lunes, 12 de noviembre de 2012

¿Qué es vivir bien?

Fuente: http://oo-rein-oo.deviantart.com/art/The-Warmth-Of-Life-256208821

Some of us choose to live gracefully
Some can get caught in the maze

--This is the life, de Dream Theater


Hoy pensé en la venganza e inmediatamente pasé a recordar mis años escolares, probablemente la etapa en la que me surgían más ideas de este tipo. Pero no reparé en una experiencia personal, sino en la de un amigo, y en cómo éste decía querer hacer caso a las personas que le aconsejaban vivir bien en lugar de buscar venganza. Yo era uno de esos tantos que afirmaba que olvidar el asunto o perdonar al agresor era el mejor curso de acción, pero sabía muy bien que ni yo hacía eso, que "vivir bien" era (y es) demasiado difícil. Tras la comodidad de no verme involucrado en su problema, podía decirle de manera objetiva que sintiese, actuase y pensase de una manera que, estoy seguro, muy pocos pueden cuando se les hace mal o cuando lo perciben así.

Vengarse, a mi parecer, implica cierto pensamiento de por medio, supone darle varias vueltas a un tema, por lo que ocupa bastante tiempo y demasiada energía, los cuales podrían ocuparse en cosas más productivas. Pero dado que la emoción juega un papel muy importante en el asunto, olvidar y perdonar resulta una labor que demanda mucho esfuerzo, en especial si el solo hecho de imaginarse haciéndole algo igual o peor a la persona de la que buscamos vengarnos nos brinda cierta satisfacción. Y creo que esa es la finalidad, la satisfacción, el placer de tener "la última palabra" en un argumento. Existen otras razones, por supuesto, pero creo que esta es la más significativa.

Pero, entonces, ¿qué es vivir bien?

Pensar mucho en la injuria (imaginada o real) y ver maneras de devolver el daño es en sí mismo dañino para uno mismo. Recordando todo el tema de las emociones, entiendo que reparar en un asunto por demasiado tiempo repercute en cómo nos sentimos y en cómo nos relacionamos con los demás. Por ello, pensar en lo negativo nos hará sentir mal no solo con respecto a lo mental, también a lo físico; nos irá socavando, nos drenará de energías y, quizás, nos será más perjudicial que la ofensa recibida. Básicamente, planear y llevar a cabo una venganza es contraproducente.

Vivir bien sería, entonces, no tomarnos ciertas cosas tan en serio; y en casos de mayor seriedad, enfrentar el asunto sin la intención de prolongarlo o de causar más daño, sino de resolverlo. Es fácil decirlo ahora, pero pensar y actuar así durante la situación no lo es en lo absoluto. Es más sencillo molestarse, dejarse llevar por las emociones negativas en lugar de reprimir impulsos destructivos. Sin embargo, callar todo el tiempo no es la mejor solución. Defenderse, si el caso lo amerita, sería lo ideal siempre y cuando sea una defensa que vaya en concordancia con la injuria recibida.

Por mi parte, he dejado atrás los días en los que me encerraba en mí mismo y urdía maneras de vengarme de lo que me hacían (y de lo que creía que me hacían). He aprendido a olvidar por mi propio bien, y aunque perdonar aún me resulta difícil, siento que tengo suficiente control como para no explotar ni quedarme con lo negativo. Mi estrategia es hablar, conversar sobre lo sucedido, ya sea con alguien más o, de ser posible, con el agresor, de tal manera que pueda llegarse a un acuerdo. No siempre funciona, y no siempre respondo de manera tan civilizada, pero es un comienzo. Todo sea por vivir bien.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Vidas interconectadas

Fuente: http://resonant-ronk.deviantart.com/art/Two-Lifes-Connected-99706297

It's as easy as one, two, three
That's my philosophy

--I think therefore I rock n' roll, de Ringo Starr


Varias veces he mencionado, en post anteriores, la importancia que le daba a las llamadas "coincidencias", cómo solía tomarlas como una suerte de señales acerca de lo bien (o mal) encaminada que iba mi vida. Si bien ahora he dejado un poco de lado dicha idea, más que nada por los ocasionales choques con la realidad, un par de días atrás noté algo muy peculiar con respecto a aquélla.

Me di un tiempo para volver a ver la película Magnolia, una de mis favoritas. Una vez terminada, comencé a pensar qué era lo que me gustaba tanto de ella, y decidí que se trataba del hecho de que las vidas de todos estos extraños se cruzaban de alguna manera; lo que en un principio parecían vidas separadas, lograban una especie de vínculo unas con otras conforme se desarrollaba la película. Noté, también, que este mismo concepto se repite en varias otras películas y novelas que me encantan. Y así concluí que dicha idea, de alguna manera, se ve reflejada en mi vida y en cómo la concibo. Me explico.

Si bien al principio todos somos extraños, hay una serie de circunstancias dentro y fuera de nuestro control que nos empujan a notarnos, conocernos, relacionarnos y, con el tiempo, a generar vínculos más estrechos, sean estos de amistad, de pareja, laborales, etc. Si bien esas relaciones ya gozan de la importancia que cada persona les otorga, por mi parte siento que las circunstancias de las que hablo (nuestras propias decisiones, y especialmente el azar) influyen mucho en cuánto más valoraré los vínculos que se generen a partir de ellas. Lo que trato de decir es que cuando una "coincidencia" como de las que hablaba al inicio del post involucra a otra persona significativa en mi vida, siento como si se fortaleciera el vínculo que tengo con ella. Espero se entienda lo que digo.

No hablo del destino, de que esté predicho que conoceremos a tal o cual persona, sino de cómo se conoce a alguien y cómo las circunstancias podrían favorecer una conexión más fuerte. Sin duda es una suerte de pensamiento mágico nacido de mi lado más soñador, pero por mucho tiempo me guié por esta idea, y en ocasiones la vida me presenta nuevas "coincidencias" que reavivan mi convicción, que me empujan a considerarlas como señales de que estoy exactamente donde debería estar y que aquello que me sucede, sea por mi propia elección o por fuerzas externas, es lo mejor que podría estarme pasando.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Música interior

Fuente: http://vhm-alex.deviantart.com/art/Music-20809051

What the people need
Is a way to make 'em smile

--Listen to the music, de The Doobie Brothers


Ayer, mientras regresaba a mi casa, me sucedió algo muy curioso. Había sido un día lento y sin mayores ocurrencias, por lo que andaba decaído de ánimo y sin energías. Tenía mis audífonos puestos y escuchaba música para mantenerme despierto cuando de pronto me pareció escuchar una canción muy familiar que provenía de algún lugar dentro del micro en el que viajaba. Retiré uno de los audífonos de mi oreja y traté de identificarla, y descubrí entusiasmado que se trataba de una de mis bandas favoritas, y por si fuese poco, tocaban una canción que me encanta. Miré de un lado a otro en busca de la persona que la oía, pero no tenía idea de dónde provenía exactamente la música. Estuve así un buen rato, hasta que llegué al paradero donde debía bajar. Volví a ponerme el audífono y salí del vehículo un tanto decepcionado.

Mientras caminaba hacia mi casa, noté que me sentía bastante más animado. Dado que la banda de la que hablo (Sieges Even) no es muy conocida, me alegró saber que había alguien cerca que también disfrutaba de su música, la cual encuentro extraordinaria. Las veces que más suelo escuchar a ese grupo es cuando ando en busca de inspiración o cuando trato de alcanzar un estado mental de reflexión; el sonido de los instrumentos, el ritmo, la letra y la combinación de todo ello me genera una sensación de paz enorme, por ello disfruto tanto escuchándolo. Fue algo muy curioso, el hecho de imaginar que alguien más, alguien que pudo estar sentado muy cerca de mí, pudiese experimentar sensaciones similares al escuchar aquella banda. E incluso si su gusto iba por otro lado, la idea de conversar sobre ella me parecía genial. Quizás por todo eso me puse de tan buen humor.

Sin embargo, una vez en mi casa, con mi ipod apagado, noté algo que me hizo reír a carcajadas. En mi bolsillo se encontraba mi celular, y de él salía el sonido que había estado escuchando en el micro. De alguna manera se había seleccionado la opción para reproducirla y había estado sonando todo ese tiempo, así que nunca hubo otra persona fanática de la banda, sino que siempre se trató de mí, tan despistado como a veces suelo ser. Definitivamente me sentí un poco decepcionado por la revelación, pero la situación me hizo sonreír como no lo había hecho en todo el día, y determinó en buena parte la manera como viví lo que restó de la tarde y la noche.

Un suceso tan sencillo como este me hizo recordar que uno mismo es quien decide con qué actitud se vive el día a día y los eventos que lo componen, incluso si el azar o la suerte hacen de las suyas de vez en cuando. Todo esto me remite a lo que tan acertadamente me señaló hoy un buen amigo: "Somos nuestras decisiones". Y entiendo, así, por qué ahora sonrío más.

sábado, 6 de octubre de 2012

El paso previo


I never realized
The truth is inside
Of every man for all to see

--Season of change, de Stratovarius


Me preguntaba si el querer ser una "mejor persona" es realmente el mejor camino por tomar.

Desde hace algunos años decidí transitar dicho camino, y casi con vehemencia he seguido en él creyendo que era la opción más adecuada, que toda respuesta podía finalmente encontrarse si tan solo seguía creciendo, desarrollándome física, emocional, cognitiva y socialmente. Pero unas semanas atrás me crucé con ideas y experiencias que me llevaron a dudar sobre mi postura. Y si bien no he podido llegar a una suerte de acuerdo conmigo mismo, me ayuda saber que estoy contemplando posibilidades nuevas.

Ser mejor implica cierto cambio, de lo cual se infiere que no existe conformidad, que se está descontento con las circunstancias actuales. Querer ser una mejor persona significa exactamente eso, no estar satisfecho con cómo se es y buscar activamente ser distintos dentro de los propios limites, siempre en el ámbito de lo que uno considera positivo. Pero tal vez, en ciertos casos, querer ser mejor no sea el camino ideal. Quizás aceptarnos tal cual somos sea una opción más encomiable, tal vez estar contentos con la forma en que sentimos, pensamos, actuamos y nos vemos brinde mayor bienestar que el perpetuo cambio.

Varias veces he escuchado frases como "si quieres cambiar al mundo, primero debes cambiar tú mismo", lo cual me parece muy acertado, y por ahí va mi postura inicial y mi filosofía de vida en general, pues se invita a la persona a tomar un rol más activo en lugar de esperar a que las cosas se den por sí solas. Sin embargo, más que cambiar el mundo al hacerlo nosotros, entiendo que  estaríamos cambiando la forma en que lo percibimos, y a veces esto no es suficiente, pues no todo cambio es positivo.

A lo que voy es que habrían ocasiones en las que el descontento con uno mismo no debería empujarnos a cambiar inmediatamente, a huir de lo ya somos, sino motivarnos a darle una mirada, a entender de dónde surge la insatisfacción, qué la ocasiona y cómo podemos combatirla. Mejorar es una excelente manera de hacer esto último; aceptar es el paso previo.

viernes, 21 de septiembre de 2012

El cuaderno verde de la locura


What happens to a man when
He spills his heart on a page...

--Pages, de 3 Doors Down


Unos días atrás, impulsado por una serie de eventos y por una conversación con una buena amiga, volví a abrir lo que llevo llamando mi "cuaderno verde de la locura". En él deposité pensamientos e ideas muy profundas, pero también muy destructivas, todas ellas nacidas de las experiencias que tuve durante casi los últimos dos años de mi vida escolar. Lo abrí queriendo dar solución a una incógnita en particular, y lo cerré tras encontrar en él la respuesta que buscaba. Pero no fue lo único que hallé.

Descubrí el gusto por la escritura a los doce años, y desde entonces escribía cualquier cosa que se me ocurría y en cualquier pedazo de papel con el que me cruzaba. Más adelante me dieron mi primera libreta, y en muy poco tiempo la segunda, y luego la tercera. En todas ellas relataba mi vida a modo de diario con la intención de conservarlas y releerlas años más tarde, pero todas fueron a parar "misteriosamente" a la basura. De las libretas pasé a los cuadernos, y así fue como conseguí el "cuaderno verde de la locura" a los dieciséis. Ya para entonces mis anotaciones eran más que diarios, en ellos plasmaba la manera como veía el mundo, ideas sobre la vida, frases cargadas de enormes significaciones; más que escritos, era huellas que dejaba para mí mismo y a las que regresaba constantemente para observar los caminos que había tomado, los cambios en mi forma de pensar.

Con el cuaderno verde todo aquello tomó un rumbo bastante diferente. Como dije, escribí en él ideas y pensamientos muy destructivos, todos ellos producto de situaciones pasadas en mi vida que recién entonces estaban afectándome, sumadas a complicaciones en casa y en el colegio. Tal vez exagero, pero considero que esa fue la etapa más negativa por la que he pasado. Por eso exactamente me propuse conservar el cuaderno, como evidencia de un tropiezo, como una precaución para no volver a caer. Cuatro años atrás lo abrí para volver a recordar dicha enseñanza, y hace unos días volví a hacerlo, pero con otra idea en mente: "¿Debo seguir guardándolo o es suficiente con sólo recordarlo?" Mi temor era botarlo y olvidar por completo su existencia, pero en sus mismas páginas hallé unas palabras que no me creía capaz de haber escrito y que hasta cierto punto parecían dirigidas a mí, al yo que soy ahora: "...tal vez no sepamos el método utilizado para levantarnos, pero sí que nos levantamos, y eso es lo que importa en última instancia". Con eso entendí que el libro podrá desaparecer, y con él su contenido, pero el recuerdo de la vivencia perdura, y eso es lo más importante.

Y como si eso no fuese suficiente, me topé con otra enseñanza que, nuevamente, parecía dirigida a mí. En una página había escrito una serie de palabras y frases a modo de "lista de cosas por hacer". Muchas eran absurdas o tontas, otras hirientes y algunas bastante maliciosas; en definitiva todas negativas, y todas marcadas con un aspa, a pesar de que algunas realmente no las llevé a cabo. Pero había una palabra más neutral, la única sin marca: "Cambiar". Ver todo eso me impactó enormemente, no sólo por evidenciar de nuevo lo hondo que había caído, sino particularmente por hacer el contraste con esta última palabra. No sé por qué quedó sin marcar, y por más que hago el esfuerzo no logró recordar a qué me refería con cambiar o por qué la escribí. Es cierto que el cuaderno estuvo en manos de muchas personas curiosas (compañeros y amigos del colegio) que leyeron sus páginas y hasta escribieron mensajes en él, pero la palabra fue escrita por mí, era mi letra. Tras leerla sentí que debía marcarla, pero no lo hice. He cambiado, sin lugar a dudas, he crecido muchísimo en los últimos ocho años, pero el cambio continúa y seguirá dándose. Por eso no la marque ahora, y tal vez por eso tampoco lo hice en ese entonces.

Y con esas dos cosas cerré por última vez el "cuaderno verde de la locura", con la seguridad de que es sólo eso, un cuaderno verde con ideas disparatadas en su interior que en algún momento me definieron, pero que hoy son prueba del enorme cambio por el que he pasado. Más aún, no lo necesito para dar cuenta de dicho cambio, por ello fue a parar a la basura como mis primeras libretas; la vivencia perdura, y eso es lo más importante.

lunes, 17 de septiembre de 2012

¿Cuál es tu locura?


Welcome to this place in here
Come overstep all your fears

--Inside, de Avantasia


El título de este post fue la pregunta que mi profesora hizo durante la clase del jueves pasado. El tema de ese día era acerca del ridículo, de cómo nos es tan difícil ponernos en una situación en la que nos percibimos como vulnerables; y de cómo el afrontar ese miedo al ridículo puede llevarnos a sentirnos cómodos con dicha situación y con quienes somos. De ahí salió el tema de la locura, mientras discutíamos lo complicado que resulta mirarnos a nosotros mismos y lidiar con nuestros fantasmas interiores, los cuales, podría pensarse, impiden que nos sintamos en comodidad y, en definitiva, que vivamos en plenitud.

La reflexión quedó en mi cabeza debido a la conversación que tuve con un amigo el día previo. Éste me contaba que un artista debe su creatividad a sus "demonios interiores", como él los llamó, a asuntos personales que buscan ser resueltos y que impulsan la creación. Pero una vez que se alcanza paz con uno mismo, el resto de producciones, por más buenas que sean, no serán extraordinarias. No pude evitar sentirme profundamente identificado mientras lo escuchaba decir estas palabras, pues muchas de mis mejores ideas, escritos y dibujos han sido producto de estados emocionales altamente negativos.

Ambas ideas me parecieron curiosas, ya que uno pensaría que un psicólogo debe ser una persona neutral, ecuánime y hasta casi perfecta, lo cual es absurdo. Del mismo modo, pienso que sí es posible alcanzar bellas obras de arte sin que fuerzas destructivas interiores impulsen la creatividad; por el contrario, los estados de ánimo positivos son la mejor fuente de inspiración, y con mi experiencia personal se reafirma dicha idea.

Con todo esto en mente, ¿cuál es, entonces, mi locura?

Para ser honesto, no puedo decidirme, no podría quedarme sólo con una. Toda esta reflexión se remite a los demonios interiores, si son buenos o malos, si ayudan o entorpecen. Indistintamente de qué o cómo sean, son parte de nosotros, son lo que nos vuelve ridículos, lo que nos saca de nuestra zona de comodidad, los mismos que debemos enfrentar no con la intención de hacerlos desaparecer, sino con el propósito de aceptarlos. Vivir "bien" sería, por lo tanto, vivir en pleno acogimiento de nuestras "locuras".

sábado, 8 de septiembre de 2012

Palabra definitoria

Fuente: dibujo personal

Never lose sight of
Something you believe in

--As I am, de Dream Theater


Hace unos días tuve mi segunda clase del curso Psicoterapia Humanista y Existencial, posiblemente el mejor de este ciclo. En términos de satisfacción, la Psicología Humanista se adhiere muchísimo a mi forma de pensar y ver el mundo, y responde a mi necesidad interior de darle un sentido a la vida, por ello la encuentro tan fascinante y acertada. El lado existencial "rasca" mi comezón por la reflexión y toma un camino filosófico que disfruto transitar. Y, considerando que el curso que llevo implica una serie de ejercicios personales, el aprendizaje no sólo es teórico, sino también (y especialmente) práctico.

Durante la clase del martes vimos una serie de ideas y a sus representantes, pero lo que más quedó conmigo ese día fue el ejercicio que realizamos. Encarados con una serie de palabras relativas al humanismo, como autorrealización, conciencia y libertad (entre varias otras), tuvimos que hacer un dibujo que las englobara. Por mi parte, tomé la tarea muy literal, de ahí que no fui más creativo. Sin embargo, el trabajo no había terminado. Cada quien puso su dibujo en una mesa, y uno a uno fuimos observando el del resto y escribiendo en la parte de atrás una palabra que describiese lo que nos suscitaba. Acabado esto, recogimos nuestras obras, y entonces llegó lo importante. Como ejercicio final tuvimos que leer las palabras en nuestra hoja, valorar si se adecuaban a lo que habíamos esperado plasmar por medio de nuestros dibujos y elegir dos de ellas: una con la que nos quedaríamos y una de la que prescindiríamos. Mi primera elección fue "crecimiento"; la segunda, "competencia". Y con eso acabó la clase, cada uno con una palabra sobre la que debía reflexionar.

En lo que restó de ese día, y los que le sucedieron, me estuve preguntando ¿por qué "crecimiento" de entre las otras ocho?

Con esta elección tuve como intención ir más allá del significado referente a lo físico y llegar a algo más cercano a lo entendido como desarrollo. Uno nunca deja de aprender, de tener nuevas experiencias y de descubrirse a uno mismo; el crecimiento personal es perpetuo, y no hay una meta concreta, no se trata de llegar a un final, sino de reconocerse en el camino. Elegí "crecimiento" porque es un concepto por el que trato de guiarme constantemente, sobre el que he escrito aquí en muchas ocasiones, y que he interiorizado de tal manera que ahora parece reflejarse en mis dibujos. Lo genial es que yo sólo hice el dibujo; fue alguien más quien escribió la palabra en base a los pensamientos y emociones que aquél le generó. ¿Qué significa esto? Pues intentaré averiguarlo.

miércoles, 18 de julio de 2012

Ser y ser


Well, who are you?
I really wanna know

--Who are you?, de The Who


Hace exactamente una semana compré un libro de filosofía básica con una serie de situaciones, pensamientos e ideas que me han ayudado a tener más reflexiones del tipo que mencionaba en el post anterior, preguntas sin una respuesta concluyente. Una de estas situaciones me llevó a pensar en lo siguiente.

¿Quiénes somos? ¿Qué nos hace lo que somos? Es decir, ¿cuándo podemos decir que somos nosotros? Sé que sobre esto puede decirse muchísimo y nunca llegar a una solución, así que sólo quería mencionar algunas ideas que se me ocurrieron. Según una muy fructífera clase de psicología social, una teoría sobre la identidad postula que existe una identidad personal, una en relación a los demás o colectiva, y una con respecto a la humanidad. Visto de esta manera, somos como individuos (con muchas definiciones de por medio), somos integrantes de uno o más grupos (o somos en tanto no pertenecemos a ninguno), y somos parte de la raza humana. Todo esto apenas respondería parte de la primera y de la segunda pregunta. ¿Qué hay de la tercera?

Aquí podría entrar en juego el dualismo mente-cuerpo. De chico solía pensar que el crecimiento, el pasar de ser niño a adulto físicamente hablando, se debía al rapto de nuestros cuerpos. Cada noche, mientras estuviésemos durmiendo, algo o alguien intercambiaría nuestros cuerpos; seguiríamos siendo nosotros, pero con una forma física ligeramente diferente, más altos, quizás. Recordé esta fantasía infantil por ser un buen ejemplo de cómo de pequeño consideraba a la conciencia como punto central de nuestra existencia: cuerpos distintos, pero aún uno mismo. ¿Sería entonces que podemos decir que somos nosotros cuando existe conciencia de nuestro existir, incluso si nuestro cuerpo es distinto? A mi parecer, no es posible decir "soy" si no consideramos la parte física de la que estamos compuestos.

Finalmente, pasé a pensar en una cuarta pregunta: ¿qué nos define? ¿Venimos al mundo con una definición de lo que somos, estamos predispuestos genéticamente a ser algo en particular? Quizás lo que nos define está determinado por nuestra cultura, por la educación que recibimos; quizás hasta los mismos actos que realizamos nos convierten en lo que somos. ¿Puede uno mismo definirse? ¿Y pueden estas definiciones cambiar en el futuro? Si es así, ¿cómo y en qué medida? Esta idea me parece la más difícil de desarrollar; incluso teniendo mucha información al respecto, no me atrevo a inclinarme por ninguna posibilidad. Es difícil, también, por haber tanto por decir, tanto por abarcar.

Sé que ese libro de filosofía, pequeño y en apariencia sencillo, me ayudará a tener muchas nuevas ideas, varias que probablemente me mantengan ocupado por más tiempo del que pueda considerar prudente. Pero mientras me haga pensar, no me quejo.

martes, 17 de julio de 2012

Ciclo de ideas


I think I know, but I don't know why
Questions are the answers you might need

--D'ya know what I mean?, de Oasis


Hace unos días me preguntaron por qué hago tantas preguntas que no parecen tener una respuesta definitiva. Irónicamente, no supe responder de forma concluyente, así que me puse a pensar en ello.

Me encanta dedicar al menos un pequeño espacio de tiempo para pensar en una que otra cosa que me haya sucedido o que haya escuchado durante la semana y que considere interesante o valioso en algún sentido. A veces se trata de trivialidades, lo admito, pero en la mayoría de casos me veo teniendo discusiones con otras personas respecto de las ideas que he obtenido de aquellas reflexiones. Además, de ambos casos, los triviales y los serios, obtengo algo significativo a cambio.

Lo particular de las cosas en las que a veces pienso es que muchas no tienen respuesta, son simplemente nociones hipotéticas o sin posibilidad de comprobarse, por lo que es difícil dar con una respuesta clara y definitiva. Si tal es el caso, ¿entonces por qué siquiera hacer la pregunta? Si no conseguiré una resolución para el asunto, ¿por qué darme el trabajo de pensar en tal cosa?, ¿por qué poner esfuerzo en ello? Por lo mismo que dije en el párrafo anterior: algo se obtiene.

Plantearse la pregunta y buscar las posibles respuestas es acercarse a una conclusión. Y aunque ésta no llegue a conseguirse, ayudará a notar otros puntos de vista y conducirá a la creación de nuevas ideas. De eso exactamente se trata, de esos nuevos planteamientos que no habrían aparecido de no haberle dado vueltas a temas tan entreverados. Si bien a todos nos gustaría recibir una respuesta clara y precisa a nuestras preguntas dada nuestra inclinación como seres humanos de darle un sentido a las cosas, quedarse con la duda a cambio de perspectivas diferentes puede resultar favorable dependiendo del caso.

Esa es mi respuesta; inconclusa, valga la redundancia. Pero gracias a ella se me han ocurrido varias otras cosas para escribir aquí. Sin olvidar mencionar que aún hay mucho por decir sobre esta respuesta.


Nota: el sábado 7 me golpeé la mano mientras envolvía mi bicicleta en preparación para un viaje y no he podido moverla sin sentir dolor hasta el lunes 16, por ello la tardanza de este y el siguiente post.

domingo, 1 de julio de 2012

Culpa


See that kid, watch the smile on his face
He's just like you, feeling out of place

--Day eight: school, de Ayreon


Me puse a pensar en uno de esos puntos de quiebre de los que alguna vez he hablado, específicamente en un momento de mi vida que considero importante por haber cambiado la forma en que veía las cosas.

Tenía exactamente 11 años de edad y estaba jugando fútbol en el colegio con tres amigos. Usábamos un par de árboles como portería y jugábamos tranquilamente mientras algunos chicos nos observaban. Pasados unos minutos, uno de ellos se nos acercó preguntando si podían unirse, y dado que era mi pelota, fui yo quien le dijo que no. Insistió un poco, pero no cedí. Continuamos jugando un rato más, hasta que uno de mis amigos pateó mal el balón, y éste fue a parar en las ramas de uno de los árboles. Intentamos golpearla con piedras, pero no se zafaba. Entonces, el mismo chico que se había acercado antes trepó el árbol y recuperó la pelota. Me la devolvió y preguntó nuevamente si lo dejábamos jugar, y agregó "mira que los ayudé". Con el balón en las manos, le dije "nadie te pidió que la sacaras", y seguí jugando como si nada hubiese pasado.

Para cualquier otra persona podría parecer un acontecimiento intrascendente, pero para mí guarda una significancia tremenda. Si bien nunca me gustó incorporar a desconocidos en juegos de pelota, siento que fui demasiado duro con aquél chico.En ese entonces yo era un niño muy engreído y egoísta, las cosas debían ser como yo las quería o me molestaba mucho; no creo haber llegado al punto de iniciar pataletas, pero sé que mi egocentrismo causaba muchos problemas.

La sensación de culpa, el sentirme mal por lo que hice ese día, no llegó sino hasta un tiempo después. Sabía que definitivamente podía haber actuado de mejor forma, y que tal vez podría haber dejado jugar al chico como agradecimiento por recuperar mi pelota, pero en ese momento sólo pensaba en mí. No sé con exactitud cuándo recapacité, en qué momento decidí prestar más atención a los deseos de otros, pero puedo asegurar sin una pizca de dudas que esa tarde de fútbol tuvo mucho que ver. Fue como si las palabras que pronuncié hubiesen sentenciado a muerte a una parte de mí que hoy no extraño en lo absoluto.

Hoy creo estar en un punto medio con respecto a situaciones de este tipo. En ocasiones me puedo preocupar de más por los otros, y a veces actúo en pos de mí mismo cuando podría prestarle mayor atención a quienes me rodean. De cualquier forma, mi lado egoísta ha quedado con muy pocas fuerzas como para seguir considerándolo un problema. Con lo que ahora debo luchar es contra mi lado arrogante.

domingo, 24 de junio de 2012

Neutralidad absoluta


Come on with the rain
I have a smile on my face

--Singing in the rain, de Frank Sinatra


Nacida de un estado de ánimo más bien negativo, se me ocurrió una idea relativa a cómo solemos ver la vida de cuando en cuando.

A veces uno suele decir, o escucha por parte de otros, que la vida puede parecer injusta, que las cosas no nos salen bien tan seguido como nos gustaría, o que no recibimos lo que nos corresponde. A mi parecer, la vida no distingue entre los actos buenos o malos, categorías que el mismo ser humano ha dado al actuar en pro o en contra de los valores que posee una sociedad. Es el hombre, la humanidad, quien decide premiar o castigar. En el resto de casos, son las circunstancias, aquello sobre lo que nadie ejerce control. Me explico.

Una persona es solidaria, noble y honesta en la medida en que sus actos la definan de tal modo. Pero ser así no garantiza que la vida interceda por dicha persona. De igual modo, la persona perversa no tendría por qué recibir castigo alguno. Al primero le pueden suceder las peores calamidades y el segundo gozar de salud y bienestar perpetuos; en ese sentido, la vida no separa lo bueno de lo malo. Y así es como puede nacer una idea de injusticia, porque creemos que todo lo bueno debe ser recompensando y lo malo reprendido.

Vivir de manera virtuosa sólo brinda recompensas por parte de los demás y de uno mismo, no de fuerzas naturales o sobrenaturales. Si haces el "bien", otros pueden notarlo y valorarte de acuerdo a ello; de la misma manera, actuar y pensar positivamente nos otorga bienestar, es un beneficio que llega desde nosotros mismos. Pero la vida no será más compasiva con el virtuoso que con el perverso. Ésta es totalmente imparcial, y en su carácter neutral es también despiadada.

Pero existe cierto consuelo. La vida podrá apoyarnos o ahogarnos indistintamente de nuestras circunstancias, pero está en cada uno decidir cómo recibir lo que se nos da. Ver las cosas de forma optimista es, a mi parecer, la mejor manera de hacer frente a los golpes y caídas que sufrimos; encontrarle el lado positivo a nuestras desdichas o actuar en pos de nuestro bienestar, sin importar cuán mal nos podamos sentir, es como deberíamos afrontar la vida. Es difícil, y en ocasiones parece imposible, pero la idea es nunca dejar de seguir levantándonos, jamás sentir que no somos dueños de nuestro sentir y actuar.

domingo, 17 de junio de 2012

1 día, 1 año, 1 foto


Now there's no greater feeling
When it's all in your heart and soul

--Imagine, de Stride


El viernes di inicio a lo que será un nuevo proyecto fotográfico que durará todo un año, pues la idea es tomar una foto cada día durante todo ese tiempo.

Básicamente, capturaré imágenes de personas, lugares, objetos, momentos, etc., que considere significativos en mi vida o de los que se pueda obtener algún tipo de enseñanza, y dedicaré unas líneas para escribir mis pensamientos al respecto. No es un concepto original, muchos ya lo han hecho o lo están haciendo, y es justamente gracias a ellos que nacieron en mí las ganas de hacer algo similar. Lo diferente, digamos, viene a ser algo bastante obvio: esta vez el fotógrafo seré yo, y la historia contada será la mía, así que definitivamente tendrá aspectos que harán de este proyecto algo interesante y único.

Pero ¿qué me motiva?

En primer lugar, continuaré desarrollándome en el arte del fotografiado. Si bien sólo publicaré una foto por día, es seguro que tomaré varias antes de quedar contento con la elegida, y al final del día mi archivo fotográfico también se verá beneficiado. Además, el hecho de hacerlo por todo un año me empujará a realizar mejores tomas y más desafiantes, siempre en busca de variedad y de cosas interesantes por mostrar y contar.

Otra razón, quizás la más importante, es conocerme y darme a conocer. Debido a su cariz personal, algunas fotos serán mejor apreciadas por mí o por personas cercanas, pero para el resto será una buena oportunidad de saber quién soy. No soy la persona más abierta que existe cuando se trata de relacionarme cara a cara, y a veces conocerme requiere un poco de tiempo, por ello las fotos y la información que las acompañe dará cierta cabida para mostrar un poco de mí mismo y, con suerte, generar conversación. Y, por supuesto, como ya he escrito antes, con cada foto que tome yo mismo iré conociéndome más.

El último motivo es la expresión en sí. Poder expresar mis ideas y pensamientos, mi forma de ver el mundo, es algo que me encanta; me genera una sensación de logro inmensa, me brinda satisfacción y es la manera perfecta para relajarme. Y el fruto de dicha expresión, las fotos, los escritos, y cualquier otro producto artístico lo comparto con los demás, ya sea con la intención de generar opiniones (preferiblemente constructivas) o de alimentar el ego (lo admito).

Actualmente el proyecto lo estoy llevando a cabo exclusivamente en Facebook, pero estoy dándole una seria consideración a la idea de crear un fotolog, con la omisión de detalles demasiado personales, claro. Si llego a hacerlo, prometo publicar el link aquí.

jueves, 14 de junio de 2012

En desequilibrio


And you can never get enough
Of what you don't really need now

--Stuck in a moment you can't get out of, de U2


Una de las pocas cosas que considero negativas de revivir el pasado es el arrepentimiento. Es más, podría hasta decirse que éste nos fuerza a quedar atorados en aquél; pensar en el "¿qué hubiera sido si...?" o en el "debí haber hecho tal cosa..." no solo nos obliga a mirar atrás, también crea una enorme insatisfacción y una aún mayor inseguridad. Estoy seguro de haber hablado sobre esto antes, pero no creo haber mencionado antes cuán "atorado" me siento.

Muchas veces he dicho que es mejor nunca arrepentirse de nada, vivir sin vergüenza; pero es demasiado difícil, y muy cínico de nuestra parte. Yo mismo no he podido atenerme a esta forma de pensar, precisamente por cargar conmigo dos asuntos que ya he mencionado antes en este blog (post 1, post 2), asuntos cuyo peso es tal que comienzo a pensar que los pasos que doy en mi vida son cada vez más cortos, y no descarto la posibilidad de estar empezando a detenerme por completo (si es que eso es realmente posible). Son temas mal resueltos que por una variedad de obstáculos (impuestos por mí mismo o por las personas involucradas) me he visto imposibilitado de resolver, cuestiones que me niego a olvidar, que por su importancia me veo invirtiendo en ellas demasiada energía.

Digo estar atorado por haber llegado a un punto de mi vida donde no me veo avanzando tanto como me gustaría. Tal vez se trate sólo de este momento, de lo que estoy viviendo actualmente; quizás sólo sea un sentir pasajero producto del mal rato que me veo pasar. Sea cual fuere el motivo, irremediablemente regreso a pensar en aquello de lo que me arrepiento, y me convenzo de que eso es lo que no me permite seguir adelante, que es necesario darles resolución si quiero seguir viviendo. O mejor dicho, si quiero comenzar a vivir como debería. Entonces, ¿qué hacer?, ¿qué medidas tomar?, ¿cómo puedo aligerar la carga?

Todo este tema surgió de una frase que escuché en una película: "¿Sabes cuál es la fuerza más destructiva en el Universo? El arrepentimiento". A mi parecer no es la más destructiva, pero sí la más desequilibrante; tal vez la pérdida de equilibrio, de ecuanimidad, propicie la destrucción en el peor de los casos, pero no el resto. Creo con seguridad en la posibilidad de devolver equilibrio a la balanza, tras mucho esfuerzo, tras incontables fallas, tras llegar al punto en que rendirse parece la única opción; sé que existe tal posibilidad porque lo evidencio en otros y porque yo mismo la he conseguido alguna vez. El quid de cada asunto es hallar la manera de hacerlo. Y pedir ayuda, siempre pedir ayuda.

domingo, 10 de junio de 2012

Pernos, tuercas y la existencia

Fuente: archivo personal

Some call it nightmare
And some call it life
What's the sense of existence in here

--Key to my fate, de Edguy


Hace un par de semanas tuve un paseo en bicicleta durante el cual uno de los amigos que me acompañaban dijo una frase muy curiosa: "No hay tuerca que no tenga llave".

La aproximación más directa que le di a aquella frase durante los últimos días fue que toda herramienta sirve para algo, todas han sido creadas para cumplir un propósito, para facilitarnos la vida de cierta manera, y previo a su creación debió haber algo que generó la necesidad de su existencia. Y partir de esto pasé a preguntarme lo siguiente: ¿podría decirse lo mismo de los seres humanos? ¿Existimos como solución a un problema? Y si es así, ¿de qué problema estamos hablando? Por otro lado, y tomando prestado parte del pensamiento de Sartre, quizás nuestra existencia precede cualquier función. Tal vez somos y estamos en el mundo sin que haya una razón que nos sustente; nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos sin que haya un sentido último en nuestras vidas.

Desde que tengo memoria he sido un fiel seguidor de la idea de que no existen las coincidencias, que tales cosas son señales, y que todo guarda un significado que espera ser descubierto. Con el pasar de los años, mi lealtad a este planteamiento ha ido menguando, más que nada por choques que he dado con la realidad, pero de vez en cuando ver la vida de manera soñadora y hasta mística no me parece en absoluto negativo. De cualquier modo, asumirla como un reto en sí misma es razón más que suficiente para muchos, y la idea de un sentido es el que cada uno le da a su modo de vivir, a sus metas, a sus alegrías y desazones, a sus aprendizajes y a cualquier experiencia tenida. Visto de esta manera, entonces, el significado no es el que se encuentra, sino el que se otorga.

Al mencionar la frase sobre la tuerca, mi amigo se refería específicamente al pedal de su bicicleta y al extraño perno que lo sujetaba, pues tenía una forma peculiar y no creíamos que existiese llave que pudiese ajustarlo. Al final descubrimos que estaba puesto al revés, y que, efectivamente, existía una llave para dicha tuerca.

domingo, 3 de junio de 2012

Apenas estoy comenzando

Fuente: archivo personal

I'm ready to go anywhere, I'm ready for to fade
Into my own parede cast your dancing spell my way, I promise to go under it

--Mr. Tambourine, de Bob Dylan


Hace unos días La Experiencia cumplió 4 largos años, pero preferí esperar a hoy para anunciarlo por medio de un post especial.

Este blog nació gracias al aburrimiento, a un deseo de separación y, principalmente, a unas ganas incontenibles de expresarme. Aburrimiento en tanto el tiempo me sobraba y buscaba llenarlo de alguna manera; deseo de separación porque mi primer blog fue uno compartido con tres amigos, y no sentía que lo que escribíamos estuviese muy conectado; y el tercer punto prácticamente se explica por sí solo: escribo desde los 12 años, me encanta hacerlo, y tener un blog es la excusa (y razón) perfecta para dar rienda suelta a esta pasión.

Para quienes hayan leído los primeros posts, notarán que La Experiencia no comenzó siendo un blog reflexivo sino de un calibre más crítico y escrito de una manera demasiado personal, tanto así que la única manera de entender lo que traba de decir era ser yo. Sin embargo, desde el inicio estuvo plagado de ideas, de la más grande variedad de pensamientos, y fue en enorme medida gracias a esto que hoy es lo que es. También debo agradecer a mi buen amigo Charles Cousineau, quien por medio de honestas palabras y detalladas anécdotas personales descritas en su blog (C'est La Vie) influenció fuertemente el rumbo que ha tomado La Experiencia.

Siempre he dicho que el propósito de este blog es doble. Por un lado, que quienes lo lean puedan usar mis ideas, que hasta cierto punto puedan hacerlas suyas y, de ser posible, servirles en sus propias vidas; o que simplemente disfruten de su lectura. Por otro, como ya dije, es expresarme. Se suele hacer esto por muchas razones, y una de ellas es intentar mostrar a los demás cómo uno mismo ve el mundo, tratar de enseñar la interpretación que se le ha dado a las cosas que nos rodean, los significados que se han construido en torno a ellas. Al final del día cada uno obtiene una mirada diferente, pero consigue algo a fin de cuentas.

Un año más ha pasado, y espero que llegue otro con muchas cosas más por contar. Persiste el reto que me propuse de escribir cada domingo durante un año, y se me ocurre que antes de completar ese tiempo comenzaré a escribir dos o tres veces por semana, aunque eso todavía está por ser definido.

Y así me despido, con un nuevo post, un nuevo año y ¡a por nuevas experiencias!

dIROLE

domingo, 27 de mayo de 2012

Huellas y ecos

Fuente: http://fc04.deviantart.net/fs6/i/2005/117/8/8/The_First_Impression_by_krush.jpg

People talking without speaking
People listening without hearing

--The sounds of silence, de Simon and Garfunkel


Hace unos días me crucé con una frase muy interesante de Beryl Markham que me hizo pensar largo rato. Aquí va una suerte de traducción:

"Hay toda clase de silencios, y cada uno de ellos significa algo diferente. Está el silencio que llega con la mañana en un bosque, y es diferente al silencio de una ciudad durmiente. Hay silencio luego de una tormenta, y antes de una tormenta, y éstos no son iguales. Está el silencio del vacío, el silencio del miedo, el silencio de la duda. Hay cierto silencio que emana de un objeto sin vida, como el de una silla recién usada, o el de un piano con viejo polvo sobre sus teclas, o el de cualquier cosa que haya respondido a la necesidad del hombre, fuere por placer o por trabajo. Esta clase de silencio puede hablar. Su voz puede ser melancolía, pero no siempre es así; pues la silla puede haber sido dejada por un niño que reía o las últimas notas del piano podrían haber sido ruidosas y alegres. Cualquiera sea el ánimo o la circunstancia, la esencia de su cualidad puede persistir en el silencio que le procede. Es un eco silencioso".

Me hizo pensar en muchas cosas, desde anécdotas hasta la comunicación no verbal. Por ejemplo, los silencios expresan una cantidad increíble de información, tanto o más que las palabras. Una amiga solía llamar "ensordecedores" a algunos de mis silencios, pues como bien adivinó, tras ellos se hallaban muchísimas cosas que por una u otra razón elegía no decir. Pero la frase anterior me hizo pensar en algo más, en las huellas visibles o invisibles que cada persona deja en los objetos con los que entra en contacto. Recuerdo que un amigo consideraba fascinante encontrar palabras, oraciones o hasta párrafos completos subrayados en libros que sacaba de la biblioteca, pues le daban pistas de cómo era o en qué ideas podía tener quien resaltó dichas líneas; en este caso, la huella era más evidente.

Pensé en las veredas de la calle, en cuántos zapatos, zapatillas, sandalias, etc. pudieron haber pisado el pavimento por el que andamos, y por cuántas veredas aquellos calzados han transitado; en este caso, habríamos ido dejando huellas imperceptibles, quizás hasta insustanciales, pero huellas al fin y al cabo. Pensé en objetos antiguos y en otros algo más nuevos, en cuántas manos los sujetaron, en las historias que sus dueños podrían contarnos, en las vidas que cada uno pudo haber tenido o que actualmente viven; todo estaría plasmado con la esencia de quien le dio uso, no como una energía que quedaría atada al objeto en cuestión, sino algo más invisible, algo cercano a lo que Markham propone: un eco silencioso, un silencio que resuena a través del tiempo.

Y así salté a ideas relacionadas con los seres humanos, pensamientos sobre los que ya creo haber escrito aquí antes. Si el toque de alguien genera un silencio particular en los objetos que utiliza, ¿qué tanto más magnífico será el hallado en las personas con quienes se relaciona? Tal vez ya no sería un "silencio", sino que hablaríamos de una influencia, de magnitud variable según el significado que cada uno le otorgase. A mi parecer, toda persona posee valor en sí misma, pero siempre daremos mayor prioridad a unos por sobre otros dependiendo de muchísimos factores, como la confianza que compartamos o la admiración que les tengamos, por mencionar dos de los tantos. Sin embargo, sea pequeño o grande, la influencia, la huella, el eco silencioso, permanece en la persona, genera un cambio, y permanece en ella como parte de su historia y de la de aquel con quien tuvo un contacto.

domingo, 20 de mayo de 2012

El mundo allá afuera

Fuente: http://fc01.deviantart.net/fs50/f/2009/273/4/2/Living_in_a_Bubble_III_by_KevLewis.jpg

Never so sure
We always take more
Though we still don't know what it's for

--The space between, de Zero 7


G: ¿Recuerdas que alguna vez te hablé de los espacios personales?
H: No...
G: Sobre los límites invisibles que cada persona crea alrededor de sí misma sin ser consciente de ello, una suerte de frontera de comodidad expresada en la distancia que solemos mantener cuando nos relacionamos con otros. Dependiendo de la confianza con la otra persona, uno va reduciendo su frontera, como si permitiese que entrase en su espacio o compartiese parte de él.
H: ¿Y qué con ello?
G: ¿Te imaginas si dichos espacios fuesen físicos? Algo así como burbujas, transparentes y maleables hasta cierto punto, pero que aún así continuasen pasando desapercibidas. Sería la forma perfecta de explicar por qué a veces advertimos el pequeño choque que ocasiona quien se nos acerca demasiado, o por qué sentimos cierto vacío cuando alguien con quien hemos compartido nuestro espacio se aleja.
H: ¿Pero estas burbujas no serían una manera de aislarnos?
G: Es una forma natural en que los seres humanos definimos nuestro universo personal, y hay quienes desean y hasta necesitan áreas más grandes, pero no habría aislamiento. A menos qué...
H: ...
G: Tal vez algunos poseen la capacidad de opacar sus burbujas, de nublar la visión pasada su propia frontera, y así se tornan voluntariamente ciegos a los ires y venires del mundo. Se encierran en sí mismos y niegan la vida que ocurre más allá de lo que consideran suyo.
H: Como si prefirieran desligarse de los demás.
G: ¡Exacto! Tal vez así es como nace la antipatía o el desinterés.
H: Que se vayan al diablo, entonces, por no querer ver.
G: No... Quizás no todos los que dejan de ver se han tapado los ojos o han oscurecido su mundo por decisión propia. Es posible que quienes posean burbujas opacas no sepan aclararlas. Tal vez algunos de los que no intervienen sólo necesitan un poco de ayuda. Quizás... Quizás...
H: ¿Quizás qué? ¡Oye! ¿Adónde vas?
G: Ya regreso. Tengo que hablar de algo importante con alguien...y reventar su burbuja.

domingo, 13 de mayo de 2012

Como espejos de la realidad

Fuente: Archivo personal

Reflections of reality
Are slowly coming into view

--The mirror, de Dream Theater


Hoy me puse a pensar en la fotografía, específicamente en mis propias fotos, en lo que obtengo de ellas y en toda la información que transmiten.

Ya llevo más de dos años dedicándome al arte de capturar imágenes, y puedo asegurar sin una pizca de dudas que es una "nueva" gran pasión. En todo este tiempo he tratado de de experimentar tanto como me ha sido posible, probar un poco de cada estilo para dar con el mío propio; de igual manera, he realizado trabajos y proyectos variados, como fotografía publicitaria, de modelaje, de desnudos, de paisajes, de naturaleza muerta y de muchos otros tipos, todo con la finalidad de encontrar el espacio en el que me siento más cómodo y más capaz. Hasta el momento me considero especialmente hábil tomando fotos de detalles y disfruto haciendo tomas de retratos, lo que me lleva a aquello de lo que quería hablar.

Me desenvuelvo con frecuencia cubriendo eventos familiares, como reuniones o cumpleaños, actividades de las que estaría muy contento de prescindir si no fuese las que me generasen mayores ingresos. Sin embargo, gracias a este tipo de trabajos he desarrollado cierta capacidad para conseguir retratos interesantes, no tanto por el aspecto técnico, sino más bien por el valor de la imagen en sí, por lo que transmite. Tomar fotos a la gente me parece una forma genialísima de captar ciertos rasgos de su personalidad, pues a través de sus gestos faciales, de su postura corporal y de la cercanía o distancia que mantienen con otros, sumado al contexto, se aprende mucho sobre aquélla. Es curioso también, notar que este tipo de fotos no sólo contiene información sobre el fotografiado, también nos muestra el toque característico de cada fotógrafo, nos lleva a preguntarnos, por ejemplo, ¿por qué la foto de esa persona, con ese gesto, en esa posición, le llamó la atención?, ¿qué sintió el fotógrafo mientras observaba a aquella persona que lo llevó a capturar su imagen? Cada foto es, también, una suerte de espejo.

Por otro lado, las fotos de detalles, mis favoritas, guardan otro tipo de significados. A mi parecer, en la vida diaria solemos fijarnos en lo general primero, en la imagen completa, en el "todo", y luego pasamos a notar las pequeñas características que componen la totalidad. Mientras le damos esa mirada general, es posible que pasemos por alto ciertos detalles, ya sea porque no observamos con suficiente detenimiento o porque perdimos interés antes de descubrirlos. Ahí es donde entro yo. Si hay algo que he aprendido es que todo guarda un significado, todo vale, todo es más de lo que aparenta; y los detalles, las pequeñas cosas, no son la excepción, sino aquello que hace la diferencia. A través de mis fotos intento llevar a las personas a darse cuenta de ellos, a mirarlos, a realmente notarlos, a maravillarse con esas cosas que escapan con tanta facilidad a nuestros sentidos por parecer insulsas o insignificantes.

Por estas razones, y por muchas otras más, encuentro a la fotografía como un arte magnífico, una pasión incomparable. Pero me encanta muchísimo más saber que en apenas dos años he aprendido tanto, y no me refiero sólo a cómo tomar fotos, sino también (y especialmente) a conocerme a través de ella, a conocer a los demás y a descubrir los billones de significados que nos rodean en todo momento y en todo lugar.




Para los interesados, este es la dirección de mi página web: http://dirolefotografia.webs.com/

jueves, 10 de mayo de 2012

Entre el actuar y el fluir

Fuente: Archivo personal

One simple feeling that I never could see
But now I know
All of the rest will flow

--The rest will flow, de Porcupine Tree


Hace unos días tuve una importante conversación con una muy buena amiga cuyos consejos me han salvado de incontables situaciones y me han aclarado demasiadas dudas. Esta vez acudí a ella debido a un tema sobre el que llevo divagando ya varios meses (y hasta años), nunca muy seguro de qué hacer, y al fin pude darle solución gracias a su inigualable ayuda. Sin embargo, de lo que quería hablar realmente es de uno de los temas que tocamos durante dicha conversación y que contribuyó en gran medida a dar con aquella escurridiza respuesta a mi problema.

Muy ligado a un tema que toqué en un post anterior sobre los momentos adecuados, se presenta la idea de dejar o no que las cosas sucedan por su cuenta. ¿Es mejor dejar que fluyan por sí mismas, que caigan por su propio peso? ¿Es mejor que los eventos se desenvuelvan sin nuestra influencia, que se produzcan naturalmente? Algunos años atrás solía forzar mucho las cosas, ansioso e impaciente como tendía a ser. Y aunque hoy las dejo más a su propio azar, pienso que siempre habrán asuntos en los que uno no puede ni debería echarse para atrás ni dejar que se desarrollen sin siquiera tener cierta participación en ellos. Personalmente, me gusta tomar cartas en el asunto, por lo general en aquellos donde me siento más seguro de mí mismo y de mis actos. Pero en casos como éstos suele aparecer una incómoda pregunta: ¿Hasta qué punto mi actuar es una intervención en lugar de una intromisión?

Como ya dije, por lo general prefiero dejar que las cosas avancen a su propio ritmo, más que nada por considerar que aquello que se da por sí solo, que llega sin injerencia ajena, tiende a dar resultados más naturales, con mayor siginificado y, en algunos casos, con un componente que nos hace percibirlos como mágicos; sin duda, estos son los mejores resultados, a mi parecer. ¿Y qué hay de los que son producto de nuestro actuar? Quizás puedan verse como desenlaces más artificiales y hasta forzados, pero creo que sólo en la medida en que no se ejerza presión sobre los asuntos de los que son producto. La idea, entonces, sería encontrar el punto medio, la zona de acuerdo, mediante el tanteo de fronteras; básicamente, probar hasta dónde podemos llegar sin generar incomodidad, imposición ni, mucho menos, daño a otros o a nosotros mismos.

Ahora bien, persiste una idea importante: ¿Y si algo simplemente no debería darse o sería mejor que no sucediese, por qué intervenir para que ocurra? Mi respuesta empieza con otra pregunta: ¿Quién decide eso? Pues uno mismo; cada uno elige en base a su propia experiencia y a sus propios deseos, sean éstos bien o mal intencionados. No hay una fórmula exacta para decidir cuándo esperar, cuándo actuar y en qué medida hacer cualquiera de las dos, considerando que cada situación es única. Pero sí existe cierta capacidad o habilidad para medir dichas situaciones, para evaluar cuál es el mejor curso de acción (o inacción), una suerte de sensibilidad que debería ir desarrollándose conforme vamos aprendiendo de nuestros aciertos y errores; aunque siempre, por supuesto, con la posibilidad de fallo.

Después de todo lo dicho, ¿a qué me refiero concretamente? A todo, a cada situación posible, sencilla o compleja, pero que prometa resultados: desear que alguien nos regale un chocolate o uno mismo ir a comprarlo; iniciar una conversación o arriesgarse a que el otro lo haga (o no); pedir perdón o permitir que el tiempo alivie las heridas; anhelar gustarle a alguien o llevar a cabo acciones que propicien la atracción; querer ser notados o mostrarnos al mundo; esperar que la felicidad llegue a nosotros o salir a buscarla.

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