sábado, 4 de abril de 2009

Como dejados al olvido



Difícil de pensar que ya nunca volverás
Tus alas volarán y en otro cielo sufrirán

--Decir adiós, de Amen


¿Por qué para algunos de nosotros es tan difícil decir adiós? ¿Por qué nos es difícil desprendernos de las personas o de las cosas? ¿Porque tememos el cambio? ¿Porque nos encariñamos demasiado? ¿Porque el olvido, que llega sin ser invitado, y su inexplicable afán de ir borrando paulatinamente nuestros recuerdos, es demasiado doloroso de soportar?

Personalmente, me gustaría nunca tener que despedirme de nadie, o continuar diciendo "te veo luego" o "hablamos mañana" o "te encontraré pronto" en lugar de decir "adiós". Honestamente, cada vez que pronuncio esta última palabra nunca la siento, nunca dejo que su significado me consuma, no permito que se manifieste en una despedida eterna. La digo, pero en realidad grito "no te olvidaré" para mis adentros. Supongo que por eso el olvido y yo no nos llevamos muy bien que digamos.

Sin embargo (y es un "sin embargo" bastante grande, probablemente uno de los más grandes que alguna vez haya existido en mi vida), sí existen varios "adióces" a lo largo del camino que he recorrido los últimos años, y si los recuerdo aún solo es porque el arrepentimiento me agobia. Me arrepiento de haberlos dicho (y a veces hasta callado y dado la espalda), pero de tener la oportunidad de cambiar mi decisión no lo haría, seguiría optando por despedirme. Si de vez en cuando sueño con estas personas como grupo (y nunca como individuos que causaron impresiones separadas en mí) es porque mi memoria se rehusa a olvidarlos, y porque sabe que la vida se encargará de reunirnos nuevamente, así lo queramos o no.

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