jueves, 4 de diciembre de 2008

La incógnita mayor


I could feel it go down
Bittersweet I could taste in my mouth
Silver lining the cloud
Oh and I
I wish that I could work it out

-- The hardest part, de Coldplay


Lo siento como si viese a alguien acercarse, detenerse frente a mí, me mirase a los ojos y me preguntase “¿qué es lo que realmente quieres?”, a lo cual yo devolvería una mirada confusa y balbucearía una respuesta probablemente lejana a la que mi corazón podría haberme estado pidiendo que dijera. Creo que es la pregunta más difícil de responder, incluso más que las relacionadas al origen de la vida o la existencia de algún ser supremo, así como las que buscan desentrañar los misterios del hombre.

¿Qué es lo que quiero? Primero tendría que reducir el ámbito al que apunta esa pregunta, pues puedo querer diferentes cosas en relación a distintos aspectos de mi vida. Pero el hacerlo ya me limitaría enormemente, pues quedarían diversas opciones de entre las cuales tendría que elegir solo una, y eso es tan difícil como responder la pregunta en sí. Por ello, lo ideal es mirar la vida como un todo y no como partes que la van componiendo, para así llegar a una conclusión que abarque cada ámbito a la vez y se pueda sentir satisfecho con la decisión tomada.

Entonces, ¿qué es lo que quiero? Supongo que lo que cualquier persona querría: felicidad. Es la manera más fácil de responder, especialmente porque últimamente he llevado cursos de filosofía en los que tratan este tema, pero no creo que me conforme solo con eso, con esa respuesta tan vaga. Para decir que quiero la felicidad tendría que saber qué es, y creo que eso es imposible justamente porque cada persona tiene una noción distinta de ella, así que tendría que dar cientos de miles de definiciones, con lo cual no llegaría a ninguna conclusión significativa.

Es absurdo pensar que conseguiré mi respuesta en las siguientes oraciones, tan absurdo que a veces pienso que nunca se podrá encontrar solución a este problema. Y lo llamo problema porque no creo que alguien pueda vivir tranquilo meditando eternamente sobre esto sin hallar su respuesta; aunque puede que me equivoque y esa meditación lleve, en última instancia, a aquella. Pero nada de esto me acerca a descubrirla; sigo en el aire.

Tal vez lo que quiero está conectado con el sentido de mi vida, con el por qué y para qué estoy aquí, pero siempre cabe la posibilidad de que la misión que tenga en la vida (de existir una para cada uno) no me guste y, por ende, no la quiera, muy a pesar de que deba llevarla a cabo. Esto me lleva a decir que no sé lo que quiero, y aún peor, que no quiero saberlo. Quizás, en lugar de tratar de encontrar una respuesta a esta interrogante, lo mejor sería preguntarse “¿por qué debo tener una idea clara de lo que quiero?”, y después pasar a la incógnita mayor.


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