martes, 27 de diciembre de 2011

Sólo amor


Fuente: http://th00.deviantart.net/fs71/PRE/f/2011/338/5/2/circulation_by_greno89-d4i7plf.jpg

First time you feel it it might make you sad
Next time you feel it it might make you mad

--The power of love, de Huey Lewis & The News


Un par de meses atrás se me ocurrió preguntarle a una amiga si alguna vez se había enamorado. La respuesta que me dio fue un tanto evasiva y terminó hablándome sobre "la química" en el amor, específicamente sobre la activación neuronal y las investigaciones que rodean aquella teoría. No sé hasta qué punto realmente piensa de esa manera o si intentaba cambiar el tema, pero me pareció una respuesta bastante anti-romántica (a pesar de coincidir con ella en algunos puntos), muy probablemente porque reducir la interacción entre personas a su más mínima expresión, al menos fuera de un ámbito científico, puede llevarnos a perder esa calidad de estupefacción característica de las relaciones humanas, especialmente si hablamos de amor.

La pregunta nació luego de que me pusiese a pensar en mis propias experiencias y de que me preguntase exactamente lo mismo: ¿Alguna vez me he enamorado? Desde chico siempre fui muy enamoradizo, me atraían mucho las chicas y buscaba su compañía a pesar de mostrarme demasiado tímido en su presencia. A los nueve años ya creía haberme enamorado, no podía dejar de pensar en una niña que iba conmigo y con otros compañeros en la camioneta que nos llevaba al colegio; la verdad es que nunca le hablé, hasta que me atreví a escribirle y darle un poema. Y es muy probable que debido a las consecuencias positivas de aquella acción, le haya escrito y regalado un poema a casi cada chica que alguna vez me ha gustado, claro que no siempre con los resultados esperados. Con la adolescencia llegaron los primeros rechazos y más adelante los mejores aciertos, hasta llegar al día de hoy y no poder dar respuesta a mi pregunta.

Tal vez deba responder primero qué considero que es el amor, pero ya antes intenté hacerlo y en lugar de hallar una conclusión olvidé por completo el asunto, además de que sé muy bien que no me haría las cosas más fáciles. Años antes puedo haber dicho "me he enamorado", pero pienso que decía la palabra muy libremente, sin haberle dado las vueltas suficientes; meses antes habría respondido que jamás me he enamorado, no por dejar de creer en la existencia del Amor (con mayúscula), sino por pensar que nunca lo había encontrado; y desde algunas semanas atrás comienzo a pensar que pude haber estado equivocado en ambos casos.

Mi primer error recaía en el hecho de obtener una mirada racional acerca de algo que pertenece al ámbito emocional (muy a pesar de que la razón también gobierne sobre los sentimientos). Pensar demasiado en las cosas es arriesgarse a perder la oportunidad de experimentarlas en su totalidad. Y el segundo error estaba en dejar pasar la oportunidad de conseguir el Amor al pensar que podría hallarlo en otro lugar. Es decir, el Amor pudo haber estado a pocos centímetros de mí y yo, por buscar con binoculares algo "mejor", pude haberlo ignorado o pasado por alto. Así, gracias a estos errores es que creo estar más cerca de poder responder a mi pregunta.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Algo, lo que sea

Fuente: http://fc07.deviantart.net/fs38/f/2008/314/1/1/a_helping_hand_by_poivre.jpg

So I put out my hand
And asked for some help

--Lifeline, de Papa Roach


Pensando otra vez en mis clases de Ética, me puse a ver un episodio de una de mis series de televisión favoritas, Seinfeld. El capítulo en cuestión (dividido en dos partes y, justamente, el último de toda la serie) muestra cómo los personajes son enjuiciados y luego encarcelados por haber presenciado un robo y no haber ayudado a impedirlo. Se relaciona con mis clases en tanto en éstas aprendí que, desde una perspectiva moral, saber que se está haciendo un mal y no hacer lo posible por ponerle fin convierte a uno en cómplice.

Hasta hace unas semanas pensaba que inmiscuirme en asuntos que no eran de mi incumbencia podía ser considerado un mal hábito, por eso elegía no interferir a menos que pidiesen mi opinión o mi ayuda (como decirle a otros cómo criar a sus hijos: post). Y ahora resulta que, en términos éticos, es prácticamente un deber el hacer algo cuando se presencia algún tipo de transgresión. Probablemente para muchos resulte como un hecho al que no hace falta darle vueltas; ver a alguien en problemas, incluso si es un extraño, debería ser suficiente para empujarnos a ayudar. Pero no todos nos regimos bajo una misma moral, por ello no analizamos este tipo de situaciones de la misma manera; y, en consecuencia, no nos sentimos ni actuamos igual.

Hasta cierto punto me alegra poder interferir y no sentirme mal al meterme donde no me han llamado. Creo que todos tenemos una mínima capacidad de ayudar a otros o de conseguir un cambio, sea mediante palabras o actos, así que no hay excusa para dejar de brindar socorro ni de poner en orden una situación que no debería estarse dando. Ahora bien, no planeo dar mi opinión si creo que puedo estar equivocado o si pienso que causaré más daño que alivio. Así, para casos como estos en los que nuestras habilidades y conocimientos se ven limitados, siempre existe la posibilidad de buscar a alguien que sepa más que nosotros o que pueda apoyarnos. La idea, en última instancia, es hacer algo.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Por eso estoy donde estoy


There it is now
The course for me to take

--Roads of thunder, de Shadow Gallery


Hoy recordé la primera clase que tuve de Ética y pensé particularmente en una pregunta sobre la que se nos pidió reflexionar: ¿Por qué estudiamos Psicología?

La razón que di dentro de mi grupo fue la verdadera, pero no es la única. Quizás por querer crear un ambiente agradable y a la vez buscar congraciarme con las chicas de mi grupo, conté la experiencia que me hizo considerar a la Psicología como carrera por primera vez (aunque no elegirla de por sí). Durante mi último año escolar tuve muchas dudas con respecto a lo que quería estudiar, tenía demasiados intereses y muchos caminos posible por tomar, pero estaba muy inclinado por la Literatura y el Periodismo. Sin embargo, añadí falsamente a esa lista la carrera que estudio actualmente debido a que la chica que me gustaba comentaba que ella la estudiaría; pensé que si simulaba tener gustos en común podría usarlos para hablar con ella y conocernos mejor. De cierta manera funcionó, pero lo que gané a cambio fue más de lo que esperaba. Al buscar temas de conversación recurrí a investigar sobre la Psicología y así descubrí que quizás no era una mala opción realmente considerarla una posible carrera. Entonces, si bien mi camino fue trazado por gustarme una chica, la decisión final de optar por Psicología nació de un auténtico interés por la carrera.

Como dije, esto fue lo que conté sólo a las chicas de mi grupo, y luego, desgraciadamente, el profesor pidió que cada agrupación diese un resumen de lo que cada integrante había dado como respuesta. Si bien la chica que habló por nosotros no lo hizo con mala intención, el mencionar pequeños detalles de mi historia desencadenó en, quizás, uno de los momentos más bochornosos por los que he pasado, pues toda la clase explotó de la risa, y el profesor no desaprovechó la oportunidad para hacer leves bromas a mis expensas. Terminada dicha clase comencé a pensar en una de las otras razones que ayudó en mi decisión sobre mi carrera, y me arrepentí de no haberla dicho. Por eso lo hago ahora.

Aquéllo que me empujó a estudiar Psicología (al menos una de las varias razones más) fue el querer ser un buen padre. Primero comenzó como un pensamiento nacido de la rebeldía, de querer ser mejor que mis propios padres, de no exponer a mis futuros hijos a las cosas por las que yo he pasado y que podrían haberse evitado. Pero tras años de reflexión, comprendí tres cosas. La primera, que justamente ese pensamiento, el querer algo mejor para otros, no se habría dado de no tener los padres que tuve y de no haber recibido el tipo de crianza por el que pasé. Tanto mi papá como mi mamá han tenido su cuota de equivocaciones, lo que me lleva a lo segundo que entendí: por más buenas que sean mis intenciones con respecto a la crianza de mis hijos, sé que también cometeré errores; tal vez no los mismos que mis padres, pero siempre habrá algo que no podré ver, algo que pasará desapercibido y que, posiblemente ante los ojos de mis hijos, será un desacierto.

Ambas ideas me llevan al tercer punto. Después de todo lo que llevo aprendiendo acerca de las personas, del desarrollo humano y, hasta cierto punto, de la crianza de niños y adolescentes, entiendo que con la Psicología las cosas serán aún más difíciles. Ser un padre ignorante no es perdón, pero el dejar de saber ciertas cosas hace que, precisamente, no se las tome en cuenta. Saber tanto, tener toda esta información, hace que me ponga a pensar que tal vez ponerla en práctica será bastante complicado; sé lo que pasará si tengo determinada postura con mis futuros hijos, sé lo que actuar de cierta forma puede ocasionarles; conozco acerca de los procesos por los que pasarán y por los que yo mismo pasaré. Así, de cierto modo, tengo una mejor visión de los posibles errores a cometer, pero el verlos no hace la tarea más fácil. En todo caso, me pone más nervioso.

Creo que es una reflexión mucho más profunda que "elegí Psicología por una chica". Esto último sólo demuestra cuán susceptible puedo llegar a ser cuando se trata de mujeres. Y existen varias otras razones que ayudaron en mi elección, como el deseo de ayudar a otros, la ambición de conocer mejor al ser humano y la intención de siempre mejorar como persona. Estoy seguro que el camino que transito es el mejor que pude haber elegido, y no tengo duda alguna de que seguiré encontrando razones ya no sólo para haber optado por él, sino también para seguir en él.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Disipando ilusiones


Step out of line and
I'll teach you how to fly

--Fly, de Blind Guardian


Muchas veces me he encontrado en situaciones que no he podido creer, no tanto por ser inverosímiles, sino porque no podía imaginarme siendo parte de ellas. Es curioso, pues casi siempre las he rehuido; pero cuando no ha sido este el caso, las veces que he decidido encararlas probablemente hayan sido las mejores y más provechosas experiencias que haya tenido. Me explico.

Movido por la timidez y el miedo, de chico me negaba a ponerme en circunstancias nuevas o que supusiesen cierta incomodidad; prefería lo cotidiano, lo conocido y a veces también hasta lo aburrido con tal de no enfrentar situaciones diferentes. Con los años esta actitud no cambió mucho, tan sólo pasé a agregar más razones para no lidiar con aquéllas, aunque nada de esto evitó que ocasionalmente me viese expuesto a ellas. Un recurso que utilizaba muy a menudo era imaginarme a mí mismo siendo parte de aquello de lo que buscaba huir, intentaba verme en la situación, pensar en qué acciones llevaría a cabo y con quiénes interactuaría; si no tenía la más leve sensación de que encajaría, de que me desenvolvería adecuadamente, simplemente descartaba la noción de asistir adonde fuese que debía ir o de realizar lo que tenía que hacer.

Mi forma de ver las cosas cambió muchísimo (aunque no del todo) gracias al ejemplo que fue una gran amiga que conocí durante mi primer año en la universidad, quien sin intención me ayudó a encontrarle el lado dulce a lo desconocido y a lo incómodo. Recuerdo un acontecimiento en especial, quizás el más significativo. Decidimos (y con esto me refiero a que ella decidió y yo acaté) comer y beber algo que ninguno de los dos hubiese probado antes. Fue una experiencia relativamente simple a primera vista, pero me hizo comenzar a notar que no hay nada de malo en arriesgarse de vez en cuando. Hubo muchas otras situaciones como esta, unas más osadas y otras no tanto, pero en definitiva todas llevaban el mismo mensaje: a veces un poco de espontaneidad y cero planificación pueden crear la atmósfera perfecta para pasar un buen momento.

Mi error parece haber recaído en tratar de obtener control por medio de una imagen a futuro, imagen que no necesariamente era real. Y en base a ésta es que tomaba la decisión de hacer o no algo; en base a una ilusión determinaba el camino que seguiría, por ello siento que me he perdido de muchas vivencias valiosas. Incluso hoy me veo cometiendo errores de similar naturaleza, tal vez en menor medida, pero errores al fin y al cabo, a pesar de ya haberme encontrado en situaciones que en un inició preví como inverosímiles y que luego describí como enriquecedoras. Es un hecho un tanto contradictorio el temer algo que reconozco como positivo, pero creo que cada día me voy acercando más a resolver esta paradoja. Después de todo, este blog no sería lo que es sin nuevas experiencias.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

"Hello, my baby; hello, my honey"


I left myself behind somewhere along the way
Hopin' to come back around to find myself someday

--Let me be myself, de 3 Doors Down


Hace unos días hice un corto viaje de vuelta a mi infancia al ver nuevamente a un enigmático personaje de dibujos animados, quizás no tan famoso como Bugs Bunny o el Pato Lucas, pero aún así difícil de no recordar. Me refiero a Michigan J. Rana, cuyo nombre jamás supe (o al que jamás presté atención), hasta el domingo pasado.

Aquél personaje es reconocido por su asombrosa capacidad para el canto, aunque sólo la persona que lo descubre es testigo de ella, pues al intentar ésta aprovecharse del talento de Michigan y mostrarlo a otros con el afán de ganar dinero, la rana actúa de manera "normal" y acaba con cualquier posibilidad de ser explotado. El mensaje que guardan estos episodios nos dice que, en un mundo ideal, quienes intenten beneficiarse a costa de los demás no saldrán adelante. Tal vez en el mundo real las cosas sean un tanto distintas, y en sentido estrictamente concreto hay muchos ejemplos de cómo la explotación puede derivar en ganancia e ir acompañada de impunidad. No obstante, el mensaje puede tomarse en un sentido más metafórico, desde el punto de vista de la Psicología Positiva: aquellos que lucran a costa de otros jamás serán felices. Pero era sobre otra cosa de lo que quería hablar.

La otra idea que rescaté de Michigan (y que muy probablemente no fue algo que sus creadores tenían como intención transmitir) fue algo que he notado en muchas personas desde que era pequeño; una noción que, siendo totalmente honesto, considero que no tiene completa relación con la famosa rana. Alguna vez escribí en este blog sobre cómo muchos de mis amigos cambiaban el trato que tenían conmigo dependiendo de si nos encontrábamos solos o acompañados. En el primer caso solía haber mucha confianza, un intercambio mutuo de apoyo y un sentido de camaradería. Pero ni bien uno o más amigos se nos unían, comenzaba a aflorar cierta actitud de competitividad, de quedar mejor a expensas de otros. Ahora bien, cuando escribí sobre esto, creo haber tenido una visión un tanto negativa al respecto, más que nada por ser yo a quien tomaban de punto. Y aunque nunca realmente me molestó de sobremanera tal asunto, sí me molestaba el cambio de actitud.

Analizándolo bien, yo también he tenido estos cambios de comportamiento (y sigo teniéndolos), y creo entender hasta cierto punto su función. A veces soy como Michigan en tanto me vuelvo como una rana callada, prácticamente inerte y aburrida; y otras en tanto saco a relucir una personalidad casi opuesta, me vuelvo divertido, gracioso y alegre. Esto no significa que tenga un trastorno Bipolar, es "simplemente" una conducta adaptativa propia de todo ser humano; es decir, todos, hasta cierto punto, podemos llegar a ser como Michigan. No quiero hacer el post más largo de lo que ya es, así que sólo diré lo siguiente: actuar de manera diferente según la ocasión es lo que nos permite adecuarnos a situaciones nuevas, o a relajarnos y ser nosotros mismos con las que nos son conocidas, por dar un par de ejemplos. Seguramente Michigan lo sabe mejor que yo.

martes, 8 de noviembre de 2011

En su lugar


Can I suggest that you invest in something more than hopelessness?
Before you know, the ride is over

--In my life, de The Rasmus


C: ¿En qué piensas?
D: Hace un tiempo me di cuenta de lo poco que conozco a personas que veo y con quienes me cruzo casi a diario desde hace ya unos años. Saber sus nombres y manejar un poco de información sobre ellas no implica que las conozca; no sé de sus historias, no tengo idea de sus gustos, intereses, metas ni sueños; ignoro por completo cuáles podrán ser sus miedos o qué los pondrá tristes.
C: Ya tienes amigos a quienes conoces muy bien, ¿por qué querrías conocer al resto?
D: Dejaré tu pregunta para otro momento. Con respecto a mis amigos, pues, justo en base a ellos es que nació el pensamiento anterior. ¿Hasta qué punto puedo decir que los conozco?
C: ...
D: Luego de reflexionar a partir de aquel pensamiento, quise darle un cambio a mi forma de ver a las personas que considero cercanas, particularmente a mis amigos; quise averiguar un poco más sobre sus vidas, interesarme por ellos, es por eso que empecé a hacerles preguntas sobre todo aquello que creía que podría darme una mejor luz sobre quiénes eran.
C: ¿Funcionó?
D: Pensaba que sí, hasta ayer lo creí así. Pero uno de ellos dijo algo que me hizo cambiar de parecer.
C: ¿Qué dijo?
D: Que con mis preguntas y sus respectivas respuestas iba armando una imagen de ellos, imagen que no necesariamente les podía corresponder, y que en base a ella pretendía entenderlos. Fallidamente, agregaba.
C: ¡Absurdo! Según tú lo que quieres es conocerlos, no entenderlos.
D: Eso pensaba, pero ¿conocer a alguien, realmente saber sobre una persona, no implica llegar a entenderla hasta cierto punto?
C: No lo creo.
D: Yo no estoy tan seguro. Todo este asunto me hace ver que pude haber estado haciendo las preguntas equivocadas. O peor aún, el hacer preguntas podría ser en sí una equivocación. Tal vez la mejor manera de conocer a alguien no es por medio de preguntas y respuestas, sino a través de actos; tal vez el quid de la amistad yace en las experiencias compartidas. Quizás se trate de un poco de todo. La verdad es que ya no lo sé.
C: Te complicas la vida por gusto.
D: Puede que tengas razón, pero me parece importante pensar en eso.
C: ¿Puedo darte un consejo?
D: Dale.
C: Antes de pedir conocer al resto, tómate un tiempo para conocerte a ti mismo y para darte a conocer a los demás. No se tú, pero me parece más importante pensar en esto que devanarte los sesos debatiendo contigo mismo sobre el significado de la amistad y la esencia del conocimiento.
D: Pero...
C: Eso es todo. Ahora anda a vivir y luego me cuentas.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Polo positivo


And this bitter earth
May not
Be so bitter after all

--This bitter earth, de Dinah Washington


Desde que elegí estudiar la carrera de Psicología me fui preguntando qué exactamente me atraía de ella, qué planeaba hacer con mi vida en base a ella, de qué me ocuparía luego de terminar mis estudios y, principalmente, según cuál corriente guiaría mi quehacer profesional. Por mucho tiempo me fui difícil dar respuesta a cualquiera de estas preguntas, no tanto por una cuestión de ignorancia sino más que nada por la enorme cantidad de opciones y por los variados gustos que tengo. Desde hace un tiempo, sin embargo, creo haber encontrado parte de lo que buscaba.

Casi a finales del año pasado, como parte de un curso llamado Motivación y Emoción, dimos una pequeña mirada a la Psicología Positiva (PP), una vertiente de la Psicología Humanista que tiene poco más de una década de existencia y ya muchos adeptos. Los temas que vimos con relación a aquélla me llamaron mucho la atención, particularmente porque ya me inclinaba mucho por la segunda, como tal vez algunos hayan podido identificar en base a ciertas cosas que llevo escribiendo aquí. Recién a inicios de este año decidí investigar más sobre la PP, comencé a revisar estudios y teorías, y a descubrir un poco más de los temas asociados a ella, tales como la esperanza, el optimismo y, especialmente, la felicidad. No por nada algunos llaman a la PP la Psicología de la felicidad.

Resumiéndola muchísimo, el enfoque de la PP se centra en las fortalezas de las personas, en que cada individuo identifique aquello en lo que es mejor y que lo hace sentir bien de tal manera que pueda utilizarlo para desarrollarse como ser humano. Muchos de los libros que he leído hacen la comparación con los trastornos psicológicos en tanto los psicólogos, a lo largo de los años, se han concentrado en aliviar los problemas, ayudar a pasar de un estado negativo a uno basal, neutro; la PP buscaría llevar las cosas un poco más lejos, pasar de la neutralidad a lo positivo, hacer mejor a las personas, no solo aliviarlas. Eso es justamente lo que me atrae tanto, la posibilidad de ayudar a los demás por medio de la motivación, a través de sus propias virtudes, promover lo bueno que cada uno ya lleva en sí.

Definitivamente tiene una visión muy optimista del mundo, y aunque su enfoque es lo positivo en las personas, no niega los problemas que éstas puedan tener. En lo que va del año me he nutrido con mucho de lo que hay por saber acerca de la PP, es por eso que digo estar seguro de querer inclinarme hacia ella y su estudio, incluso si es una corriente relativamente nueva y aún con mucho por explicar. Tal vez sea también por esto que me gusta tanto. La principal razón de mi elección, no obstante, nace de mi identificación con ella, de optar por una mirada optimista por encima de todo (como muchos de mis posts atestiguan), aunque claro, sin dejar de lado el muy necesitado realismo.

viernes, 28 de octubre de 2011

Los caminos que no tomé


He said life's a lot to think about sometimes
When you keep it all between the lines

--The road I'm on, de 3 Doors Down


Ayer, mientras montaba bicicleta por rutas nuevas, descubrí una calle que a simple vista no difería de ninguna otra, no tenía nada de especial. Sin embargo, conforme fui avanzando por ella fui teniendo una sensación extraña, muy parecido a un deja-vu en tanto creía ya haber vivido ese momento, aunque la experiencia se acercaba más a la idea de haber pasado por ese lugar antes, muchos años atrás. De alguna manera me hizo pensar en algo que llevo deseando durante la mitad de mi vida, y hasta probablemente desde antes.

Muchas veces he querido enormemente poner un alto a mi vida y volver a vivirla desde el comienzo, aunque con todo el conocimiento que tengo en este momento. Siempre que lo pensaba nacía de un afán por resolver problemas, revivir experiencias agradables y tomar caminos nuevos, pero ayer vi esta idea de una forma totalmente inédita, me puse a pensar en algo que no había cruzado por mi cabeza nunca. Cambiar el pasado evidentemente alterará el futuro, pero nunca imaginé un escenario en el que dejaría de vivir lo bueno, lo divertido y lo que mayor felicidad pudo traerme. Siempre se trató de obviar lo negativo, nunca de saltarme lo positivo.

Lo complicado viene a continuación. Sé que con cambios en el pasado nuevas experiencias (buenas y malas) llegarán a futuro, ¿pero cómo me sentiré al compararlas con las que ya tuve? He ahí el punto al que quería llegar. Dado que la vida es lineal, cada una de nuestras decisiones nos llevan por un camino y no por otro, de tal manera que no podemos probar cada opción, debemos quedarnos sólo con una alternativa y vivir con ella. Entonces, así tratemos de imaginar qué hubiese pasado de haberse dado la otra situación, nunca lo sabremos y tendremos que contentarnos con lo que nos tocó (o, en todo caso, con lo que elegimos que nos toque). Pero si se da la oportunidad de volver a elegir, y optamos por lo que dejamos de lado la primera vez, compararemos ambas experiencias y le daremos mayor valor a una. Y así, en el mejor de los casos, la otra perderá significado; en el peor, nuestro arrepentimiento ante la nueva elección será increíblemente mayor, puesto que sabremos exactamente lo que nos perdimos.

La idea anterior la asocié mucho con las personas que he conocido a lo largo de mi vida y que la han marcado de cierta manera; sin ellas no sería quien soy hoy. Ya antes había escrito lo esencialmente importantes que considero a mis amigos, así que llegué a la conclusión de que rehacer mi vida no vale la pena si existe la más mínima posibilidad de arriesgar una amistad. Siempre aparece el argumento de que conoceré a otras personas igualmente valiosas, pero siguiendo con mi planteamiento anterior, vivir sabiendo a quiénes dejé de conocer es un peso que definitivamente no me atrevo a cargar.

Por todo ello decidí deshacerme del viejo deseo del que llevo hablando. Principalmente por mis amigos, pero también por algo que debí haber notado mucho antes: hasta el momento he tenido una vida muy gratificante y feliz; y con la medida adecuada de desazones, sí, pero nada que no haya podido enfrentar. Así que no veo la necesidad de cambiar nada.

lunes, 24 de octubre de 2011

Mensajes para el futuro


A year has passed
Since I wrote my note
I Should have known
This right from the start

--Message in a bottle, de The Police


Hace cuatro años conversaba con unos amigos sobre cómo los problemas por los que pasaba en ese entonces posiblemente no me afectarían de la misma manera pasado un buen tiempo, que los años acabarían por menguar los sentimientos de frustración y pesar. A modo de experimento decidí escribir una carta detallando las dificultades que me aquejaban, cómo me sentía, cómo creía que podría resolverlas y cosas por el estilo, y la  guardé en mi correo electrónico tras realizar un configuración que me permitiría recibirla tres meses más tarde. Y luego de ese tiempo, luego de haberme olvidado por completo de su existencia, llegó a mi bandeja de entrada; y pude comprobar lo que decía líneas más arriba.

Desde entonces decidí mandarme más mensajes, ya no sólo con lo negativo en mi vida, sino también con todo lo bueno que me iba ocurriendo. Algunos llegaban semanas después, otros unos meses más tarde, y muy pocos han tardado años. Con cada una de esas cartas he podido revivir parte de mi pasado en la medida en que mis descripciones me lo permitían; a más detalles, más emociones me suscitaba y más cerca me encontraba de lo vivido en ese entonces. Pero, principalmente, me ayudaban a reflexionar acerca de lo ocurrido, cómo realmente pude poner fin a determinados problemas o qué sucedió exactamente para que ciertas alegrías se esfumasen.

Muchas veces pasó por mi cabeza lo tonto que podía parecer escribir tales cosas, más que nada por pensar que podía estarme aferrando demasiado al pasado. Incluso hasta el día de hoy lo pienso ocasionalmente. Pero siempre me hace bien refutar tales ideas argumentando que en realidad no estoy viviendo en el pasado, sino que lo utilizo como guía para sobrellevar el presente y tener una mejor visión de lo que quiero a futuro. Quedarse atorado en los recuerdos, paralizarse en el "que hubiese pasado sí...", eso sí es improductivo y hasta fatal, el camino directo a desarrollar inseguridades y dudar de cada decisión (en otro post explico esto último un tanto mejor).

Todo este tema vino a mi cabeza tras haber recibido hoy otra de esas estupendas cartas, una de las primeras que escribí. Sin duda me puso algo nostálgico y triste, pero como suele pasar bastante seguido en mi vida, no pudo haber llegado en un momento más preciso que este. Si bien no estoy pasando por el mismo problema de ese entonces, me ayuda de sobremanera a recordar que algunas cosas no podemos dejarlas a la suerte o esperar que el tiempo elija su curso. Mi 'yo' del pasado lo supo especialmente bien, y me alegra que haya querido compartirlo conmigo ahora.

sábado, 22 de octubre de 2011

La novedad en lo cotidiano


A new image in your grasp
Focus getting clearer
Seize the moment, take it in

--Above the grass pt. II, de Frameshift


Dos días atrás, mientras revolvía la refrigeradora de mi casa en busca de algo rico para comer, recordé una de las tantas enseñanzas tácitas que recogí de una vieja amistad. No es coincidencia que dicha enseñanza hubiese tenido su inicio también en mi cocina, hace algunos años.

Recuerdo que acabábamos de preparar té y nos dirigíamos a la mesa de la cocina, pero esta amiga tuvo la idea de sentarse en el suelo en lugar de utilizar las sillas, y me convenció de acompañarla. No le pregunté por qué quiso tomar asiento ahí, realmente no me incomodaba y no era la primera vez que me cruzaba con alguno de sus inusuales comportamientos, así que dejé pasar el evento como otra de sus ocurrencias. Hasta que sucedió varias veces más, aunque en oportunidades y sitios diferentes: solía ocupar lugares no necesariamente reconocidos por su comodidad ni hechos para sentarse, y se perdía en quién sabe qué pensamientos luego de hacerlo, como si alcanzase algo muchísimo más valioso que un asiento. Y nunca averigüé qué intentaba conseguir con esto, por muchas razones preferí no indagar.

Con el tiempo fui tratando de encontrarle una explicación, y poco antes de perder comunicación con ella creí dar con una respuesta, más mía que suya. El hecho de sentarse en pleno pasadizo, de echarse en el piso o de recostarse sobre mostradores sin un propósito evidente (por mencionar algunos ejemplos), pudo haber sido la manera en que pretendía darle sentido a las cosas, de obtener una perspectiva diferente de ellas (literal y figuradamente). Como digo, no sé si realmente fuese así, pero me decidí a probarlo por mí mismo. Y hasta cierto punto dio resultado.

Mirar algo cotidiano desde un punto o posición nueva puede ser más provechoso de lo que se cree. Cada vez que necesito darle vueltas a un asunto importante de mi vida suelo hacer tres cosas, montar bicicleta, salir a caminar o tomar asiento en el lugar menos esperado. La tercera opción siempre suele ser mi primera. Y ese día, luego de sacar un yogurt de la refrigeradora, tomé asiento junto a uno de los aparadores y pude dar por resuelto uno de los dilemas más complicados que he tenido en un buen tiempo. Unos minutos en el suelo bastaron para conseguir una nueva mirada.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Silencios que se dejan escuchar


I'm standing at a crossroad
I don't know what to do

--Silence from angels above, de Circus Maximus


Hoy tuve una experiencia bastante singular mientras iba en carro por la Costa Verde. En un principio no me percaté de lo que sucedía por andar metido en mis propios pensamientos, pero luego fui notándolo poco a poco hasta por fin entender de qué se trataba: un silencio sobrenatural.

Es difícil de explicar. Si bien se oía el motor del carro, el resto estaba en silencio. No oía el lejano rugir de las olas ni el sonido de los autos que pasaban a mi lado; tampoco podía percibir los silbidos del viento a pesar de tener la ventana abierta. No supe cómo sentirme, literalmente. La situación me parecía demasiado extraña, y a la vez encontraba cierta paz en la falta de sonidos; me ponía un poco nervioso pero la disfrutaba. Todo esto me hizo pensar inmediatamente en dos cosas. La primera, un capítulo de la serie de ciencia-ficción "Los Expedientes Secretos X" en el cual uno de los protagonistas le pidió a una supuesta genio por la paz mundial, y aquélla cumplió su deseo al hacer desaparecer a todos los seres humanos. Tuve una sensación como ésta, como si me encontraba totalmente solo en el mundo. Creo que puede ser una noción sosegadora por un lado, y perturbadora por otro.

Lo segundo en que pensé fue el cuento corto de E. M. Forster "La máquina se detiene". En él se detalla un mundo futurista donde las personas se han vuelto dependientes de una máquina que controla todo su quehacer cotidiano, e incluso ha pasado a reemplazar la interacción social por una de tipo virtual (valga decir que fue escrito en el año 1909, así que el autor bien podría haberse referido a un mundo no muy diferente del nuestro). El punto es que llega un momento en que la máquina se detiene, deja de funcionar, y el zumbido que emitía y al que todos los seres humanos se habían acostumbrado cesa por completo, lo cual ocasiona la muerte instantánea de miles de personas y una desorientación abrumadora en muchas otras. Mi caso fue muy diferente. Para empezar, no morí, y me percaté del silencio de manera más gradual.

No creo haberme vuelto loco o momentáneamente sordo. Al contrario, creo haber tenido una experiencia bastante enriquecedora, aunque inmensamente misteriosa y algo inquietante. Como dije, en ese momento no supe cómo sentirme, pues todavía me costaba entender lo que sucedía, pero ahora, tras darle un par de vueltas, entiendo lo que puedo sacar de ella. Tal vez he estado tan acostumbrado al ruido que un poco de silencio me hizo perder el equilibrio por unos minutos, o quizás sea la vida que de manera indirecta pide que me dé un tiempo a solas conmigo mismo para pensar en muchas de las cosas sobre las que me hace falta meditar.

jueves, 6 de octubre de 2011

Ideación musical


Say it might have been a fiddle or it could have been the wind
But there seems to be a beat now, I can feel it in my feet now
Listen here it comes!

--The music never stopped, de The Grateful Dead


Revisando de manera más minuciosa la lista de canciones que tengo en mi computadora y comparando las letras de varias de ellas (especialmente las de mis grupos favoritos) con ideas que suelo tener, comencé a notar un patrón muy curioso. Reservo en mi vida un espacio bastante grande para la música, pues no pasa un solo día sin que me dé un tiempo para escucharla, pero empiezo a pensar que influye en mí de manera mucho mayor a lo que suponía. Descubrí que gran parte de mis ideas, de la forma en que veo y encaro el mundo, es en base a las letras de aquéllas canciones. 

Considerando que muchas de las cosas sobre las que escribo se remontan a pensamientos o vivencias que  tuve durante la adolescencia, entiendo cómo la música pudo haber tenido un rol especialmente importante en la conformación de mis ideas, y me alegra muchísimo no haber sentido afinidad por géneros musicales demasiado sombríos o extravagantes. Algunos podrían refutar esto último, pues soy amante del métal, particularmente de los subgéneros "power" y "progresivo", y es de ahí de donde viene gran parte de mi filosofía de vida. Sin embargo, como me gusta remarcar, no todas las canciones de métal gozan de letras fantásticas o sonidos estruendosos, también las hay tranquilas, motivadoras, profundas y que, en últimas instancia, guardan significados importantes. Además, no me quedo sólo con este género, me apasionan muchísimos otros.

Ahora bien, no sé en qué medida pueda estimarse como buena noticia el que haya sido influido de manera tan fuerte por la temática de la música que escucho. Hace varios años, durante una de mis clases en el colegio, escuché decir a un profesor que no había forma de crear algo de la nada, que lo nuevo no sería sino el préstamo de varias otras cosas. Así, incluso las ideas más fantásticas deberían su nacimiento al conjunto de otras ideas, no necesariamente relacionadas entre sí, y no tomadas prestadas en su totalidad. El mejor ejemplo que se me ocurre en este momento es la representación prototípica de los extraterrestres, seres verdes de mediano tamaño, delgados, con tres o cuatro dedos, con una cabeza proporcionalmente más grande que su cuerpo y grandes ojos negros. Esta imagen no sería más que varios conceptos unidos que nos ayudarían a darnos una noción de lo que es un alienígena, conceptos que conocemos y que usamos para armar algo que nunca hemos visto. No sé si me explico. Y, en todo caso, me desvié un poco.

Así creo ver mi filosofía de vida, un conjunto de letras de canciones favoritas que guardan cierta relación entre ellas y que, sumadas a otros muchos aspectos de experiencias pasadas que no involucran música, se imbuyen de sentido. Y, por supuesto, no son malas noticias en modo alguno. En todo caso, consigo ver y reafirmar lo que siempre he sabido, que soy un melomaniaco.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Yo (también) estuve aquí


Empty pockets tell the stories

--Broken hearts, torn up letters and the story of a lonely girl, de Lostprophets


La semana pasada, mi abuela visitó el antiguo edificio en el cual vivíamos y del que nos mudamos un año y medio atrás. Allí encontró una carta que había sido enviada dos años antes a esa misma dirección, pero cuyo destinatario no era mi abuela, sino muy posiblemente el anterior dueño del departamento. Al no tener información sobre la persona, decidió abrir el sobre en busca de datos que le pudiesen ayudar a localizarla, pero no halló nada escrito dentro de él. En lugar de eso, había cerca de una decena de fotos de un bebé que no podía tener más de cuatro o cinco meses de nacido. Este incidente me dejó pensando en varias cosas, pero principalmente me hizo recordar una situación medianamente similar que ocurrió a comienzos del 2009.

En ese entonces estaba viviendo en Estados Unidos con un grupo de amigos como parte de un programa de trabajo de verano para estudiantes universitarios, y la situación en cuestión fue consecuencia de un evento acontecido un par de meses antes. Uno de mis amigos creía haber perdido su pasaporte, y tras muchos minutos de angustia y de búsqueda desesperada, notamos que se hallaba en un compartimiento en la base del mueble donde guardaba su ropa. Al colocarlo en una de las gavetas, debió haberse deslizado por las ranuras y caído al fondo. Sacamos el cajón y lo recuperamos. Y varias semanas más tarde, impulsados por la curiosidad (y más que nada el aburrimiento), decidimos investigar si podíamos encontrar algo más ahí dentro. Sólo encontramos un papel roto en varios pedazos, ante lo cual mis amigos perdieron el interés. Pero yo no.

Reuní todos los pedazos y fui colocándolos de acuerdo a como notaba que iban encajando, hasta entender que se trataba de una carta. Apenas terminé de armarla no pude resistirme y comencé a leerla. Había sido escrita en el 2004 por una mujer que decía haber viajado por todo el país con la esperanza de reencontrarse con el hombre a quien amaba, el destinatario, y le pedía una segunda oportunidad. Esto me dejó con la cabeza llena de preguntas: ¿Por qué rompió la carta? ¿Era una copia de borrador? ¿Qué hacía perdida debajo de un mueble en un hotel de carretera en Pensilvania? ¿Se habrían llegado a ver? ¿El hombre le habría dado otra oportunidad? No esperaba obtener respuesta.

Lo mismo me sucedió con las fotos del bebé; tanto ahora como entonces, me quedo con muchas incógnitas. Sin embargo, lo que más perdura es la sorpresa que me da el sentirme involucrado de cierta manera en la vida de estas personas a pesar de no tener idea de quiénes son. Antes de ver las fotos o de leer la carta, podían haber seguido viviendo y yo probablemente jamás habría reparado en su existencia, lo que proporciona una imagen estupenda de lo enorme que es el mundo y las miles de historias que ocurren a nuestro alrededor en todo momento. O que incluso pudieron haber ocurrido años antes en el mismísimo lugar donde nos encontramos parados y de las cuales nosotros no tenemos idea.

lunes, 19 de septiembre de 2011

La vida en plural


Finding true life's essence
Uniqueness of our kind

--Search for life, de Pagan's Mind


Hace poco estuve dándole una segunda y rápida leída al libro de Erich Fromm, El arte de amar, y me topé con una frase sobre la que ya había reparado antes, aunque no por ello exenta de nuevas interpretaciones. Luego de ya un buen tiempo y de varias experiencias de por medio, esta segunda mirada me ayudó a encontrar una idea diferente, ligada a un viejo post y a muchas ideas similares sobre las que ya he escrito aquí antes. La frase en cuestión es la siguiente: "¿Qué le da una persona a otra? Da de sí mismo, de lo más precioso que tiene, da de su vida". Fromm lo desarrolla aún más, pero para mí esto ya es suficiente.

En una de mis clases de Psicología Social hablábamos de cómo las vivencias de uno pasan a formar parte de de las de otra persona tan solo por el mero hecho de mencionarlas, esto como parte de un fenómeno psicológico. Se dio un ejemplo en el cual la profesora acababa de ser asaltada y cómo al contarnos lo sucedido su experiencia pasaba a formar parte de la nuestra; no la teníamos de manera directa, pero aún así la hacíamos nuestra: podíamos asustarnos con lo contado y sentirnos ansiosos de encontrarnos en una situación similar en el futuro; o percibir a la profesora desde ese momento en adelante como una víctima; o guardar el recuerdo de esa anécdota y mencionarla en una conversación con otras personas sobre el crimen en la capital; etc.

Todo ello me ayudó a ver de manera más profunda cómo los actos y palabras de otros pueden tener un impacto en nosotros incluso si son aparentemente intrascendentes. La más pequeña de las ideas puede rodar cuesta abajo cual bola de nieve e ir creciendo en nuestra mente, aun si de manera consciente no reparamos en ella, y volverse el punto de referencia que utilizamos para desenvolvernos en un ámbito particular. Volviendo al ejemplo anterior, saber que en un determinado lugar asaltan, influirá en mi nivel de alerta cuando lo transite, sin siquiera haber experimentado de primera mano un asalto ahí. Vale decir que en realidad todo ello es bastante relativo, y la fuerza de tal influencia dependerá del significado que cada uno le otorgue al conocimiento adquirido; pero no hay duda de que existe cierto conocimiento.

¿Cómo se liga la frase de El arte de amar con lo que llevo diciendo?

Pues bien, si una persona da a otra de su vida, no hace falta mayor explicación. Si el solo estar ya influye en otros, vemos lo importante que es cada pensamiento, palabra y acto, y cómo cada uno puede afectar la vida de personas que ni conocemos, personas con las que nunca hemos hablado o que jamás hemos visto. La buena o mala noticia (según quiera verse) es que siempre seremos influidos por los demás. Pero lo definitivamente positivo es que tenemos la capacidad de pensar críticamente sobre lo que vamos asimilando del mundo y de quienes nos rodean (al menos en parte), así que podemos elegir cómo queremos usar eso que vamos aprendiendo. El resto está fuera de nuestro control, pero no por ello debe asustarnos.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Actor o espectador


But if you really want to live
Why not try and make yourself

--Make yourself, de Incubus


Hace un par de días acepté al fin que tengo un problema; luego de casi un mes mirándolo de reojo, simulando que no estaba ahí y hasta dándome excusas de por qué todo andaba como de costumbre, entendí que no se iría si yo mismo no me proponía confirmar su presencia y buscar la manera de solucionarlo. Siento que estoy cayendo en una etapa depresiva de mi vida.

Creo que puedo dar muchas razones o encontrarle muchos puntos de origen a mi problema, lo cual no parece ayudar mucho si lo que busco es sentirme mejor, pero ese suele ser el primer paso, identificar las causas y después pasar a resolver las cosas. ¿Pero qué sucede cuando no se tiene control directo sobre lo que origina un problema? En estos días recuerdo haber escuchado la frase "¿qué parte de nuestras vidas está realmente bajo nuestro control?" y haber experimentado cierta desesperanza, más que nada por el hecho de sentir que estoy perdiendo una lucha que creía haber ganado antes. Esto, por supuesto, es el lado negativo de las cosas.

Por momentos le doy vueltas a esta idea de querer romper con esquemas que he armado de mí mismo, más que nada comportamientos defectuosos que ocasionalmente termino por obligarme a aceptar como parte de lo que soy; me digo que cambiaré, que seré mejor, que haré tal o cual cosa de otra manera, que haré más de esto o menos de aquéllo. Pero es solo una idea, y no dura mucho. Esto me lleva a recordar una clase durante mi segundo ciclo en la universidad, en la cual la profesora nos preguntaba cómo podíamos hacer que las personas cambiasen su forma de pensar por un tiempo prolongado. Nos puso un ejemplo con el que me sentí identificado, cómo las personas solemos sentirnos motivados a cambiar o a hacer algo tras leer un libro, ver una película o escuchar una charla y que ponemos en marcha dicho propósito, pero que a los pocos días (e incluso horas) perdemos interés. ¿Cómo cambiar eso? ¿Cómo potenciar o mantener la energía y la motivación de cambio? Si bien tengo algunas respuestas, en especial gracias a unas muy fructíferas clases de psicología, no hace falta decir lo difícil que es ponerlas en práctica. Este también es el lado negativo del asunto.

Pero, como me gusta decir, "siempre hay algo positivo en toda situación". Definitivamente el negar las cosas sólo dará como resultado una manifestación más fuerte a largo plazo, y eso es lo que creo que ha sucedido. Simular que no había problema lo ha hecho ahora más difícil de encarar, pero si bien hay algunas cosas que no tienen solución, tengo por seguro que ésta no es una de ellas. En primer lugar, creo que toda persona tiene control sobre su vida, algunos en mayor o menor medida, pero lo tienen. Y esto es de por sí suficiente para ver que tal vez no podamos cambiar una situación en nuestra condición actual, pero sí podemos cambiar nosotros y conseguir el estado que se necesite para lograr aquéllo. Y en segundo lugar, pienso que depende de cada uno cuánto realmente quiere ese cambio. Pero, principalmente, se debe saber qué se quiere, cuál es la meta.

A mí todavía me falta definir la meta en lo que respecta a este problema; sé lo que tengo que hacer y de a pocos estoy incorporándolo en el día a día, pero aún hay preguntas por responder y decisiones que tomar, lo que básicamente evita que pueda determinar hacia adónde ir. Es complicado de explicar con los pocos detalles que he dado, pero sería como decir que sé cómo llegar y que estoy dando los pasos necesarios para alcanzarla, pero no tengo una idea definitiva de la meta. Casi suena como si no supiese lo que estoy haciendo, y por ratos realmente siento eso, siento que he tomado malas decisiones y que ahora estoy pagando las consecuencias. Pero en el fondo sé que podría estar muchísimo peor y que está en mi la única decisión que vale, la decisión de hacer algo, cambiar las cosas. Y ya la he tomado.

viernes, 12 de agosto de 2011

Fuera de la zona de comodidad


So I think I got it all in place now
No distractions, under control

--Higher place, de Journey


Estos últimos dos días he tenido experiencias muy diferentes a las que usualmente tengo, un poco porque se dio la oportunidad y otro poco porque me atreví a tenerlas. Hace dos meses me inscribí a un congreso sobre terapias a través del arte, el cual está teniendo lugar de jueves a sábado, sólo que en lugar de estar conformado por conferencias y exposiciones, la mayoría de actividades son talleres, por lo que los asistentes tenemos la posibilidad de pasar por la terapia nosotros mismos. Semanas atrás elegí aquellos que parecían ser interesantes y uno en particular con el que buscaba ponerme a prueba, pues consistía en ejercicios que por lo general evito hacer. De eso quería hablar en este post, sobre esa experiencia tan diferente.

Mi primera impresión vino acompañada por una sorpresa, pues salí de casa sin el folleto donde aparecía la información sobre el taller al que estaba asistiendo en ese momento; sabía dónde era, pero no tenía idea de lo que me esperaba. Cuando entré al aula, lo primero que vi fue varios cojines dispuestos en un círculo alrededor de incienso, florecillas y pequeñas piedras, por lo que inmediatamente pensé "definitivamente me he equivocado de lugar", pero una vez que vi el letrero con el número del salón, entré con postura derrotada y tomé asiento en en uno de los cojines. Mientras la gente iba llegando, noté dos cosas. La primera, que las dos mujeres que presidirían la sesión hablaban en voz baja y constantemente me miraban, lo cual me llevó a notar la segunda cosa: no había ni un solo hombre además de mí. En cualquier otra circunstancia, podría haber tomado esto con cierta satisfacción, pero en ese momento comenzaba a pensar lo avergonzado que me sentiría si resultaba que el taller estaba dirigido únicamente para mujeres. Felizmente entró otro hombre, un señor mayor, y pude sentirme más tranquilo, aunque todavía sin tener una pista de lo que vendría luego.

La sesión se inicio como las demás, cada uno iba presentándose diciendo su nombre, su país de procedencia, su trabajo, gustos y demás. Luego hubo una pequeña introducción sobre el Budismo y cómo se pensaban utilizar algunas de las enseñanzas en la terapia de ese día. Esta parte me gustó muchísimo, pues me sentía identificado con ciertas ideas que, casi con seguridad, escribiré aquí en otro momento. Pero luego vino lo que ya me venía esperando y para lo que me había estado preparando mentalmente desde el inicio, la meditación. En mi familia se practica mucho el yoga, creo haberlo mencionado en otro post, pero yo nunca me vi atraído por aquella disciplina, especialmente por la parte meditativa, así que siempre me negué rotundamente a formar parte de esa actividad. Sin embargo, durante el taller, tuve que tragar mi juvenil rebeldía y probar un poco de lo desconocido, experimentar algo distinto. Y no fue tan malo como esperaba. Es más, quién sabe, tal vez lo vuelva a hacer en el futuro.

Pero el tragarme mis viejas palabras no fue lo más difícil, sino lo que llegó a continuación. Se nos indicó, de la forma más suave, lenta y tranquila que alguna vez haya escuchado, que nos pusiésemos de pie, que sintiésemos el suelo, y que comenzásemos a caminar y movernos como nuestro cuerpo lo pidiese. Fue una experiencia un poco frustrante (asombrosamente, bastante menos complicada que algunas de las cosas que me ha costado hacer sobre una bicicleta), debía soltarme, mover los brazos, estirarme y hacer movimientos que por lo general no hago frente a otras personas; o, mejor dicho, que nunca hago. De cierta manera fue liberador rodar por el suelo, aletear, saltar, girar, contorsionarme, pero me costó mucho hacerlo en un principio. Pero la experiencia también fue muy curiosa, pues disfruté viendo a las mujeres pasando por una situación de duda inicial como la mía y luego pasar a hacer cosas muy graciosas y hasta reprochables ante ojos más conservadores.

Luego hubo que hacer un dibujo sobre nuestras sensaciones, lo cual me entretuvo, pero después realizamos un ejercicio más profundo aún. Cada uno de nosotros tuvo que juntarse con otra persona, en mi caso la chica que se sentaba a mi lado, coger su mano derecha y posar la propia mano izquierda sobre su hombro izquierdo, de tal manera que solo existiesen unos meros veinte a treinta centímetros entre los rostros de cada uno, y tan solo mirarnos por un par de minutos, los más largos de mi vida. Ver de tan cerca a una desconocida, cruzar miradas, repasar sus rasgos y compartir una intimidad muda fue lo más extraño que hice ese día, pero no lo más difícil y no algo que hubiese querido perderme. Complicado, eso sí. Sólo mirar, pero ¿mirar qué? Mis ojos saltaba de los suyos al espacio entre sus cejas, bajaban por la nariz hasta los labios, se movían por una mejilla, pasaban por la sien y finalizaban su recorrido en la frente, punto en el que se reiniciaba la travesía. La experiencia me deja con demasiadas ideas que tendré que mencionar en otro post, pero debo decir que fue genial, y que también será otra de esas cosas que planeo repetir en el futuro.

Para finalizar la sesión hubo segunda meditación, esta vez más extensa y que me permitió centrarme de manera más óptima en el momento y poner orden a mis pensamientos. Hicimos un dibujo sobre nuestras sensaciones, escribimos sobre ellos y se dio por finalizado el taller. Salí del lugar de muy buen humor, bastante animado y, al contrario de como ingresé, me sentía victorioso. Sobreviví a tres horas cubiertas de situaciones a las que nunca pensé que alguna vez me enfrentaría, y pude vencer algunos de mis miedos, especialmente el miedo a hacer el ridículo. Puse ambos pies fuera de mi zona de comodidad, y aunque lo cómodo estuvo ausente, aprendí que para vivir en el momento, como se nos dijo en el taller, primero se ha de disfrutar la incomodidad.

miércoles, 10 de agosto de 2011

El valor de un significado implícito


Fire burns inside
A light that's caught between
Night and day

--Passing by, de Angra


Hace unos días fui con mi hermana y mi papá a una tienda cerca del Mercado Central, donde vendían cientos de miles de materiales para hacer collares caseros; desde pequeños pedazos de plástico moldeados, cortados y pintados de diversas formas y colores; combinaciones de piezas metálicas de varios tamaños y bolitas con diferentes diseños; hasta objetos más elaborados con forma de corazones, flores y muchas más de ese estilo. Mientras mi hermana elegía lo que llevaría consigo para iniciar lo que será su primer negocio de venta de collares, yo anduve pegado a las vitrinas pensando en algo que se me acababa de ocurrir.

Viendo esa increíble cantidad de minúsculas piezas intenté imaginar el esfuerzo que supuso crearlas, el tiempo utilizado para hacerlas lo más parecido posibles, para pulirlas y pintarlas, pero no tenía (y sigo sin tener) idea alguna de cómo se fabrican. De una u otra forma, tomé por hecho que quienquiera que las hubiese hecho no les dio un valor mayor al dinero que recibió a cambio de ellas; es decir, que el significado que les otorgó pudo haber sido únicamente monetario. Sin embargo, pienso en todas esas personas que las reciben como obsequios, especialmente objetos con una forma en particular, como una mariposa o una letra, y que les dan un valor mucho más significativo. Un simple pedazo de metal o plástico creado con una intención concreta, convertido en un símbolo de algo mucho más grande; en él ya no residiría el sudor de su creador, sino una idea adjudicada por el poseedor.

Esto me hizo recordar todas esas cosas que ante los ojos de otros pueden ser meras baratijas, pero que para uno mismo llevan consigo su propia historia, son el recuerdo de momentos en la propia vida y representan más de lo que su pequeña o gran forma demuestran. Creo que estos objetos sirven para aferrarnos a otras personas, a situaciones y emociones, por eso los conservamos y les damos significado, incluso uno que el mismo elemento no denota por su forma o función, o que guarda poca relación objetiva con aquello con que se le asocia. Personalmente, poseo muchos objetos simbólicos, no porque le dé importancia de sobremanera a las cosas, sino porque tengo un especial gusto por mantener recuerdos lo más vivos posible.

miércoles, 13 de julio de 2011

Buenas noches, Argentina (última parte)


Bring me closer to heart attack
Say goodbye and just fly away

--Sweetest goodbye, de Maroon 5


Ayer fue mi último día en Argentina, aunque dados los acontecimientos ocurridos en el aeropuerto, el viaje podría haberse alargado.

Comencé el día de madrugada, pues tuve que arreglar mis cosas, guardarlas en mis maletas, cerciorarme de que no olvidaba nada y hacer el check-out del hotel, todo antes de las nueve de la mañana, hora a la que se presentó la guía que me llevaría en un tour por la ciudad. Mientras miraba por la ventana de la camioneta en la que era transportado, pensaba que hubiese sido mejor idea tomar aquel tour el primer día de mi visita, así habría sabido orientarme mejor o, quizás aún más importante, habría sabido de lugares que no estaban dentro de mi itinerario y que podría haberme dado el tiempo de visitar. Nada emocionante pasó en las tres horas que duró el tour, aunque sí pude conocer un poco de la historia de Buenos Aires y también del idioma portugués, pues era el único de los visitantes que hablaba español; el resto era de Brasil. Fue más una vivencia graciosa que un problema.

Alrededor del mediodía, ya por mi cuenta, di un paseo por Puerto Madero y decidí almorzar en el restaurante "Siga la Vaca", donde había buffet de carnes y ensaladas. Allí me sentí un poco fuera de lugar, pues a pesar de conocer cómo funciona un buffet, muchos de los nombres de las carnes me eran confusos y no soy amante de la ensalada. Terminé dejando varios platos sin comer y preferí terminar el almuerzo con un postre para no seguir pasando vergüenza. Luego caminé hasta el café Tortoni, gran recomendación de parte de muchas de las personas a las que les comenté que visitaría Argentina, y disfruté mucho de la atmósfera del lugar y del delicioso café que pedí. Me quedé un rato dibujando y después salí rumbo a mi hotel, y, minutos más tarde, rumbo al aeropuerto.

Aquí fue donde se dio el verdadero problema. No solo tuve que hacer una cola inmensa debido a que, al parecer, varios colegios habían decidido hacer viajar a sus alumnos a quién sabe dónde, sino que tuve que ir hasta un extremo del aeropuerto para pagar el exceso de equipaje (que ya sabía que pagaría) y esperé media hora para ser atendido a pesar de ser el primero en la fila. El mismo hombre que me atendió fue quien me dijo que debía apresurarme a la sala de embarque, pues, como me señaló, faltaban cinco minutos para mi vuelo. ¡Cinco minutos! ¿Qué había pasado con el tiempo? Y ¿por qué mi plan de vuelo (al contrario que mi boarding pass) decía que todavía me quedaba una hora? No me quedé a averiguarlo y corrí escaleras arriba.

Mientras avanzaba por entre las personas se me ocurrió que tal vez podrían dejarme pasar, así que fui pidiendo permiso a varias personas mientras les mostraba mi ticket y lo poco que me quedaba para subir a mi avión. Creí estar a tiempo pasado ese primer cuarto, pero luego vino la fila para pasar por migraciones, una interminable hilera con docenas de personas, muchas de las cuales eran varios colegiales. Traté de hacer la  misma jugada, ir pidiendo permiso para ir primero, hasta que me topé con un grupo de personas que decía ir en el mismo vuelo y que no debía preocuparme, pues todavía quedaba poco menos de una hora para que el avión partiese.

Más tranquilo, decidí regresar al final de la fila. Esto resultó ser un error, a pesar de haber querido ser lo más justo posible con todas las personas que me dejaron adelantarme, pues los minutos pasaban y la hilera avanzaba muy lentamente. Cuando al fin pasé migraciones, literalmente corrí hasta la puerta de embarque con la mochila al hombro, con el boarding pass en una mano y la otra sujetando los pantalones que se me caían. Ese día había salido del cuarto de hotel pensando "seguro en el aeropuerto me pedirán que me quite todo lo que sea de metal, así que hoy no usaré correa y me ahorraré el problema"; no fue mi día de suerte en lo absoluto, pues nunca se dio el momento en que tuviese que quitarme nada, solo me revisaron con las manos. 

Llegué al avión sudando por todas partes y oliendo a desesperación, tomé asiento, di un gran respiro y me fui tranquilizando dos, tres, cinco, diez, veinte minutos. Pasó todo ese tiempo, y el avión seguía en el suelo; había corrido como nunca y aún así el vuelo no salió a tiempo. En ese momento ya no pude hacer más que sonreír por mi suerte, que a veces puede ser buenísima y en otros casos, como en este, se revierte por completo. Aunque nunca hasta el punto de ser un desastre, ya que, a fin de cuentas, pude llegar a Perú sano y salvo, luego de una aventura increíble. Y así me despedí, con el corazón en la boca y con un "buenas noches, Argentina, nos volveremos a ver".

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