jueves, 12 de noviembre de 2009

Hasta en los videojuegos



When the day will slowly end and the sun has turn to grey
Will we feel the power of freedom with the dawn of a new day?

--Dawn over a new world, de DragonForce


Las últimas semanas he estado dedicándole bastante tiempo a un juego de Xbox 360 llamado Fallout 3, y recién hoy he podido terminarlo, aunque poco antes de hacerlo me crucé con una idea que podría extrapolarla a prácticamente cualquier ámbito de la vida en general.

La historia del juego, altamente resumida, es sobre un hombre que va en busca de su padre en un Washington DC post-apocalíptico y futurista devastado por una guerra atómica y la consecuente radiación, y, cuando al fin lo encuentra, de ayudarlo o no a concretar un proyecto que puede salvar a la humanidad.

A lo largo del juego uno puede ir tomando decisiones que afectarán la historia, pero es la última decisión la que en definitiva altera la conclusión. Casi por finalizar el juego, uno se ve presentado con varias alternativas, una de las cuales es utilizar un virus para erradicar todo organismo que haya sido afectado por la radiación, de tal manera que solo las personas que consiguieron esconderse en refugios especiales contra la bomba atómica sobrevivirían, y todos aquellos que no, tanto monstruos como demás humanos, morirían para que el resto obtuviera la vida que tuvo antes, sin mutaciones y con agua pura. Cuando llegué a este punto, creo que demasiado involucrado con la trama, pensé que sería injusto matar a otros con el propósito de regresar a lo anterior; es decir, es utópico creer que uno puede borrarlo todo (o casi todo) y comenzar de nuevo.

Esta es la idea que rescato, el no poder reiniciar la situación o la imposibilidad de volver a "como eran las cosas antes". Puedo haberla obtenido de un juego, pero es algo por lo que trato de guiarme desde hace ya un buen tiempo. No creo que lo mejor sea un "borrón y cuenta nueva", ni creo que realmente pueda hacerse eso, puesto que todo cambia en el momento en el que hacemos las cosas. Si cometemos un error, el disculparnos no hará que haya dejado de cometerse incluso si se nos perdona, y el valor de esa acción, por más pequeña que haya sido, permanece de alguna manera. Con esto no trato de decir que el que perdona no olvida o que el perdonado nunca deja de sentirse mal, sino que estas cosas dejan marca de una u otra forma, y por más que mi ejemplo parta de algo negativo, la situación o la marca no tienen por qué serlo.

El punto, finalmente, no es regresar a lo anterior, no es comenzar de nuevo, sino vivir desde ese punto en adelante con lo que hemos hecho o con lo que ha pasado, adaptarnos. En el caso de los aciertos es un poco más fácil, mientras que en el de los errores se trata de aprender. Tal vez es una idea a la que vuelvo con demasiada regularidad, pero quizás ello solo significa lo importante que es.

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