de recibir mil pinchaduras y sobrevivir a todas excepto a la última. Antes de eso, un año atrás, fue el timón que se rompió sorpresivamente mientras iba por una avenida congestionada. Y mucho antes fueron los pedales, aunque estoy seguro que estos se rompieron por capricho.

Felizmente, esta vez no hay nada roto, solo unas pequeñas fallas con los cambios. Así que aproveché para mandarla a que le hagan un mantenimiento general, le cambien el aceite y le afinen el motor (que no tiene). Siempre me quejo de lo mala que es esa bicicleta, cómo luego de solo un año y medio (y de repente dos) la he tenido que reparar tantas veces, pero también he pensado que parte de la culpa debe ser mía, ya que a veces suelo forzarla tanto como fuerzo a mí mismo por pedalear unos kilómetros más.

Hasta que no tenga el dinero suficiente, seguiré con esta bicicleta, seguiré mejorándola, añadiéndole nuevos implementos y cuidándola. Después de todo, en momentos como estos es cuando me doy cuenta de que sin ella la paso bastante mal.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Pedaleando por el oro


Faster than light we will find
A way out of the conscience
And the more we know, more we'll mind
It's a matter of patience
Always...

--Speed, de Angra


Siguiendo con el tema del ciclismo, pero desde otro ángulo, ayer participé en mi primera bicicleteada masiva. Un par de semanas atrás me topé con el anuncio de la bicicleteada que estaba organizando el distrito de Surco, así que por amor al ciclismo y con ganas de probar algo nuevo, decidí inscribirme.

El día del evento me presenté una hora más temprano de lo que se especificaba, pero, como ya me lo esperaba, el lugar estaba repleto. Mientras hacía la cola e iba consiguiendo un lugar en la línea de partida, comencé a imaginar cómo seria pedalear al lado de cientos de otros ciclistas, pero me fue muy difícil verlo claramente, aunque asumía que no sería nada simple. La hora y media de espera que tuvimos que hacer me la pasé en medio de una lucha conmigo mismo, pues por un lado quería hacer el recorrido a la par con el resto, y por el otro mis ganas de competir empujaban a tratar de llegar entre los primeros. Al final me dejé llevar por lo que pienso es lo más natural, digamos, por las ganas de ganar, situación que no se me presenta para nada en deportes en equipo pero sí en individuales.

Cuando al fin se dio inicio a la bicicleteada, dado que todos estábamos demasiado cerca los unos de los otros, no faltaron las caídas, las pifias y por ahí la ocasional discusión. Felizmente, a pesar de tambalearme un poco, pude salir sin mayores problemas. Pero desde ese momento, desde el comienzo, entendí que la posibilidad de "ganar" era bastante pequeña, pues había tanta gente que era demasiado trabajoso adelantarse. Durante ciertos tramos, especialmente en las partes que había que subir pequeñas cuestas, aprovechaba los espacios entre bicicletas y me abría paso hasta el principio de todo el grupo, pero las paradas obligadas que tuvimos que hacer para descansar terminaban por deshacer mis esfuerzos, porque pronto el resto de personas volvía a alcanzar la delantera. Pude llegar a la meta entre los primeros veinte o treinta participantes, pero creo que las expectativas que tenía de este evento eran demasiado grandes como para obtener mayor satisfacción.

Como experiencia, me encantó hacer algo que nunca antes había hecho, pedalear al lado de tanta gente. Pude saciar mi sed de competencia al menos un poco, ya fuese bicicleteando en sí o haciendo alarde silencioso de mi bicicleta (que en realidad no considero muy buena) y sus accesorios. Además, creo que siempre es bueno cambiar un poco la rutina, montar en grupo de vez en cuando, aunque siempre preferiré un grupo mil veces más reducido. Sin embargo, tengo algunas objeciones y muchas sugerencias, aunque mis críticas calzarían mejor en una competencia y ya no tanto en este tipo de eventos más recreacionales.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Plan C


Early morning, and I'm on the go!
Here I'm finally on the road...
On the road!

--Traveller, de Devin Townsend


Casi un año atrás nació la idea de hacer un viaje en bicicleta por la costa peruana, un viaje que probaría mucho más que mi capacidad de resistencia física o mi pasión por el ciclismo. Por una serie de cosas, como ya he detallado en algún post anterior, dejé de lado esta aventura sin siquiera comenzarla. Sin embargo, existe un alternativo, el que meses atrás no tenía y que tampoco esperaba tener, y que ahora es prácticamente un hecho.

Hace dos meses Charlie se ofreció a acompañarme en un viaje en bicicleta, aunque no uno tan largo como el que yo tenía en mente. Desde ese momento quisimos irnos a Canta, que si bien está en el departamento de Lima, se encuentra en la parte andina del Perú. Por semanas estábamos decididos a ir ahí, pero cuando comenzamos a planear la ruta, notamos que nos tomaría más tiempo del que teníamos planeado utilizar, así que optamos por otra opción, Lurín.

Una vez que elegimos este nuevo lugar, me detuve a pensar. En comparación a mi primer proyecto, es extremadamente más simple llegar a Lurín, toma muchísimo menos tiempo recorrer la ruta, y, a pesar de ser una aventura a fin de cuentas, no se acerca en lo más mínimo a lo que yo quiero. Esto me quitó un poco la ganas de hacer el viaje, pero con los días comprendí una serie de cosas que ayudaron a que recobre y aumente el ánimo. Ya no se trata de la idea inicial, de darle una probada a lo que quiero que sea mi vida en el futuro, sino de algo completamente diferente pero aún así estrechamente ligado con lo anterior. No puedo hacer un viaje de miles de kilómetros por un territorio desconocido sin antes haber experimentado algo de un magnitud menor y por lugares más familiares, sin olvidar que esta vez no estaré solo, pues contaré con la compañía de Charlie y de las demás personas que se animen a venir con nosotros. Por esto y por mucho más entendí que no puedo presionar las cosas, que el apurarme solo entorpecerá mis pasos. Además, todavía tengo tiempo, aún me queda toda la vida para realizar mis sueños. Y creo que la mejor manera de poder conseguirlos es con un poco de práctica de por medio.

Hoy terminamos de hacer los planes con respecto a la ruta, los descansos, la distancia, los lugares para comer, el posible hospedaje y cuánto tiempo nos tomará realizar la excursión. Lo siguiente es hacer un listado de lo necesario por llevar, conseguir que nos acompañen dos o tres amigos que se sientan igual de aventureros que nosotros y conseguir un poco más de físico. La fecha ya está puesta, así que solo es cuestión de esperar.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Dímelo "de frente"


Like turning on a light the brain's online tonight

All around the world

-- Society of the mind, de Shadow Gallery


Dos días atrás se me ocurrió una idea que, luego de conversarla con otras personas, y así descubrirlo, resulta ser exageradamente poco original. Sin embargo, busco una manera de ponerla en práctica de todas formas.

Hace meses Charlie (un amigo) me comentó un plan de publicidad que quería llevar a cabo. Lo que planeaba hacer era, en ebay o páginas similares, ofrecer su frente como un espacio publicitario. Yo pensaba que no lo decía en serio, que solo continuaba las bromas que le hacemos sobre el (enorme) tamaño de su frente. Pero ayer, luego de preguntarle sobre esto y sobre la (ir)realidad de poder llevarse a cabo, entendí que tiene todas intenciones de hacerlo, y que, efectivamente, es posible. Pues bien, mi idea es parecida, pero un tanto diferente.

Pienso ofrecerme a mí mismo como espacio publicitario mientras bicicleteo por Lima. La idea que yo tengo no va a la par con lo que ya se ha hecho antes y que se está haciendo todavía, el jalar una pancarta con la bicicleta o montar disfrazado, sino algo más parecido al "sponsoring", sin serlo exactamente. Lo que estoy buscando es poner slogans o imágenes de lo que sea que publicite en un polo o en un banderin atado a la bicicleta y transitar las calles una cantidad determinada de horas a la semana. Aún no sé si esto en particular puede hacerse, o si de poderse resulte efectivo, pero por el momento es solo una idea que, espero, funcione.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Nada más extraño que uno mismo y su no-carro



Only creatures who are on their way
Ever poison their own well
But we still have time to hate
And there's still something we can sell

--Peacekeeper, de Fleetwood Mac


Hace una semana y un poco más mi primo David me preguntó qué era lo más extraño que había visto en mis paseos bicicleteros, a lo cual no supe responder, quizás porque no he visto nada más extraño que carros transitar las calles y personas caminar por ellas, o quizás porque no pude recordar nada. Hoy intentaré responder a su pregunta.


El viernes pasado fui invitado a la casa de un amigo que no vive a más de doce cuadras de distancia de mi hogar. Era cerca de las nueve de la noche, pero la hora, el posible tráfico y la avenida que debía atravesar no presentaban problemas, pues ya había hecho el recorrido bajo circunstancias parecidas en anteriores ocasiones. Subí a mi bicicleta e inicié el pedaleo.

El camino hasta el puente no fue difícil, pero pasando debajo de él fue que noté la primera extrañeza, algo que no hice en esta ocasión pero que he hecho antes. No sería tanto algo extraño que he visto, sino algo extraño que he hecho, lo cual es pasar por la vereda infestada por transeúntes que esperan, suben o bajan de las combis que abarrotan la pista. Iría por ahí, pero con los condutores nunca se sabe.

Y lo segundo más extraño esa noche se dio en el tramo intermedio. Si hay algo que me encanta es pasar zumbando al lado y entre los carros mientras esperan que la luz verde reemplaze a la roja. A veces es divertido cruzar antes de este cambio cuando no hay autos que puedan atropellarme, pues siento que me mofo de los que deben seguir aguardando.

Y, efectivamente, esto hice en aquella ocasión, seguí mi camino sin parar en el semáforo, esquivé algunos peatones y seguí de largo. Lo extraño vino a continuación, cuando uno de los carros que recuerdo haber aventajado en la luz roja (debido a la fuerte música que escuchaban) pasó a mi lado a toda velocidad y por la ventana del copiloto salió un chico aparentemente borracho con un cigarro en la mano, quien gritó "¡Oe, préstame tu BMW, pes!" Le devolví una mirada de "Ya, webón" y pedaleé hasta la casa de mi amigo. Evidentemente se burlaba de mi bicicleta con la parpadeante lucecita roja debajo del asiento y mi luz blanca delantera, pero más me divirtió su comentario en lugar de molestarme. Visto desde otro punto de vista, puede tomarse como un cumplido. De cualquier forma, el nuevo apodo de mi bicla, a partir de ese día, es BMW, y sé que le sienta perfectamente. Y yo no me quejo.

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