domingo, 20 de julio de 2014

Entre viento, percusión y cuerdas

Fuente: Archivo personal

With every mistake we must surely be learning
Still my guitar gently weeps

--Still my guitar gently weeps, de The Beatles


Si bien mi pasión por la música tuvo sus inicios a los doce años de edad, como alguna vez comenté, mi relación con ella empezó varios años antes a través del uso de instrumentos musicales. Una relación muy accidentada, he de agregar.

A los siete nos enseñaron a tocar flauta dulce en el colegio. No era exactamente muy bueno con ella, a menos que se tratase de usarla como espada y jugar con mis compañeros a ser el mejor espadachín; en eso casi no perdía. Pero en muchas otras ocasiones era el profesor quien ganaba al llamarnos la atención, castigarnos o quitarnos las flautas. Desde entonces yo ya sabía que no sería flautista.

Recuerdo que por esas épocas, aquel mismo profesor dejó la tarea de agruparnos entre nosotros y crear una canción, cada alumno usando un instrumento diferente. Debíamos practicar en nuestras casas y llevar a la clase un trabajo bien elaborado (para nuestra edad), pero recuerdo que no nos reunimos ni una sola vez. Y el día que tuvimos que presentar la canción cada uno del grupo cogió un instrumento cualquiera (yo me apoderé del triángulo) e improvisamos como los grandes. Fue, probablemente, el peor "jam sessión" en la historia del colegio.

Con algunos años más encima, tomé clases de piano en la escuela de forma obligada. Debía quedarme después de clases a practicar por una hora un instrumento que no me gustaba para nada, especialmente porque mis dedos no se movían fluidamente y tenía enormes problemas para levantar el anular sin levantar también el meñique o el dedo medio. Después de mis primeras dos clases, en lugar de ir al salón de música como era debido, comencé a hacer tiempo y caminar por los jardines del colegio. En casa nunca se preguntaron por qué me dolían las piernas y no los dedos tras esas "maravillosas" clases de piano.

El último instrumento que aprendí a tocar fue la guitarra acústica. Mis primeras clases fueron con un profesor que se quedaba dormido a la media hora de iniciada la lección, así que todo el primer año no avancé mucho que digamos. Al cambiarme de colegio cambié, también de profesor. Y aunque con el nuevo no hubo inconvenientes, sí los hubo con las tres guitarras que tuve. La primera (y que más duró) me la prestó Uva, la esposa de mi papá. La tuve todo un año, hasta que mi queridísima hermana menor la hizo añicos. La segunda me la prestó un amigo. Al regresar de su casa y desmontar de la bicicleta con que fui a recogerla, cayó al suelo y quedó inutilizable; no duró ni veinte minutos. Y la última no sé cómo llegó a mis manos, y así como apareció se esfumó, sin dejar rastro. Tal vez sabía lo que le esperaba y huyó.

Desde hace años no practico instrumento musical alguno, a menos que cuente los de juegos como Rock Band y Guitar Hero. Hasta cierto punto podría entenderse el por qué de esto. Pero, la verdad, si tuviera la oportunidad me daría el tiempo de aprender a tocar alguno nuevo, ya no por obligación y sí por amor a la música. Y me prometería a mí mismo, tomando muy en cuenta experiencias pasadas, no usarlo para jugar a las espadas ni llevarlo en la bicicleta. Entre otras cosas, claro.

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