martes 24 de enero de 2012

Monstruos

Fuente: http://fc04.deviantart.net/fs71/i/2010/020/c/e/The_Beast_Under_Your_Bed_by_Azzurayelos.jpg

Skin crawls
Wind is walking
Through the walls
Now there's nowhere to run

--Monster, de 3


Recuerdo que de chico solía ser muy asustadizo, creía demasiado en las historias que mis amigos contaban sobre fantasmas o monstruos, y le tenía un especial terror a la oscuridad. En ese entonces para mí todo era posible: pensar en la aparición del espíritu de un familiar fallecido, en los duendes que merodeaban en la cocina durante las noches, en los ruidos extraños en casas abandonas e incluso en juegos como la Ouija me ponían en un estado de ansiedad extremo. Antes de ir a dormir procuraba cerrar ventanas y puertas para que ningún "intruso" se introdujese en mi habitación, prestaba especial atención a sonidos extraños y nunca olvidaba dejar una luz prendida. Así fue hasta los doce años.

Durante mi adolescencia fui olvidando aquellos miedos infantiles que surgían de ideas que fui considerando jaladas de los pelos, aunque conservé algunos otros, como el miedo a la oscuridad. Si bien respetaba las historias que mis amigos contaban, dándole un mínimo espacio a la credulidad y uno más grande al escepticismo, muchas veces no me atreví a entrar en habitaciones oscuras o sentí nervios desproporcionados al caminar por pasillos sin luz. La idea de que algo, lo que sea, se escondiese donde mi vista no alcanzara a notar me causaba terror, a pesar de creer que ni fantasmas, duendes, brujas o demonios podían existir.

Contaba todo aquello por algo gracioso que me sucedió. Es especialmente chistoso debido a mi actual postura respecto a seres sobrenaturales y a las mil y un historias que cuentan acerca de ellos. Ahora sí no creo en nada que la lógica o la ciencia no puedan explicar; en lugar de pensar en fantasmas pienso en ladrones, por ejemplo. Doy cierta cabida al misticismo y a la espiritualidad, pero me considero más una persona racional ante todo. Por ello es que me da risa y hasta avergüenza lo que contaré a continuación.

Una buena amiga mía solía decirme que no le gustaba quedarse estudiando hasta muy tarde, que siempre dormía antes de las tres de la madrugada, pues los fantasmas solían aparecer a esa hora. Nunca consideré esa idea más que como una graciosa ocurrencia de su parte, pero debió ser suficientemente importante como para recordarla, pues hace unos días desperté a esa misma hora por un ruido proveniente de la cocina y quedé paralizado al ver una silueta blanca cruzar el pasadizo frente a mi cuarto. Primero pensé en mi abuela, lo más lógico, pero mi cabeza me hizo pensar que tal vez no era ella, sino algo más. Pasé a imaginar que podía ser un espíritu, y no encontré ni una sola razón para refutar tal idea; no podía dar con una mejor explicación, el que un fantasma acabara de aparecerse parecía como algo totalmente posible e indiscutible. Muerto de miedo cubrí mi cabeza con las sábanas, di la espalda a la puerta e intenté volverme a dormir.

Ya de día, muy consciente de lo sucedido aquella madrugada, no pude más que sentirme totalmente avergonzado. Culpé al sueño y a la serie de asociaciones que mi cabeza pudo haber hecho en ese estado somnoliento, y terminé riendo al verme a mí mismo debajo de las sábanas como un pequeño niño asustado, como alguna vez lo fui en el pasado. Más allá del humor que pudo generar en mí tal episodio, comencé a reflexionar hasta qué punto soy como digo ser, en qué medida soy racional cuando se trata de lo sobrenatural. Quizás, y sólo quizás, realmente creo en lo paranormal, pero el miedo que me genera pensar en ello se encuentra enmascarado por la búsqueda de explicaciones racionales y científicas, las mismas que podrían hacer las veces de sábana cuando no estoy durmiendo. Lo cierto es que por más inadmisible que considere la existencia de monstruos, a mi niño interior aún le cuesta tomarme en serio.

martes 10 de enero de 2012

Yo también me llamo... (segunda parte)

Foto: David Justo

Wanna hear me testify
As a witness to the business of my life

--Know my name, de Nightmares on Wax


El ciclo pasado, mientras realizaba uno de mis últimos trabajos, una amiga sugirió analizar el tema que investigábamos desde la perspectiva del nombre propio y cómo éste tiene la capacidad de moldear nuestra identidad. Lo que fuimos discutiendo me pareció muy curioso, especialmente por hacerme recordar un pequeño evento en mi vida que había olvidado casi por completo.

 Sé que de chico era travieso y extrovertido cuando estaba rodeado de familiares y amigos, pero también me mostraba particularmente tímido en ciertas situaciones y especialmente en el colegio, por ello no solía destacar mucho. Lo que recordé gracias a aquella amiga fue que durante primer grado de primaria, la profesora que tuve un año antes visitó mi salón y fue asediada por saludos de todos los compañeros que habían llevado clase con ella; le devolvió el saludo a cada uno y fue acercándose a los que iba reconociendo. Yo la observaba tímidamente desde mi asiento sin decir una palabra, deseando que nuestras miradas se cruzasen y que me saludara, pero no fue sino hasta que estuvo saliendo del salón que volteó para despedirse y por fin me vio. Emocionado y con una sonrisa de oreja a oreja le hice adiós con la mano, y ella, también sonriéndome, dijo "Chau, Rodrigo". Ni siquiera intenté hacerle notar que se había equivocado, que 'Rodrigo' no era mi nombre; decepcionado y hasta molesto, dejé que se fuera.

Ese episodio, luego de analizarlo según algunos puntos tocados en mi trabajo, debió haberme marcado de forma profunda. Quizás ya no deba sorprenderme lo bueno que soy recordando el nombre de otras personas y cuánto esfuerzo realizo para no olvidarlos; tal vez aquella anécdota me haya vuelto consciente de mi propio nombre, de cuán poco satisfecho me siento con él en ocasiones y de cómo no me veo a mí mismo como un 'Diego'. Es gracioso, pues si bien esa vez fue la primera en que confundieron mi nombre, no fue la única. En reuniones familiares me confundían llamándome como a mi papá, cosa que aprendí a tolerar conforme fui creciendo, hasta tomarlo como una simple e inocente equivocación. No fue la misma experiencia en el colegio. Cada año, en más de una ocasión, al menos un profesor me ha llamado 'Rodrigo' a pesar de señalarles repetidas veces que ese no es mi nombre. Entiendo que puede ser confuso por mi apellido, pero siempre tomé a mal aquellos errores, como si no fuese suficientemente importante o no causase mayor impresión como para ser recordado.

Con el pasar de los años, ya fuera del colegio, perdoné tácitamente a mis profesores. Es cierto que éramos pocos alumnos por salón, fácilmente diferenciables unos de otros, pero para algunos maestros pudo llegar a ser difícil acordarse de los nombres de todos; al menos nos distinguían por nuestros rostros. Además, puede (y pudo) tratarse de un tema de interés, de cuánto uno se esfuerza por conocer a los que lo rodean. Gracias a mi trabajo también comprendí que no siempre se trata de la persona que no sobresale, a veces pueden ser los demás quienes la pasan por alto, y no necesariamente por falta de interés o recelo, sino por la presencia de quienes sí sobresalen y que pueden acaparar la atención de aquéllos. Me hubiese venido bien saber esto algunos años atrás.

martes 27 de diciembre de 2011

Sólo amor


Fuente: http://th00.deviantart.net/fs71/PRE/f/2011/338/5/2/circulation_by_greno89-d4i7plf.jpg

First time you feel it it might make you sad
Next time you feel it it might make you mad

--The power of love, de Huey Lewis & The News


Un par de meses atrás se me ocurrió preguntarle a una amiga si alguna vez se había enamorado. La respuesta que me dio fue un tanto evasiva y terminó hablándome sobre "la química" en el amor, específicamente sobre la activación neuronal y las investigaciones que rodean aquella teoría. No sé hasta qué punto realmente piensa de esa manera o si intentaba cambiar el tema, pero me pareció una respuesta bastante anti-romántica (a pesar de coincidir con ella en algunos puntos), muy probablemente porque reducir la interacción entre personas a su más mínima expresión, al menos fuera de un ámbito científico, puede llevarnos a perder esa calidad de estupefacción característica de las relaciones humanas, especialmente si hablamos de amor.

La pregunta nació luego de que me pusiese a pensar en mis propias experiencias y de que me preguntase exactamente lo mismo: ¿Alguna vez me he enamorado? Desde chico siempre fui muy enamoradizo, me atraían mucho las chicas y buscaba su compañía a pesar de mostrarme demasiado tímido en su presencia. A los nueve años ya creía haberme enamorado, no podía dejar de pensar en una niña que iba conmigo y con otros compañeros en la camioneta que nos llevaba al colegio; la verdad es que nunca le hablé, hasta que me atreví a escribirle y darle un poema. Y es muy probable que debido a las consecuencias positivas de aquella acción, le haya escrito y regalado un poema a casi cada chica que alguna vez me ha gustado, claro que no siempre con los resultados esperados. Con la adolescencia llegaron los primeros rechazos y más adelante los mejores aciertos, hasta llegar al día de hoy y no poder dar respuesta a mi pregunta.

Tal vez deba responder primero qué considero que es el amor, pero ya antes intenté hacerlo y en lugar de hallar una conclusión olvidé por completo el asunto, además de que sé muy bien que no me haría las cosas más fáciles. Años antes puedo haber dicho "me he enamorado", pero pienso que decía la palabra muy libremente, sin haberle dado las vueltas suficientes; meses antes habría respondido que jamás me he enamorado, no por dejar de creer en la existencia del Amor (con mayúscula), sino por pensar que nunca lo había encontrado; y desde algunas semanas atrás comienzo a pensar que pude haber estado equivocado en ambos casos.

Mi primer error recaía en el hecho de obtener una mirada racional acerca de algo que pertenece al ámbito emocional (muy a pesar de que la razón también gobierne sobre los sentimientos). Pensar demasiado en las cosas es arriesgarse a perder la oportunidad de experimentarlas en su totalidad. Y el segundo error estaba en dejar pasar la oportunidad de conseguir el Amor al pensar que podría hallarlo en otro lugar. Es decir, el Amor pudo haber estado a pocos centímetros de mí y yo, por buscar con binoculares algo "mejor", pude haberlo ignorado o pasado por alto. Así, gracias a estos errores es que creo estar más cerca de poder responder a mi pregunta.

miércoles 14 de diciembre de 2011

Algo, lo que sea

Fuente: http://fc07.deviantart.net/fs38/f/2008/314/1/1/a_helping_hand_by_poivre.jpg

So I put out my hand
And asked for some help

--Lifeline, de Papa Roach


Pensando otra vez en mis clases de Ética, me puse a ver un episodio de una de mis series de televisión favoritas, Seinfeld. El capítulo en cuestión (dividido en dos partes y, justamente, el último de toda la serie) muestra cómo los personajes son enjuiciados y luego encarcelados por haber presenciado un robo y no haber ayudado a impedirlo. Se relaciona con mis clases en tanto en éstas aprendí que, desde una perspectiva moral, saber que se está haciendo un mal y no hacer lo posible por ponerle fin convierte a uno en cómplice.

Hasta hace unas semanas pensaba que inmiscuirme en asuntos que no eran de mi incumbencia podía ser considerado un mal hábito, por eso elegía no interferir a menos que pidiesen mi opinión o mi ayuda (como decirle a otros cómo criar a sus hijos: post). Y ahora resulta que, en términos éticos, es prácticamente un deber el hacer algo cuando se presencia algún tipo de transgresión. Probablemente para muchos resulte como un hecho al que no hace falta darle vueltas; ver a alguien en problemas, incluso si es un extraño, debería ser suficiente para empujarnos a ayudar. Pero no todos nos regimos bajo una misma moral, por ello no analizamos este tipo de situaciones de la misma manera; y, en consecuencia, no nos sentimos ni actuamos igual.

Hasta cierto punto me alegra poder interferir y no sentirme mal al meterme donde no me han llamado. Creo que todos tenemos una mínima capacidad de ayudar a otros o de conseguir un cambio, sea mediante palabras o actos, así que no hay excusa para dejar de brindar socorro ni de poner en orden una situación que no debería estarse dando. Ahora bien, no planeo dar mi opinión si creo que puedo estar equivocado o si pienso que causaré más daño que alivio. Así, para casos como estos en los que nuestras habilidades y conocimientos se ven limitados, siempre existe la posibilidad de buscar a alguien que sepa más que nosotros o que pueda apoyarnos. La idea, en última instancia, es hacer algo.

sábado 3 de diciembre de 2011

Por eso estoy donde estoy


There it is now
The course for me to take

--Roads of thunder, de Shadow Gallery


Hoy recordé la primera clase que tuve de Ética y pensé particularmente en una pregunta sobre la que se nos pidió reflexionar: ¿Por qué estudiamos Psicología?

La razón que di dentro de mi grupo fue la verdadera, pero no es la única. Quizás por querer crear un ambiente agradable y a la vez buscar congraciarme con las chicas de mi grupo, conté la experiencia que me hizo considerar a la Psicología como carrera por primera vez (aunque no elegirla de por sí). Durante mi último año escolar tuve muchas dudas con respecto a lo que quería estudiar, tenía demasiados intereses y muchos caminos posible por tomar, pero estaba muy inclinado por la Literatura y el Periodismo. Sin embargo, añadí falsamente a esa lista la carrera que estudio actualmente debido a que la chica que me gustaba comentaba que ella la estudiaría; pensé que si simulaba tener gustos en común podría usarlos para hablar con ella y conocernos mejor. De cierta manera funcionó, pero lo que gané a cambio fue más de lo que esperaba. Al buscar temas de conversación recurrí a investigar sobre la Psicología y así descubrí que quizás no era una mala opción realmente considerarla una posible carrera. Entonces, si bien mi camino fue trazado por gustarme una chica, la decisión final de optar por Psicología nació de un auténtico interés por la carrera.

Como dije, esto fue lo que conté sólo a las chicas de mi grupo, y luego, desgraciadamente, el profesor pidió que cada agrupación diese un resumen de lo que cada integrante había dado como respuesta. Si bien la chica que habló por nosotros no lo hizo con mala intención, el mencionar pequeños detalles de mi historia desencadenó en, quizás, uno de los momentos más bochornosos por los que he pasado, pues toda la clase explotó de la risa, y el profesor no desaprovechó la oportunidad para hacer leves bromas a mis expensas. Terminada dicha clase comencé a pensar en una de las otras razones que ayudó en mi decisión sobre mi carrera, y me arrepentí de no haberla dicho. Por eso lo hago ahora.

Aquéllo que me empujó a estudiar Psicología (al menos una de las varias razones más) fue el querer ser un buen padre. Primero comenzó como un pensamiento nacido de la rebeldía, de querer ser mejor que mis propios padres, de no exponer a mis futuros hijos a las cosas por las que yo he pasado y que podrían haberse evitado. Pero tras años de reflexión, comprendí tres cosas. La primera, que justamente ese pensamiento, el querer algo mejor para otros, no se habría dado de no tener los padres que tuve y de no haber recibido el tipo de crianza por el que pasé. Tanto mi papá como mi mamá han tenido su cuota de equivocaciones, lo que me lleva a lo segundo que entendí: por más buenas que sean mis intenciones con respecto a la crianza de mis hijos, sé que también cometeré errores; tal vez no los mismos que mis padres, pero siempre habrá algo que no podré ver, algo que pasará desapercibido y que, posiblemente ante los ojos de mis hijos, será un desacierto.

Ambas ideas me llevan al tercer punto. Después de todo lo que llevo aprendiendo acerca de las personas, del desarrollo humano y, hasta cierto punto, de la crianza de niños y adolescentes, entiendo que con la Psicología las cosas serán aún más difíciles. Ser un padre ignorante no es perdón, pero el dejar de saber ciertas cosas hace que, precisamente, no se las tome en cuenta. Saber tanto, tener toda esta información, hace que me ponga a pensar que tal vez ponerla en práctica será bastante complicado; sé lo que pasará si tengo determinada postura con mis futuros hijos, sé lo que actuar de cierta forma puede ocasionarles; conozco acerca de los procesos por los que pasarán y por los que yo mismo pasaré. Así, de cierto modo, tengo una mejor visión de los posibles errores a cometer, pero el verlos no hace la tarea más fácil. En todo caso, me pone más nervioso.

Creo que es una reflexión mucho más profunda que "elegí Psicología por una chica". Esto último sólo demuestra cuán susceptible puedo llegar a ser cuando se trata de mujeres. Y existen varias otras razones que ayudaron en mi elección, como el deseo de ayudar a otros, la ambición de conocer mejor al ser humano y la intención de siempre mejorar como persona. Estoy seguro que el camino que transito es el mejor que pude haber elegido, y no tengo duda alguna de que seguiré encontrando razones ya no sólo para haber optado por él, sino también para seguir en él.

jueves 1 de diciembre de 2011

Disipando ilusiones


Step out of line and
I'll teach you how to fly

--Fly, de Blind Guardian


Muchas veces me he encontrado en situaciones que no he podido creer, no tanto por ser inverosímiles, sino porque no podía imaginarme siendo parte de ellas. Es curioso, pues casi siempre las he rehuido; pero cuando no ha sido este el caso, las veces que he decidido encararlas probablemente hayan sido las mejores y más provechosas experiencias que haya tenido. Me explico.

Movido por la timidez y el miedo, de chico me negaba a ponerme en circunstancias nuevas o que supusiesen cierta incomodidad; prefería lo cotidiano, lo conocido y a veces también hasta lo aburrido con tal de no enfrentar situaciones diferentes. Con los años esta actitud no cambió mucho, tan sólo pasé a agregar más razones para no lidiar con aquéllas, aunque nada de esto evitó que ocasionalmente me viese expuesto a ellas. Un recurso que utilizaba muy a menudo era imaginarme a mí mismo siendo parte de aquello de lo que buscaba huir, intentaba verme en la situación, pensar en qué acciones llevaría a cabo y con quiénes interactuaría; si no tenía la más leve sensación de que encajaría, de que me desenvolvería adecuadamente, simplemente descartaba la noción de asistir adonde fuese que debía ir o de realizar lo que tenía que hacer.

Mi forma de ver las cosas cambió muchísimo (aunque no del todo) gracias al ejemplo que fue una gran amiga que conocí durante mi primer año en la universidad, quien sin intención me ayudó a encontrarle el lado dulce a lo desconocido y a lo incómodo. Recuerdo un acontecimiento en especial, quizás el más significativo. Decidimos (y con esto me refiero a que ella decidió y yo acaté) comer y beber algo que ninguno de los dos hubiese probado antes. Fue una experiencia relativamente simple a primera vista, pero me hizo comenzar a notar que no hay nada de malo en arriesgarse de vez en cuando. Hubo muchas otras situaciones como esta, unas más osadas y otras no tanto, pero en definitiva todas llevaban el mismo mensaje: a veces un poco de espontaneidad y cero planificación pueden crear la atmósfera perfecta para pasar un buen momento.

Mi error parece haber recaído en tratar de obtener control por medio de una imagen a futuro, imagen que no necesariamente era real. Y en base a ésta es que tomaba la decisión de hacer o no algo; en base a una ilusión determinaba el camino que seguiría, por ello siento que me he perdido de muchas vivencias valiosas. Incluso hoy me veo cometiendo errores de similar naturaleza, tal vez en menor medida, pero errores al fin y al cabo, a pesar de ya haberme encontrado en situaciones que en un inició preví como inverosímiles y que luego describí como enriquecedoras. Es un hecho un tanto contradictorio el temer algo que reconozco como positivo, pero creo que cada día me voy acercando más a resolver esta paradoja. Después de todo, este blog no sería lo que es sin nuevas experiencias.

miércoles 23 de noviembre de 2011

"Hello, my baby; hello, my honey"


I left myself behind somewhere along the way
Hopin' to come back around to find myself someday

--Let me be myself, de 3 Doors Down


Hace unos días hice un corto viaje de vuelta a mi infancia al ver nuevamente a un enigmático personaje de dibujos animados, quizás no tan famoso como Bugs Bunny o el Pato Lucas, pero aún así difícil de no recordar. Me refiero a Michigan J. Rana, cuyo nombre jamás supe (o al que jamás presté atención), hasta el domingo pasado.

Aquél personaje es reconocido por su asombrosa capacidad para el canto, aunque sólo la persona que lo descubre es testigo de ella, pues al intentar ésta aprovecharse del talento de Michigan y mostrarlo a otros con el afán de ganar dinero, la rana actúa de manera "normal" y acaba con cualquier posibilidad de ser explotado. El mensaje que guardan estos episodios nos dice que, en un mundo ideal, quienes intenten beneficiarse a costa de los demás no saldrán adelante. Tal vez en el mundo real las cosas sean un tanto distintas, y en sentido estrictamente concreto hay muchos ejemplos de cómo la explotación puede derivar en ganancia e ir acompañada de impunidad. No obstante, el mensaje puede tomarse en un sentido más metafórico, desde el punto de vista de la Psicología Positiva: aquellos que lucran a costa de otros jamás serán felices. Pero era sobre otra cosa de lo que quería hablar.

La otra idea que rescaté de Michigan (y que muy probablemente no fue algo que sus creadores tenían como intención transmitir) fue algo que he notado en muchas personas desde que era pequeño; una noción que, siendo totalmente honesto, considero que no tiene completa relación con la famosa rana. Alguna vez escribí en este blog sobre cómo muchos de mis amigos cambiaban el trato que tenían conmigo dependiendo de si nos encontrábamos solos o acompañados. En el primer caso solía haber mucha confianza, un intercambio mutuo de apoyo y un sentido de camaradería. Pero ni bien uno o más amigos se nos unían, comenzaba a aflorar cierta actitud de competitividad, de quedar mejor a expensas de otros. Ahora bien, cuando escribí sobre esto, creo haber tenido una visión un tanto negativa al respecto, más que nada por ser yo a quien tomaban de punto. Y aunque nunca realmente me molestó de sobremanera tal asunto, sí me molestaba el cambio de actitud.

Analizándolo bien, yo también he tenido estos cambios de comportamiento (y sigo teniéndolos), y creo entender hasta cierto punto su función. A veces soy como Michigan en tanto me vuelvo como una rana callada, prácticamente inerte y aburrida; y otras en tanto saco a relucir una personalidad casi opuesta, me vuelvo divertido, gracioso y alegre. Esto no significa que tenga un trastorno Bipolar, es "simplemente" una conducta adaptativa propia de todo ser humano; es decir, todos, hasta cierto punto, podemos llegar a ser como Michigan. No quiero hacer el post más largo de lo que ya es, así que sólo diré lo siguiente: actuar de manera diferente según la ocasión es lo que nos permite adecuarnos a situaciones nuevas, o a relajarnos y ser nosotros mismos con las que nos son conocidas, por dar un par de ejemplos. Seguramente Michigan lo sabe mejor que yo.

martes 8 de noviembre de 2011

En su lugar


Can I suggest that you invest in something more than hopelessness?
Before you know, the ride is over

--In my life, de The Rasmus


C: ¿En qué piensas?
D: Hace un tiempo me di cuenta de lo poco que conozco a personas que veo y con quienes me cruzo casi a diario desde hace ya unos años. Saber sus nombres y manejar un poco de información sobre ellas no implica que las conozca; no sé de sus historias, no tengo idea de sus gustos, intereses, metas ni sueños; ignoro por completo cuáles podrán ser sus miedos o qué los pondrá tristes.
C: Ya tienes amigos a quienes conoces muy bien, ¿por qué querrías conocer al resto?
D: Dejaré tu pregunta para otro momento. Con respecto a mis amigos, pues, justo en base a ellos es que nació el pensamiento anterior. ¿Hasta qué punto puedo decir que los conozco?
C: ...
D: Luego de reflexionar a partir de aquel pensamiento, quise darle un cambio a mi forma de ver a las personas que considero cercanas, particularmente a mis amigos; quise averiguar un poco más sobre sus vidas, interesarme por ellos, es por eso que empecé a hacerles preguntas sobre todo aquello que creía que podría darme una mejor luz sobre quiénes eran.
C: ¿Funcionó?
D: Pensaba que sí, hasta ayer lo creí así. Pero uno de ellos dijo algo que me hizo cambiar de parecer.
C: ¿Qué dijo?
D: Que con mis preguntas y sus respectivas respuestas iba armando una imagen de ellos, imagen que no necesariamente les podía corresponder, y que en base a ella pretendía entenderlos. Fallidamente, agregaba.
C: ¡Absurdo! Según tú lo que quieres es conocerlos, no entenderlos.
D: Eso pensaba, pero ¿conocer a alguien, realmente saber sobre una persona, no implica llegar a entenderla hasta cierto punto?
C: No lo creo.
D: Yo no estoy tan seguro. Todo este asunto me hace ver que pude haber estado haciendo las preguntas equivocadas. O peor aún, el hacer preguntas podría ser en sí una equivocación. Tal vez la mejor manera de conocer a alguien no es por medio de preguntas y respuestas, sino a través de actos; tal vez el quid de la amistad yace en las experiencias compartidas. Quizás se trate de un poco de todo. La verdad es que ya no lo sé.
C: Te complicas la vida por gusto.
D: Puede que tengas razón, pero me parece importante pensar en eso.
C: ¿Puedo darte un consejo?
D: Dale.
C: Antes de pedir conocer al resto, tómate un tiempo para conocerte a ti mismo y para darte a conocer a los demás. No se tú, pero me parece más importante pensar en esto que devanarte los sesos debatiendo contigo mismo sobre el significado de la amistad y la esencia del conocimiento.
D: Pero...
C: Eso es todo. Ahora anda a vivir y luego me cuentas.

domingo 6 de noviembre de 2011

Polo positivo


And this bitter earth
May not
Be so bitter after all

--This bitter earth, de Dinah Washington


Desde que elegí estudiar la carrera de Psicología me fui preguntando qué exactamente me atraía de ella, qué planeaba hacer con mi vida en base a ella, de qué me ocuparía luego de terminar mis estudios y, principalmente, según cuál corriente guiaría mi quehacer profesional. Por mucho tiempo me fui difícil dar respuesta a cualquiera de estas preguntas, no tanto por una cuestión de ignorancia sino más que nada por la enorme cantidad de opciones y por los variados gustos que tengo. Desde hace un tiempo, sin embargo, creo haber encontrado parte de lo que buscaba.

Casi a finales del año pasado, como parte de un curso llamado Motivación y Emoción, dimos una pequeña mirada a la Psicología Positiva (PP), una vertiente de la Psicología Humanista que tiene poco más de una década de existencia y ya muchos adeptos. Los temas que vimos con relación a aquélla me llamaron mucho la atención, particularmente porque ya me inclinaba mucho por la segunda, como tal vez algunos hayan podido identificar en base a ciertas cosas que llevo escribiendo aquí. Recién a inicios de este año decidí investigar más sobre la PP, comencé a revisar estudios y teorías, y a descubrir un poco más de los temas asociados a ella, tales como la esperanza, el optimismo y, especialmente, la felicidad. No por nada algunos llaman a la PP la Psicología de la felicidad.

Resumiéndola muchísimo, el enfoque de la PP se centra en las fortalezas de las personas, en que cada individuo identifique aquello en lo que es mejor y que lo hace sentir bien de tal manera que pueda utilizarlo para desarrollarse como ser humano. Muchos de los libros que he leído hacen la comparación con los trastornos psicológicos en tanto los psicólogos, a lo largo de los años, se han concentrado en aliviar los problemas, ayudar a pasar de un estado negativo a uno basal, neutro; la PP buscaría llevar las cosas un poco más lejos, pasar de la neutralidad a lo positivo, hacer mejor a las personas, no solo aliviarlas. Eso es justamente lo que me atrae tanto, la posibilidad de ayudar a los demás por medio de la motivación, a través de sus propias virtudes, promover lo bueno que cada uno ya lleva en sí.

Definitivamente tiene una visión muy optimista del mundo, y aunque su enfoque es lo positivo en las personas, no niega los problemas que éstas puedan tener. En lo que va del año me he nutrido con mucho de lo que hay por saber acerca de la PP, es por eso que digo estar seguro de querer inclinarme hacia ella y su estudio, incluso si es una corriente relativamente nueva y aún con mucho por explicar. Tal vez sea también por esto que me gusta tanto. La principal razón de mi elección, no obstante, nace de mi identificación con ella, de optar por una mirada optimista por encima de todo (como muchos de mis posts atestiguan), aunque claro, sin dejar de lado el muy necesitado realismo.

viernes 28 de octubre de 2011

Los caminos que no tomé


He said life's a lot to think about sometimes
When you keep it all between the lines

--The road I'm on, de 3 Doors Down


Ayer, mientras montaba bicicleta por rutas nuevas, descubrí una calle que a simple vista no difería de ninguna otra, no tenía nada de especial. Sin embargo, conforme fui avanzando por ella fui teniendo una sensación extraña, muy parecido a un deja-vu en tanto creía ya haber vivido ese momento, aunque la experiencia se acercaba más a la idea de haber pasado por ese lugar antes, muchos años atrás. De alguna manera me hizo pensar en algo que llevo deseando durante la mitad de mi vida, y hasta probablemente desde antes.

Muchas veces he querido enormemente poner un alto a mi vida y volver a vivirla desde el comienzo, aunque con todo el conocimiento que tengo en este momento. Siempre que lo pensaba nacía de un afán por resolver problemas, revivir experiencias agradables y tomar caminos nuevos, pero ayer vi esta idea de una forma totalmente inédita, me puse a pensar en algo que no había cruzado por mi cabeza nunca. Cambiar el pasado evidentemente alterará el futuro, pero nunca imaginé un escenario en el que dejaría de vivir lo bueno, lo divertido y lo que mayor felicidad pudo traerme. Siempre se trató de obviar lo negativo, nunca de saltarme lo positivo.

Lo complicado viene a continuación. Sé que con cambios en el pasado nuevas experiencias (buenas y malas) llegarán a futuro, ¿pero cómo me sentiré al compararlas con las que ya tuve? He ahí el punto al que quería llegar. Dado que la vida es lineal, cada una de nuestras decisiones nos llevan por un camino y no por otro, de tal manera que no podemos probar cada opción, debemos quedarnos sólo con una alternativa y vivir con ella. Entonces, así tratemos de imaginar qué hubiese pasado de haberse dado la otra situación, nunca lo sabremos y tendremos que contentarnos con lo que nos tocó (o, en todo caso, con lo que elegimos que nos toque). Pero si se da la oportunidad de volver a elegir, y optamos por lo que dejamos de lado la primera vez, compararemos ambas experiencias y le daremos mayor valor a una. Y así, en el mejor de los casos, la otra perderá significado; en el peor, nuestro arrepentimiento ante la nueva elección será increíblemente mayor, puesto que sabremos exactamente lo que nos perdimos.

La idea anterior la asocié mucho con las personas que he conocido a lo largo de mi vida y que la han marcado de cierta manera; sin ellas no sería quien soy hoy. Ya antes había escrito lo esencialmente importantes que considero a mis amigos, así que llegué a la conclusión de que rehacer mi vida no vale la pena si existe la más mínima posibilidad de arriesgar una amistad. Siempre aparece el argumento de que conoceré a otras personas igualmente valiosas, pero siguiendo con mi planteamiento anterior, vivir sabiendo a quiénes dejé de conocer es un peso que definitivamente no me atrevo a cargar.

Por todo ello decidí deshacerme del viejo deseo del que llevo hablando. Principalmente por mis amigos, pero también por algo que debí haber notado mucho antes: hasta el momento he tenido una vida muy gratificante y feliz; y con la medida adecuada de desazones, sí, pero nada que no haya podido enfrentar. Así que no veo la necesidad de cambiar nada.

lunes 24 de octubre de 2011

Mensajes para el futuro


A year has passed
Since I wrote my note
I Should have known
This right from the start

--Message in a bottle, de The Police


Hace cuatro años conversaba con unos amigos sobre cómo los problemas por los que pasaba en ese entonces posiblemente no me afectarían de la misma manera pasado un buen tiempo, que los años acabarían por menguar los sentimientos de frustración y pesar. A modo de experimento decidí escribir una carta detallando las dificultades que me aquejaban, cómo me sentía, cómo creía que podría resolverlas y cosas por el estilo, y la  guardé en mi correo electrónico tras realizar un configuración que me permitiría recibirla tres meses más tarde. Y luego de ese tiempo, luego de haberme olvidado por completo de su existencia, llegó a mi bandeja de entrada; y pude comprobar lo que decía líneas más arriba.

Desde entonces decidí mandarme más mensajes, ya no sólo con lo negativo en mi vida, sino también con todo lo bueno que me iba ocurriendo. Algunos llegaban semanas después, otros unos meses más tarde, y muy pocos han tardado años. Con cada una de esas cartas he podido revivir parte de mi pasado en la medida en que mis descripciones me lo permitían; a más detalles, más emociones me suscitaba y más cerca me encontraba de lo vivido en ese entonces. Pero, principalmente, me ayudaban a reflexionar acerca de lo ocurrido, cómo realmente pude poner fin a determinados problemas o qué sucedió exactamente para que ciertas alegrías se esfumasen.

Muchas veces pasó por mi cabeza lo tonto que podía parecer escribir tales cosas, más que nada por pensar que podía estarme aferrando demasiado al pasado. Incluso hasta el día de hoy lo pienso ocasionalmente. Pero siempre me hace bien refutar tales ideas argumentando que en realidad no estoy viviendo en el pasado, sino que lo utilizo como guía para sobrellevar el presente y tener una mejor visión de lo que quiero a futuro. Quedarse atorado en los recuerdos, paralizarse en el "que hubiese pasado sí...", eso sí es improductivo y hasta fatal, el camino directo a desarrollar inseguridades y dudar de cada decisión (en otro post explico esto último un tanto mejor).

Todo este tema vino a mi cabeza tras haber recibido hoy otra de esas estupendas cartas, una de las primeras que escribí. Sin duda me puso algo nostálgico y triste, pero como suele pasar bastante seguido en mi vida, no pudo haber llegado en un momento más preciso que este. Si bien no estoy pasando por el mismo problema de ese entonces, me ayuda de sobremanera a recordar que algunas cosas no podemos dejarlas a la suerte o esperar que el tiempo elija su curso. Mi 'yo' del pasado lo supo especialmente bien, y me alegra que haya querido compartirlo conmigo ahora.

sábado 22 de octubre de 2011

La novedad en lo cotidiano


A new image in your grasp
Focus getting clearer
Seize the moment, take it in

--Above the grass pt. II, de Frameshift


Dos días atrás, mientras revolvía la refrigeradora de mi casa en busca de algo rico para comer, recordé una de las tantas enseñanzas tácitas que recogí de una vieja amistad. No es coincidencia que dicha enseñanza hubiese tenido su inicio también en mi cocina, hace algunos años.

Recuerdo que acabábamos de preparar té y nos dirigíamos a la mesa de la cocina, pero esta amiga tuvo la idea de sentarse en el suelo en lugar de utilizar las sillas, y me convenció de acompañarla. No le pregunté por qué quiso tomar asiento ahí, realmente no me incomodaba y no era la primera vez que me cruzaba con alguno de sus inusuales comportamientos, así que dejé pasar el evento como otra de sus ocurrencias. Hasta que sucedió varias veces más, aunque en oportunidades y sitios diferentes: solía ocupar lugares no necesariamente reconocidos por su comodidad ni hechos para sentarse, y se perdía en quién sabe qué pensamientos luego de hacerlo, como si alcanzase algo muchísimo más valioso que un asiento. Y nunca averigüé qué intentaba conseguir con esto, por muchas razones preferí no indagar.

Con el tiempo fui tratando de encontrarle una explicación, y poco antes de perder comunicación con ella creí dar con una respuesta, más mía que suya. El hecho de sentarse en pleno pasadizo, de echarse en el piso o de recostarse sobre mostradores sin un propósito evidente (por mencionar algunos ejemplos), pudo haber sido la manera en que pretendía darle sentido a las cosas, de obtener una perspectiva diferente de ellas (literal y figuradamente). Como digo, no sé si realmente fuese así, pero me decidí a probarlo por mí mismo. Y hasta cierto punto dio resultado.

Mirar algo cotidiano desde un punto o posición nueva puede ser más provechoso de lo que se cree. Cada vez que necesito darle vueltas a un asunto importante de mi vida suelo hacer tres cosas, montar bicicleta, salir a caminar o tomar asiento en el lugar menos esperado. La tercera opción siempre suele ser mi primera. Y ese día, luego de sacar un yogurt de la refrigeradora, tomé asiento junto a uno de los aparadores y pude dar por resuelto uno de los dilemas más complicados que he tenido en un buen tiempo. Unos minutos en el suelo bastaron para conseguir una nueva mirada.

LinkWithin

Related Posts with Thumbnails